LA VEJEZ Y LA PANDEMIA

La tasa de mortalidad de los ancianos por coronavirus ha sido desproporcionada en casi todo el mundo. Y las residencias, los principales focos de decesos

2020:

  • Estados Unidos, la Universidad Johns Hopkins calculó que una cuarta parte de los fallecidos habían tenido lugar en residencias de ancianos. Otros análisis elevan esta cifra casi al doble.
  • Suecia, a mediados de mayo, la Agencia de Salud del país calculó que la mayoría de fallecidos por Covid-19 tenía más de setenta años. Y que la mitad de las muertes se habían producido en residencias. “Hemos fallado en la protección de nuestros mayores. Ha sido un fracaso de nuestra sociedad”, declaró la ministra sueca de Salud. 
  • España, los fallecimientos en estos espacios sumaban un 69% del total notificado por el Ministerio de Sanidad). 
  • Reino Unido, la Oficina Nacional de Estadística informó de que, cuatro de cada cinco eran mayores de 70 años. 

¿Qué ha pasado?

¿Cómo es posible que en la primera potencia del mundo (EE. UU.), en la cuna de la socialdemocracia (Suecia), en países de cultura mediterránea y “muy familiar” (España) u obsesionados con el pasado (el Reino Unido), los mayores se hayan visto desprotegidos de esta manera?

Lo cierto es que la distancia que hoy separa a la sociedad de sus mayores no es solamente física, sino moral. Un desapego que no solo representa una falta de afecto, sino una injusticia hacia una generación que en otros tiempos inspiraba respeto y veneración.

La vejez en la historia

A lo largo de la historia, ciertamente, los mayores han sido respetados.

En especial, en sociedades sin lenguaje escrito, en las que el conocimiento se transmitía oralmente. Durante siglos, los ancianos han sido guardianes de las tradiciones y la sabiduría, además de los mejores árbitros en caso de conflicto. En las sociedades primitivas, alcanzar edades avanzadas representaba un privilegio: Una hazaña que no podía lograrse sin la ayuda de los dioses.

En el antiguo Egipto, como sucedía en las culturas primitivas, la longevidad era vista como algo sobrenatural

En Grecia nació la “gerontocracia” –el gobierno o dominio ejercido por los ancianos–, que gozó de excelente salud hasta el siglo XX, en especial, en los regímenes comunistas, como en la antigua Unión Soviética. La gerontocracia se practica aún en las altas instancias judiciales, en algunas repúblicas con presidentes de avanzada edad y en el Vaticano, donde la veteranía es fundamental para alcanzar el papado.

En Esparta, uno de los órganos de gobierno más importante era la Gerusía, compuesto por veintiocho miembros, todos de más de sesenta años.

En Roma, donde Cicerón escribió De senectute, su tratado sobre la vejez, en el año 44 a. C., el Senatus –el poderoso Senado– significaba “asamblea de ancianos”. Mientras que en.

En el mundo hebreo también se consideraba que los ancianos tenían conexión con Dios. Se describe que Moisés tomaba las decisiones solo con la consulta directa de Dios, quien le dice: ‘Ve, reúne a los ancianos de Israel y diles’.

Este poder decrece en la Edad Media, pero que los ancianos tenían valor como imágenes venerables y simbólicas. Depositarios del recuerdo, se les pedía que actuaran como árbitros. La medieval fue una época de guerreros y cruzadas: primó la ley del más fuerte, por tanto, los ancianos estaban desfavorecidos. De todos modos, la pandemia de la peste negra, desatada a mediados del siglo XIV, favoreció a los mayores, al afectar especialmente a niños y jóvenes. Sucedió lo mismo más tarde, en el siglo XV, con la viruela. Los ancianos, en ocasiones, se convirtieron en patriarcas. La peste favoreció a los viejos, que ganaron posición social, política y económica”.

En el Renacimiento, época en la que impera el culto a la belleza y las artes, la influencia de los mayores empieza a decaer. Solo se acepta la imagen del anciano sabio y venerable,.

Es también en Europa, a partir del siglo XVIII, cuando se producen avances específicos para la tercera edad: en 1740, la emperatriz María Teresa de Austria crea el primer asilo. En 1880, el canciller Bismarck establece las pensiones, una de las bases del futuro estado del bienestar. En 1903, el científico ruso Iliá Ilich Méchnikov acuña el término “gerontología”, la ciencia que se ocupa de la vejez.

Los avances científicos y sociales provocan que, a finales del siglo XX, la pirámide poblacional empiece a invertirse en los países más desarrollados. La natalidad desciende, mientras aumenta la esperanza de vida de los mayores. Este aumento implica, además, una mejora de la calidad de vida: los sesenta años de hoy no tienen nada que ver con los de hace dos décadas. Ni los setenta, ni los ochenta… Todo el mundo se siente más joven de lo que cronológicamente es y mucho más joven de cómo es percibido por la sociedad. 

¿Y ahora, qué?

En un mundo obsesionado con la juventud y la belleza, la vejez se ve cada vez más como un estorbo.  La razón por la que las sociedades cuidan o no de sus ancianos depende en buena medida de lo útiles que estos sean

Enalgunas sociedades se abandona a los mayores cuando ya no son útiles (los indios sirionó, de Bolivia), se les insta a suicidarse (los inuit, en Norteamérica) o, incluso, se acaba con sus vidas (los aché, de Paraguay).

En las culturas como las del sudeste asiático (Japón y China), cuya tradición confuciana considera “despreciable” no cuidar de los padres. Algo similar ha ocurrido en el Mediterráneo, donde el énfasis en la familia tiene sus raíces en la tradición de la familia patriarcal. En este sistema, que se remonta a los romanos y hebreos de la Antigüedad, la máxima autoridad recae en el varón más longevo. 

Esta tradición nada tiene que ver con la forma de vida “neolocal” (independiente de los padres), que impera en sociedades industriales modernas, como la de Estados Unidos: Un lugar donde, por sistema, la gente mayor no vive con sus hijos y es más complejo cuidarlos, aunque quieras hacerlo. 

La actual crisis derivada de la pandemia y sus consecuencias catastróficas para los más mayores debería provocar una revisión urgente de nuestra relación con la vejez. 

ETAPA, ADEMÁS, A LA QUE, CON SUERTE, VAMOS A LLEGAR TODOS.

Fuente: La Vanguardia

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