SÁNCHEZ Y LA ESTRATEGIA DEL CAOS

«No necesita haber provocado el desorden para aprovecharlo. Le basta con convertir cada sobresalto en una distracción y cada control institucional en un estorbo»

Llamar caos a lo que sucede en España puede parecer exagerado. Quizá desorden sería una palabra más prudente. Pero ¿qué es el caos sino la desaparición de un orden que permita un mínimo de certidumbre? No hace falta un país sumido en la anarquía. Basta con que la frontera pueda desmoronarse, los trenes dejen de funcionar, el sistema eléctrico caiga, las administraciones se conviertan en estatuas de sal ante una catástrofe y el Gobierno responda con propaganda, acusaciones o silencio. El caos comienza cuando nadie sabe ya si lo que funcionaba ayer seguirá funcionando mañana.

Pedro Sánchez no ha concebido estas calamidades para proclamar un nuevo régimen. Atribuirle un plan maestro sería concederle una capacidad de planificación de la que carece. Sánchez no es un constructor de regímenes políticos. Es un superviviente nato, hábil ante el obstáculo del momento e indiferente a los daños que deja detrás. Su caos tiene mucho más de incompetencia y oportunismo que de conspiración. Pero la necesidad hace la virtud, y un gobernante acorralado puede descubrir que el desorden también ofrece grandes oportunidades.

El poder siempre ocupa el vacío
Es seguro que Sánchez no ha leído a Robert Nisbet. Nisbet no es un cantante pop que pueda añadirse a una lista de Spotify. Pero parece intuir la utilidad de su advertencia: «Algunos piensan que el deterioro de la autoridad abrirá una nueva era de mayor libertad individual. Otros creen, por el contrario, que conducirá a la anarquía social. Yo diría más bien que el vacío dejado por la autoridad será llenado por un ascenso irresistible del Poder».

La mayúscula de Nisbet en la palabra «poder» no es ornamental. La autoridad descansa en el reconocimiento; el Poder crece cuando ese reconocimiento se desintegra. La teoría política lleva siglos describiendo este proceso. Hobbes hizo del miedo al desorden la piedra angular del Leviatán: cuando la vida se vuelve imprevisible, los hombres entregan su libertad a quien promete seguridad. Carl Schmitt llevó la idea más lejos: soberano es quien decide sobre la excepción. Cuando desaparece la normalidad, ya no gobierna la norma, sino quien decide qué debe considerarse normal. Giorgio Agamben añadió un último giro de tuerca: la excepción puede dejar de ser coyuntural y convertirse en una forma permanente de gobierno. El miedo reclama orden, la emergencia elimina los límites y lo provisional acaba siendo permanente. El poder aprende rápido que gobierna mejor cuando la sociedad se siente en peligro.

Es importante entender correctamente ese proceso en el caso de Sánchez. Porque él no comparecerá para pedir solemnemente más poder usando la coartada del caos. Nunca actúa así. Su estilo es fragmentario: una excepción por aquí, un decreto por allá, una institución neutralizada, una sentencia deslegitimada, la mayoría parlamentaria sustituida por una aritmética que neutraliza la función de las cámaras, una arbitrariedad presentada como solución de emergencia. No pretende fundar un nuevo régimen, porque no piensa a esa escala. Le basta con ir deshaciendo el anterior, pieza a pieza, para que nada se oponga a su permanencia.
«Fracasar como gobierno y reafirmarse como Poder; perder el control de los hechos, pero conservar el de su significado»

«Lección de Pekín para Sánchez: identificar la continuidad del poder con la estabilidad y presentar cualquier límite como una amenaza»

Ahí es donde Pekín puede resultar instructivo para un oportunista como Sánchez. Su gran lección no consiste en fabricar el caos, sino en explotar el miedo que provoca: identificar la continuidad del poder con la estabilidad y presentar cualquier límite como una amenaza. El régimen chino ha llevado esa lógica hasta sus últimas consecuencias.

Occidente sitúa al individuo por delante del Estado: los derechos no son una concesión del gobernante, sino los límites que justifican su existencia. De ahí nacen el pluralismo, la alternancia pacífica de los gobiernos y la ley por encima de todos, incluido quien manda. El Partido-Estado chino lo entiende justamente al revés. El Partido define el interés colectivo y presenta la estabilidad, la unidad y el desarrollo como fuentes de legitimidad. La disidencia, la separación de poderes y la existencia de una oposición no son garantías; son amenazas de división y caos. Curiosamente, tal y como Sánchez y sus ministros parecen entenderlo.

Esta diferencia invierte la función de la ley. En una democracia, la ley sirve para contener el poder. En China, sirve para contener la disidencia y asegurar el cumplimiento de las directrices del Partido o del líder supremo. No es casualidad que Schmitt haya encontrado su lugar en la teoría constitucional china. Su afirmación de que ninguna norma puede gobernar el caos se adapta como un guante a un modelo que se considera a sí mismo imprescindible para asegurar el orden.

Naturalmente, Sánchez no ha aprendido en Pekín lo que ya practicaba en Madrid. Pero su estrecha relación con China no es solo comercial. En abril de 2026, más allá de firmar 19 acuerdos comerciales, institucionalizó junto a Xi Jinping un mecanismo de diálogo estratégico. China, para asegurar su creciente influencia sobre España, podría estar instruyendo a nuestro presidente proporcionándole una guía perfectamente funcional a sus necesidades: la continuidad como virtud, la oposición como perturbación, la crítica como deslealtad y la ley como instrumento a su servicio. Sánchez y el PCCh no son iguales. El PCCh tiene doctrina; Sánchez, instinto de conservación. Pero la necesidad los hermana en una misma conclusión: que todo límite al poder es una amenaza.

