LOS APOCALÍPTICOS “CENIZOS” DE LA PANDEMIA ACTUAL: UN NUEVO MILENIARISMO

“Si empeoran los datos de la pandemia, es cuestión de tiempo que todo se desmadre;

 y si mejoran, es solo un espejismo”.

EL MILENIARISMO ORIGINAL: LOS «TERRORES DEL AÑO MIL»

Los fenómenos de psicología colectiva en Historia presentan complejas interpretaciones. El milenarismo es una manifestación que presuponía el final inminente de los tiempos. Cristo, a su Segunda Venida, establecería un reino terrenal perfecto y reinaría durante mil años antes del Juicio Final.

El siglo X europeo ha sido catalogado tradicionalmente como un período histórico oscuro y como una época de temores particularmente impactantes que responden a un conjunto de amenazas y condiciones específicas de la vida cotidiana.

Fueron acontecimientos locales que llegaron a generalizarse y a encontrar eco en la propia Iglesia. Por ejemplo, el «mal de los ardientes» fue un fenómeno epidémico ocurrido al norte de Italia en el año 997, caracterizado por la quemazón de los miembros del cuerpo. Se produjeron grandes hambrunas por una serie de malas cosechas recurrentes. Los fenómenos de confrontación bélica en realidades feudales de Francia y el norte de Italia siguieron siendo habituales durante muchas generaciones. Las invasiones normandas se exageraron como un síndrome de amenazas permanentes. Por último, los acontecimientos naturales interpretados como signos apocalípticos fueron eclipses de luna, lluvias de estrellas o cometas: uno de estos prodigios fue un espantoso meteoro que permaneció visible en el cielo del año mil cerca de tres meses.

Desde los medios clericales se promovió una visión apocalíptica y catastrófica. Se difundió la conciencia de que los desastres se debían a los pecados de los hombres. Durante la Edad Media fue común la interpretación de las catástrofes como castigos divinos. Los movimientos flagelantes nacieron con la idea de aplacar la ira de Dios y alcanzar el perdón de los pecados. Cuando las pestes asolaron Europa, mermándola en casi un tercio de su población, las ciudades consideraron un privilegio contar con procesiones de redentores autoinmoladores.

AÑO 2020. UN NUEVO MILENIARISMO

La sociedad del siglo XXI es una sociedad globalizada y autocrítica: la información es el gran vehículo del conocimiento compartido pero nos aporta una perspectiva casi completa de los errores y horrores en los que hemos caído para llegar al punto de desarrollo económico y social al que hemos llegado.

Aunque con toda seguridad la sociedad actual es mucho más justa y equilibrada que cualquier época histórica de la humanidad, es cierto que ahora somos, en conjunto, mucho más conscientes de los grandes problemas que tenemos en el reparto de los beneficios de nuestro desarrollo: distribución “injusta” de la riqueza material y ello tanto entre áreas geográficas mundiales como entre grupos sociales dentro de un mismo país, abuso sin límites de los recursos naturales (agua, pesca,…), crecimiento incontrolado “por tierra, mar y aire” de los desechos (líquidos, sólidos y aéreos) de nuestros procesos de producción,… Todo ello pone en riesgo nuestro propio crecimiento y nos aboca a “parar para pensar” para intentar replantearnos algunas cuestiones vitales “terrestres” pero sin renunciar a las ventajas sociales y económicas conseguidas hasta el momento.

Esta “conciencia de los pecados globales” nos hace que como sociedad tengamos un profundo sentimiento de culpabilidad, lo que nos lleva a precisar de una redención colectiva.

Es curioso, o no, constatar el crecimiento de descerebrados movimientos populistas (bajo el disfraz ideológico que sea) que han crecido como setas en las sociedades occidentales con un marcado carácter mesiánico y “salva patrias” apoyados en la simplicidad de discursos maniqueos de Buenos (nosotros) y Malos (los demás) liderados no por políticos, sino por “mesías salvadores”: Donald Trump, Boris Johnson, Matteo Salvini, Pablo Iglesias,…

Curioso también, o no, ha sido el tsunami de películas y series distópicas que recrean situaciones apocalípticas y pandémicas: “12 monos”, “Matrix”, “Minority Report”, “Hijos de los hombres”, “Blade runner”, “Gatacca”, “Los juegos del hambre”, “Guerra Mundial Z”…, por no hablar de las miles de películas sobre zombis, que se podría interpretar como un posible conjuro redentor de los pecados propios y sus consecuencias ineludibles.

