LA MENTIRA EN LA POLÍTICA (también en Pandemia)

Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”

(Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Adolf Hitler)

Una falacia que se difunde masivamente no se transforma en verdad por mucho que se repita, pero sí puede ser muy persuasiva en la comunicación política con apariencia de veracidad y su resonancia mediática, lo que es esencial para dirigir la agenda informativa de los medios de comunicación en función de la estrategia del emisor de la falacia.

Nicolás Maquiavelo, en su clásica obra El Príncipe, ya explicaba que una de las principales cualidades de un político para conquistar o conservar el poder era saber “simular, fingir y engañar”, y Napoléon Bonaparte ya definía la verdad como “lo que se cree de todo corazón y con toda el alma”.

El marketing político moderno asocia la eficacia de los discursos políticos con el uso de mensajes más emocionales que racionales, mensajes que suelen apelar al miedo, la ira, el desprecio o la sorpresa, aderezadas con una escenificación calculada.

 Hay quien atribuye a la amnesia colectiva la causa de que tanta mentira no reciba una tajante desaprobación por parte de los ciudadanos dada la casi inmediata obsolescencia de los mensajes dentro de un flujo acelerado de bulos y propaganda que ayuda a consolidar la desmemoria o la pasiva tolerancia ciudadana.

De hecho, el discurso de algunos “nuevos” líderes políticos se ha visto contagiado por la fuerte corriente populista que recorre el mundo tras la crisis de 2008, agudizada por las consecuencias de la revolución digital y los efectos de la pandemia.

En esta profunda crisis (sanitaria, económica, política, social, institucional, cultural e informativa), ha emergido un mundo virtual en el que los emisores de información periodística, opinión y propaganda se han situado en el mismo plano. El viejo principio informativo de que “los comentarios son libres, pero los hechos son sagrados”, ha invertido su significado, y ahora, algunos defienden el derecho, no ya a expresar sus opiniones, sino a que se respeten (aunque estén basadas en burdas mentiras) por el mero hecho de ejercer la libertad de expresión, mientras que los hechos pueden ser sometidos a la libre interpretación.

En España, durante la pandemia, el Gobierno de coalición ha obviado los datos oficiales de organismos públicos, como el INE o el MoMo, para rebajar con fuentes “alternativas” el número de fallecidos por Covid-19. También muchas de sus polémicas decisiones sanitarias estaban basadas, alegaban, en informes de un supuesto comité de expertos que nunca se dio a conocer. Incluso el actual gobierno de Joe Biden llegó a criticar la intimidación y ataques a periodistas incómodos en España. También en Cataluña, el movimiento independentista ha utilizado de manera bastarda todo tipo de técnicas desinformativas y campañas de propaganda para legitimarse, mientras se acosa a periodistas críticos, como ha denunciado Reporteros sin Fronteras

Así, pues, se está construyendo una nueva sociedad de la (des)información, en la que el uso masivo de la mentira política se ha institucionalizado como parte del juego político. Hay informes que afirman que, en 2022, el público occidental consumirá más informaciones falsas que verdaderas. Cuando la honestidad política pierde valor y los ciudadanos reciben (y toleran) una información política engañosa, la democracia pierde calidad.

  ¿LA MENTIRA EN POLÍTICA ES INEVITABLE?

La mentira es una práctica que la opinión pública relaciona con la profesión política, y pensamos que la política y los dirigentes políticos eran más sinceros en el pasado, mientras que los candidatos políticos de las actuales democracias representativas aparecen como mentirosos compulsivos.

Pero existe una larga tradición del pensamiento político que acepta positivamente que los políticos mientan a los gobernados. La mentira, la ocultación de información, la tergiversación y el secretismo han estado presentes en la vida pública de cualquier sociedad humana organizada en cualquier época. Desde Grecia, pasando por el Imperio romano y hasta la Edad Media la ausencia de veracidad ha acompañado a las élites políticas.

 La consideración positiva de la mentira se hereda de Platón, que sostiene que los gobernantes aptos eran aquellos que consiguieron alcanzar a comprender la idea del bien supremo y la mentira es un instrumento que sólo acepta que sea empleado por los políticos hacia los súbditos para el propio bien de estos, pero se considera un crimen si esa manipulación procede desde los gobernados hacia sus superiores: “Una mentira es útil solo como medicina para el hombre y el uso de estas mentiras debe reservarse sólo a los médicos”.

En síntesis, los seres humanos de un orden superior están autorizados moralmente a guiar a los inferiores mediante el empleo de la mentira.

En la cultura europea occidental, Maquiavelo en El Príncipe recomienda la mentira, el fingimiento y las falsas promesas como un instrumento político: “Si todos los hombres fueran buenos, este precepto sería malísimo, pero ellos como son malos y no observarán su fe con respecto a ti si se presentase la ocasión, no estás obligado a guardarles tu fidelidad”. Maquiavelo afirma que el gobernante debe tener la astucia del zorro para hacer frente a las distintas adversidades que pueden surgir en la vida pública. Especialmente, sostiene que cuando la masa acepta la veracidad de la mentira del poder no es necesario recurrir a la violencia ni al enfrentamiento directo entre gobernantes y gobernados. Paradójicamente a lo que pudiera parecer, el pensador italiano recomienda no engañar, ni ocultar información a los colaboradores que están más interesados en el bien del príncipe y de su gobierno. En este último caso, mentir a los ministros de mayor lealtad supone un autoengaño para el propio príncipe. Es decir, la lección que transmite es que en la política existe una mentira aceptable que es aquella que garantiza la perpetuación del poder del gobernante, mientras que existe una mentira que es inaceptable que es aquella que puede establecerse entre el dirigente y sus consejeros de mayor confianza.

Giucciardini, que fue coetáneo de Maquiavelo, establece que cualquier acción política que vaya dirigida al mantenimiento del gobierno de un país debe quedar libre de una valoración moral, dando lugar a la llamada razón de Estado”. En definitiva, los pensadores renacentistas defendieron que la mentira oficial era un instrumento al servicio de la comunicación entre los políticos y la ciudadanía.

Las democracias representativas en las que vivimos desde la mitad del siglo XX se caracterizan porque los partidos políticos son marcas que confeccionan un producto que son los candidatos políticos y que son consumidos por los votantes. Por tanto, estos candidatos deben ofrecer una propuesta de temas, intereses y demandas a satisfacer hacia el gran público, a partir de los cuales cada sector de la audiencia se decantará por unos u otros.

En general, los seres humanos cuando interactúan en sociedad son actores que interpretan un papel y los políticos, como el resto de ciudadanos, actúan porque así se les ha enseñado. No sólo mentirían los políticos, sino que también es algo que harían frecuentemente los medios de comunicación y los propios ciudadanos al interpretar distintos papeles en la vida pública (cuando votamos, cuando discutimos sobre política, cuando leemos la prensa, etc.).

 Por tanto, el engaño como práctica política en las democracias representativas se explica por las siguientes razones:

  • Existe una justificación filosófica y moral del empleo de la mentira en la política
  • La vida pública actualmente mantiene un grado de dramatización por parte de los políticos que actúan como actores en diversos escenarios.
  • La manipulación es una práctica admitida en las democracias para favorecer la decisión electoral de las personas. De hecho, hay empresas especializadas en ofrecer este tipo de servicios.

En definitiva, la mentira puede ser una táctica (y a menudo una estrategia) para todos los órdenes de la vida, pero en el ámbito político tiene una justificación filosófica y moral (“la razón de Estado”) que es propia de los “círculos del poder” déspotas pretendidamente ilustrados (“todo para el pueblo pero sin el pueblo”).

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