La rentabilización del desorden
La PANDEMIA dejó el primer gran precedente. La negación inicial y el retraso en reaccionar contribuyeron de forma decisiva a que España llegara tarde y mal a una crisis anunciada. Después llegó la confusión: datos incompatibles, compras de emergencia, órdenes contradictorias y administraciones incapaces siquiera de contabilizar los fallecidos.

Cuando el descontrol se hizo evidente, llegó el confinamiento masivo. Más allá de su discutible utilidad, el encierro convirtió la incompetencia en una exhibición de mando. Incapaz de controlar el virus, Sánchez optó por controlar a las personas. La lección quedó ahí: el caos, amplificado por el propio Gobierno, sirvió para justificar el abuso de poder.

l GRAN APAGÓN volvió a mostrar la fragilidad del orden más elemental. España y buena parte de Portugal quedaron a oscuras por una cadena de fallos que el informe técnico europeo vinculó a deficiencias en el control de tensión y a una cascada catastrófica de desconexiones. Durante horas, millones de personas comprobaron que el país podía apagarse de golpe. El Gobierno no pudo impedir el colapso, pero se reservó la potestad de administrar su significado.

PAIPORTA mostró algo más brutal. La desidia en las obras hidráulicas y el acondicionamiento de cauces, sumada a la falta de planes y medios para prevenir un fenómeno nada inusual, desembocó en tragedia. Consumada la catástrofe, el caos se hizo evidente cuando el Estado no compareció. Después, aquella ausencia se convirtió en coartada: Moncloa desplazó el foco hacia la Generalitat y transformó la catástrofe en una disputa competencial. El Gobierno no compareció como Estado, pero sí como fiscal.

La RED FERROVIARIA también llevaba tiempo enviando señales: averías, retrasos, limitaciones de velocidad y deterioro cotidiano. Adamuz fue el desenlace. La defensa de Óscar Puente y del Gobierno consistió en separar la causa técnica del siniestro de la gestión política. Mientras la primera continuara bajo investigación, toda pregunta sobre la segunda podía presentarse como interesada; y toda crítica, como desinformación. La cautela técnica se convirtió así en un escudo. La investigación no abrió el debate: el Gobierno la utilizó para clausurarlo.

Ahora CEUTA. Los servicios de inteligencia habían advertido del peligro, pero la frontera se vino abajo y decenas de miles de personas entraron en apenas unas horas. El Gobierno dio por amortizada la crisis porque la mayoría había regresado a Marruecos y desplazó el debate hacia los menores: quién los acogía, quién se resistía y quién merecía una condena moral. La caída de la frontera dejó de ser el asunto. Moncloa había conseguido transformar su incapacidad para asegurar las fronteras en un juicio contra sus adversarios.

No se trata siempre de conquistar nuevas competencias. Es más sutil: fracasar como gobierno y reafirmarse como Poder; perder el control de los hechos, pero conservar el de su significado; provocar o agravar el desorden y decidir después de qué debe hablar el país y a quién debe culpar.

Permanecer entre las ruinas
Todo esto sucede cuando Sánchez afronta un horizonte cada vez más oscuro: causas judiciales que alcanzan a su familia, a antiguos hombres de confianza y al partido. No necesita haber provocado el caos para aprovecharlo. Le basta con convertir cada sobresalto en una distracción, cada urgencia en una excepción y cada control institucional en un estorbo. Tampoco necesita liquidar el régimen constitucional de 1978 con una proclamación solemne. Puede vaciarlo por distintas vías hasta que sus reglas ya no sirvan para limitar al Gobierno o hacer posible una alternancia normal.

«Un poder incapaz de ordenar el país, pero formidable para aprovechar las consecuencias de su propio desorden»
Esa es su versión del borrón y cuenta nueva: no levantar otro régimen, sino permanecer entre las ruinas del vigente. Un poder sin proyecto, pero con instinto; incapaz de ordenar el país, pero formidable a la hora de sortear y sobre todo aprovechar las consecuencias de su propio desorden.

Personalmente confío en que Sánchez termine cayendo. No porque la oposición sea especialmente eficaz, sino porque España conserva una cualidad que suele pasar inadvertida: es una nación muy vieja. Y las naciones viejas guardan reservas más allá del Estado. Lo demostraron los ciudadanos que acudieron a Paiporta cuando la Administración no llegaba. Esa trama social es la que impide aún que todo vacío sea ocupado por el poder.

Pero resistir no significa salir indemne. El final de la escapada de Sánchez dejará instituciones extremadamente débiles, servicios muy degradados y una sociedad mucho más descreída. El daño más grave será menos visible: la pérdida de credibilidad, autoridad y reconocimiento de unas instituciones que solo pueden existir mientras la mayoría crea en ellas. Ese capital democrático no regresará con un cambio de Gobierno y un simple reemplazo de nombres y siglas.

Restituir algún orden merecedor del calificativo democrático exigirá renunciar a la cultura política que derivó en pesadilla. Sánchez no cayó del cielo: es el producto más acabado de un modelo que usa y abusa de los votos para desnaturalizar la legitimidad de ejercicio y someter las instituciones. Si esa cultura sigue viva, el peligro no se extinguirá con Sánchez. Se mantendrá en el futuro. Entonces Sánchez no habrá sido una anomalía, sino la demostración de que nuestra democracia puede reproducirlo una y otra vez de maneras hoy inimaginables.

fUENTE Sánchez y la estrategia del caos, por

 

 

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