El progreso real tiene que ver con altos estándares de democracia política
El «progresismo» del PSOE y Sumar es un artificio retórico e icónico, utilizado asiduamente con voluntad de poder por la propaganda política, para crear una ilusión que resulta eficaz como gancho emocional con la gente: crea vínculos simples tanto de identificación como de rechazo.
En la base del relato político siempre está el vínculo emocional, asociado a liderazgos, logos y eslóganes, sobre el que se construye el edificio argumentativo que puede contradecirse si el líder lo considera necesario, como estamos viendo pese a los graves escándalos de corrupción y desgobierno del sanchismo.
El vínculo «progresista-votante» aún controla la mente de muchos. Dos factores lo alimentan. Uno negativo: condicionamiento mental para no ver ni escuchar, relativizar o negar los hechos, correr un tupido velo. El otro es positivo, sin él no cabe una explicación racional: el vínculo se ha hecho carne con el interés material: privilegios, prebendas, altos cargos del Estado, empresas públicas y participadas, asesores sin fin, puertas giratorias, «enchufes», paguitas, ocupación ilegal de casas, absentismo laboral retribuido, manifiestos de adhesión inquebrantable al líder de estómagos agradecidos…
Esto es el progresismo sin progreso, cuyo impacto en el gasto público ineficiente estaba valorado en 60.000 millones de euros por el Instituto de Estudios Económicos (IIE) en 2022. Otra vía de crear vínculo «progresismo-voto» es el crecimiento desmedido del sector público. Además del número sobresale la desproporción entre los salarios y el gasto público. Los salarios públicos en España representan el 24,2% del total del gasto público (2024). En Alemania, sólo el 16,7% y en la zona euro el 20,3%.
Una vez establecido el vínculo de identificación racionalmente puede justificarse casi todo como estamos viendo con este desgobierno. Ejemplo reciente: Sánchez afirma, sin vergüenza, que él acabo con la corrupción en 2018, y durante todo su mandato los crímenes y la violencia ya se consideran progresistas.
El progresismo es el talismán que mantiene unida a la grey socialcomunista aferrada a un poder sustancioso que no es suyo. Han llegado a un punto de no retorno, afirman sin rubor que el progresismo es todo, fuera no hay vida, especialmente para ellos. El proselitismo progresista se emplea a fondo a través de la propaganda sincronizada entre el aparato monclovita, los periodistas y medios subvencionados. Esto tiene un nombre: degradación democrática. Estos son los efectos a medio plazo que ya están presentes y avanzan sin control: degradación política, empobrecimiento socioeconómico, anestesia moral. son hechos comprobables.
LA DEGRADACIÓN POLÍTICA
La degradación política viene de antes, pero alcanza su zenit con Sánchez y sus gobiernos desde 2018. Los gobiernos anteriores, del PSOE y PP, fueron incapaces, durante décadas, de decidir reformas estructurales necesarias porque amenazan la pervivencia el sistema político de la Transición. Sobre esas fallas del sistema ha asentado Sánchez su poder autoritario.
Se aprovecha de los fallos estructurales del sistema político, especialmente de las carencias del modelo de división de poderes que le permite controlar ejecutivo, legislativo y Tribunal constitucional, así como condicionar el judicial por acción y presión. Al personalismo adanista de Sánchez puede aplicársele el dicho «antes de mi nada, después de mí el caos» con su voracidad recaudatoria y el desmedido gasto público que en siete años ha crecido un 43,6 %. Ha desatendido la seguridad pública, así como el mantenimiento de los servicios básicos: red de carreteras, infraestructuras hidráulicas (evitar inundaciones y estragos como la Dana de Valencia), vías férreas y trenes, aeropuertos, etc.
EMPOBRECIMIENTO SOCIOECONÓMICO
El empobrecimiento socioeconómico es una realidad. El triunfalismo del gobierno se basa de datos aislados (PIB nominal y tasa de ocupados) pero la renta per cápita de España ha subido sólo un 4,9% desde 2007, frente a la media del 27,5% de los países desarrollados, OCD. La economía real está en declive por altos impuestos, galopante deuda y déficit que ya está por encima del 1,6 billones de euros, baja productividad, falta de horizontes que alejan la inversión productiva.