En los últimos meses del año, toda mejora de la situación de la pandemia se ha considerado por algunos “cenizos” (tanto tertulianos generalistas como algunos “expertos” científicos que han caído en las garras de los titulares alarmistas) un vano espejismo que iba a esfumarse más pronto que tarde. Con un factor adicional: si la pandemia empeora es por culpa de la gente y en cambio si mejoran los datos es “porque sí” y a pesar de la gente, que sigue siendo la misma. Muchos de estos voceros son los nuevos clérigos del siglo XXI que nos invitan a la autoflagelación redentora pues cuando sube la curva vuelven las advertencias moralizantes: nos hemos pasado, somos unos juerguistas sin remedio, hemos hecho cosas que nunca se nos deberían haber permitido. ¡Vamos, en dos palabras, la tercera ola ya está aquí y nos la hemos buscado nosotros (“la gente”) solitos!

A lo largo de todo el año, subiese o bajase la curva, el único futuro que imaginábamos era peor que el presente, cuando el curso de los acontecimientos ha mostrado precisamente que la experiencia acumulada, el trabajo de los profesionales y la solidaridad de la población ha facilitado que todos esos apocalipsis que muchos vaticinaban hayan ido disminuyendo en intensidad. Por ejemplo, se ha quitado la razón a los que afirmaban que la apertura de los colegios iba a conducirnos a una debacle absoluta o que la segunda ola iba a ser más mortífera que la primera.

Parece natural que en una pandemia, un acontecimiento por definición terrible, nos protejamos psicológicamente recordando que las cosas pueden empeorar en cualquier momento. Pero esa aparente protección ha terminado haciendo más mal que bien, empujando a la población a vivir entre la incertidumbre, la apatía y la simple desesperación que supone no ver ninguna luz.

Cuando en las primeras fases de la pandemia se exigió que no saliésemos de casa, fue gratamente sorprendente la facilidad con la que la amplia mayoría de los ciudadanos lo aceptó. No había dudas ni suspicacias políticas. Esta predisposición a reaccionar de manera solidaria en un momento terrible tiene una clara lectura positiva como sociedad: somos capaces de acatar las recomendaciones sanitarias para protegernos y proteger a los demássin plantear objeciones egoístas.

Sorprendió comprobar durante las primeras semanas del confinamiento cómo muchas personas parecían llevar años preparándose para una ruptura en sus vidas cotidianas ocasionada por una amenaza imposible de controlar. Algunos lo han denominado una concepción antropológica de la realidad en la que el apocalipsis es solo cuestión de tiempo.

Llevamos años entrenándonos para ello. Frente a la ficción científica de los años sesenta, que soñaba con el horizonte infinito del hombre, hoy solo podemos imaginar la mejor manera de extinguirnos.

Parece que estamos dispuestos a aceptar de buen grado que de un día para otro un virus (o un meteorito despistado) cambie por completo nuestra vida, arrase con cientos de miles de miles de personas y arruine a millones de familias; pero si alguien hablaba de la posibilidad de un posible remedio ante esa catástrofe (por ejemplo, una vacuna), la primera reacción era y es preguntar por la letra pequeña pues si es bueno, no puede ser real.

Vivimos en el imperio de la desconfianza donde bajo toda buena intención hay siempre una motivación oscura, donde todo proyecto de futuro es ingenuo, estúpido o directamente oculta un plan perverso. Las utopías están muy mal vistas hoy, porque ya solo creemos en las distopías.

Nos hemos acostumbrado a pensar que todo mal indicio es el comienzo de una escalada de acontecimientos que nos llevará a estar mucho peor de lo que estamos; y los buenos signos, trampas para ilusos que aún no se han dado cuenta de que el ser humano está condenado a su desaparición.

SIN EXPECTATIVA DE FUTURO,

PARA MUCHOS NO QUEDA OTRA COSA QUE SENTARSE A ESPERAR EL FINAL DE TODO.

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