LA DECEPCIÓN DE LA GENERACIÓN QUE IBA A SALVAR ESPAÑA

Hace 10 años (mayo de 2011) varios grupos de jóvenes urbanos, formados y conectados digitalmente, decían tener la receta para nuestro país.

La década pasada fue un momento de efervescencia para generaciones españolas jóvenes, urbanas y formadas: percibían que su tiempo había llegado. La exitosa irrupción de Podemos tras el 15-M fijó la creencia de que la renovación era inevitable y de que nuevos actores debían pasar a primer plano. En la política fue evidente: llegó Rivera, Sánchez fue elegido en el PSOE y Casado se abrió paso en el PP. Incluso llegó el relevo en la monarquía y el emérito abdicó en favor de Felipe VI.

 

Era una época agitada, en la que convivieron la crisis y el descontento, y llevaron a la convicción de que hacían falta nuevas ideas y una amplia regeneración, y que debía estar encabezada por jóvenes que, gracias a su formación y a su visión, habían tomado mejor el pulso a los tiempos. Esa sensación penetró en la política, en las consultoras, en las agencias publicitarias y en el periodismo.

 

En un nuevo escenario, esas generaciones formadas, urbanas y conectadas intuyeron la oportunidad de tomar el centro de la escena: ellas eran las que podían dar respuesta a la encrucijada de la época. Sabían cuál era el camino para transformar España y qué reformas necesitaba nuestro país para situarse a la altura de los tiempos.

 

Una década después, sus esperanzas se han desvanecido. La gran mayoría de ellos no llegó tan alto como esperaba. Sin embargo, incluso en los casos de éxito (Iglesias fue vicepresidente del Gobierno), el tiempo no ha estado de su lado. Aunque incluso Pedro Sánchez logró por dos veces ser Presidente de Gobierno, en ambas ocasiones fue utilizando medios torticeros (moción de censura apoyada por los antidemócratas y Gobierno de coalición “insomne”) y el balance económico y social de su gestión puede emular sin complejo alguno al de su malhadado predecesor Rodríguez Zapatero. Lo cierto es que las ideas que aportaron como solución han caducado y la efervescencia ha dejado paso a la decepción. Lo más probable es que las ideas que promovían no fueran ni las adecuadas ni las necesarias.

 

Tampoco eran ideas originales, porque todas ellas consistían en traer a España las ortodoxias que reinaban en otros lugares. La gran apuesta de Iglesias fue trasladar a nuestro país las lógicas populistas que había aprendido de la experiencia latinoamericana, que pronto convirtió en un enfrentamiento con el régimen del 78, y que después giró hacia el puro tacticismo. Errejón hizo lo mismo, pero como necesitaba un espacio, copió las fórmulas de los verdes europeos para ocupar un lugar propio.

 

Sin embargo, hubo algo novedoso en sus propuestas, que era además compartido por las distintas generaciones que querían cambiar España: una enorme confianza en lo digital. Podemos nació gracias a un gran impulso en redes y a la conexión directa de estas con los medios de masas. Ahí residió su mayor innovación política, y no parece que haya sido para bien. No deja de ser curioso que, en ese juego digital, las fuerzas de la nueva derecha, empezando por las del Brexit y Trump, hayan sido bastante más hábiles.

 

En el ámbito político liberal, sus adalides estimaban que existía un problema en la gestión nacional, provocada por una política cada vez más populista, que no era lo suficientemente austera, que no estaba volcada en mejorar la competitividad del país, que no estaba acostumbrada a utilizar indicadores para controlar la eficacia de sus políticas públicas y que no era lo suficientemente abierta ni lo suficientemente global. Y que además se enfrascaba en luchas territoriales internas. Ahora tienen que dar marcha atrás y lo hacen, obviamente, porque sus entornos de referencia, los anglosajones, están tejiendo una nueva ortodoxia, que ellos repiten, como de costumbre.

 

Lo peor de estas generaciones no ha sido su pobreza analítica, ni que hayan apostado por unas ideas que no funcionaron, ni que se hayan equivocado en las soluciones (algo que, por otra parte, es muy habitual en el ser humano). Lo peor es la sensación de superioridad que, incluso ahora, continúan desprendiendo. En lugar de asumir los errores y rectificar en aquello que sea necesario, siguen percibiéndose como la avanzadilla de un mundo por venir.

 

Tras una pandemia mundial y una guerra en suelo europeo este es un momento crucial en muchos sentidos, en el que hacen falta ideas y enfoques diferentes, así como nuevos consensos. Algo más de humildad resultaría conveniente, en lugar de seguir mirando por encima del hombro a los demás. Es algo que suele ocurrir: las nuevas generaciones, cuando se les pasa su tiempo, se convierten en una resistencia al cambio más que en un motor de futuro.

 

Fuente: El Confidencial

AQUÍ PUEDES DESCARGARTE LA FICHA COMPLETA

Descarga la ficha en PDF

0 0 votes
Article Rating
Suscribirme
Notificarme de
guest
0 Comments
Recientes
Antiguos Más Votado
Inline Feedbacks
View all comments