Otros datos:
—Pérdida de posiciones en los rankings internacionales, especialmente de la clase media y baja con un incremento de personas en el umbral de la pobreza y exclusión social del 26,5% de la población (INE-2023).
—La renta familiar disponible está por debajo del nivel de 2002 cuando España entró en el euro. En concreto en el 88% de la renta media de la EU-27 en paridad de poder de compra. El salario medio en España en el año 2023 fue un 1,9% menor al del año 2018 (INE). Pero además agravado por la carga impositiva que ha aumentado en 5 puntos: los españoles dedican 45 euros de impuestos de cada 100 de renta real (datos OCDE).
—El declive de la productividad y su relación con los salarios. Según datos del Banco de España, que desde 2008 se observa una divergencia negativa entre salarios y productividad: los salarios han crecido por encima del valor añadido por trabajador. Ambos indicadores emiten una señal negativa de deterioro sostenido que gravita sobre la sostenibilidad del estado de bienestar, pues está en cuestión la viabilidad económica a medio plazo.
En resumen, el progresismo empobrece porque ciega la libertad de creación de riqueza. Las élites progresistas instaladas succionan renta como nadie, imponen un falso igualitarismo mediocre que cercena la ambición y el desarrollo.
LA CORRUPCIÓN MORAL
El cúmulo de desgobierno, ocultación, mentiras, cambios interesados de criterio, deshonestidad sistemática desde el minuto uno provoca en muchos ciudadanos indignación democrática expresada en la acción política y mediática, pero en otros muchos genera una pérdida de sensibilidad por la «normalización de lo anormal», de apatía y desinterés por la cosa pública.
La pérdida de integridad del PSOE con Sánchez a la cabeza empieza en los indignos pactos que le dieron el poder. La legitimidad del gobierno Sánchez descansa únicamente en el acto inicial de la investidura, con votos comprados a cambio de privilegios, cesión de competencias estatales, más recursos e impunidad (indultos y amnistía a delincuentes). Esta forma de conseguir el poder no le otorga legitimidad democrática de ejercicio durante toda la legislatura: sólo puede hacer lo que sus socios le permiten y cada día suben el precio. A finales de julio Zapatero, enviado por Sánchez, viaja a Suiza para reunirse con el insurrecto huido de la justicia para amarrar sus votos a cambio de más poder de secesión.
En estas condiciones de deshonestidad gobierna Sánchez al margen del interés nacional, incapaz siquiera de someterse a la cuestión de confianza por temor a perderla.
El abuso de poder en el uso de las competencias ejecutivas y de los recursos públicos se ha convertido en pauta de conducta amoldando las leyes a los intereses que le mantienen en el cargo. En lo que queda de legislatura le meterá mano a la Justicia, con las leyes Bolaños, para liberarse él y su entorno familiar del peso de la ley. He aquí una anomalía grave del poder ejecutivo, de la representatividad democrática y del obsoleto sistema electoral que lo hace posible.
EL INTERÉS NACIONAL
Estas tres lacras del progresismo del PSOE son contrarias al progreso real de las sociedades democráticas donde los estándares éticos son determinantes de la conducta pública tanto en la selección como en la vigilancia de los cargos públicos; donde la dimisión o destitución es inmediata ante el menor atisbo de corrupción política; donde no hay corrupción sistémica en el partido del gobierno (lobbies, mordidas, presupuestos amañados…); donde no hay puertas giratorias ni aforamientos; donde no hay privilegios de sobresueldos ocultos y pensiones post cargo público.
El progreso real de desarrollo socioeconómico sostenido exige veracidad, eliminación de la lacra de la corrupción desde el poder, libertad de empresa, seguridad jurídica, confianza, unidad del mercado, bajos impuestos, productividad y competitividad con atención, económica y social, a los indicadores macro y microeconómicos.
El progreso real tiene que ver con altos estándares de democracia política: legitimidad de ejercicio de poder ejecutivo sin ataduras para priorizar el interés nacional (programa, presupuestos, transparencia, control), Cortes representativas de la Nación unitaria sin partidos regionales y locales, cuyas mayorías den leyes y control del ejecutivo con creación de valor social agregado. Judicatura independiente y profesional, competente y eficaz.
Hoy por hoy vivimos en la pendiente destructiva del progresismo y no se dan las condiciones de progreso real
Fuente: Progresistas sin progreso | Vozpópuli




