Los mensajes de Pedro Sánchez en su cuarto aniversario como Presidente del Gobierno: “un gobierno social”, “el Gobierno que hizo frente a la pandemia y que hará todo lo que podamos y más para proteger a nuestros ciudadanos y a la economía de los efectos de la guerra”, “una política económica de responsabilidad fiscal, justicia social y reformas estructurales progresistas, para avanzar hacia un crecimiento más sostenible y justo» e incluso llegó a decir que “el PSOE existe para defender a quienes lo necesitan, por cada decisión política, lo trasladamos a consecuencias positivas en la vida de la gente».
Cuando los datos son tan tozudos, la desfachatez no tiene límites. Este es el caso del presidente de nuestro Gobierno. En materia económica somos el país que más déficit y deuda ha generado, en el que más cayó el PIB en la pandemia y el último país europeo en recuperar los niveles previos. ¡¡¡El último!!! ¿Cómo puede nadie sentirse orgulloso o lanzar semejantes mensajes?
En cuanto a las consecuencias de la invasión de Ucrania, deberíamos ser uno de los países menos afectados, por nuestra situación geográfica y nuestra escasa dependencia energética rusa. Pero estamos en la misma línea de inflación (incluso en la parte alta) del resto de países europeos. Y aunque el empleo se está comportando bien, en el resto de los países mejor, de hecho, ya somos el país con más paro de la Unión Europea, después de más de una década de “liderazgo” griego.
Pero es que en materia social tampoco podemos ponernos ninguna medalla, cada vez más colas del hambre, cada vez más personas vulnerables, hasta 11 millones en riesgo de exclusión, más de un 23% de la población española. ¿Cómo puede nadie sentirse orgulloso o lanzar semejantes mensajes?
En cuanto a la transparencia y la defensa de las instituciones. Decía el presidente, “un gobierno ejemplar”, “con sentido de Estado”. Más de 1.200 veces ha infringido el gobierno la ley de transparencia, el Consejo de Transparencia y Buen Gobierno así lo ha dictaminado. Y en la defensa de las instituciones, tampoco debería colgarse medallas. El propio gobierno y los partidos que forman la coalición de gobierno han atacado y criticado y puesto en entredicho a algunas instituciones, el Tribunal de Cuentas, el Consejo General del Poder Judicial, a determinados tribunales de justicia, a la propia institución monárquica. Instituciones que consagra la Constitución Española.
Y, por último, su fracaso en los acuerdos de país. A pesar de los mensajes de “ejercicio constante de diálogo, negociación y acuerdo”, «reconocemos la comunidad, las provincias, los ayuntamientos… hemos desarrollado la cogobernanza», la realidad es bien distinta. Las CCAA, incluso las socialistas han criticado multitud de actuaciones del gobierno, los ayuntamientos se han sentido desprotegidos durante la pandemia. Y en el proyecto más claro de país, como son los Fondos de Recuperación y Resiliencia, han actuado de forma partidista, sin contar con los partidos de la oposición, ni la sociedad civil. Los han convertido en un instrumento de actuación política.
Pero sí hay que reconocerles que han cumplido con algo. Dijo el presidente que “han consolidado el primer gobierno de coalición». Y es cierto, aguantan a pesar de las discrepancias constantes, pues simplemente por la necesidad de mantenerse en el poder de los dos partidos integrantes del gobierno les hace aguantar. Pero aun así hay que reconocerles el mérito. Este es su único éxito, el resto una suma de fracasos por los que nadie que piense en el bienestar presente y futuro de nuestro país debería sentirse orgulloso.
BALANCE POLÍTICO
Nunca había sido peor el papel exterior de España, convertida ahora, por obra y gracia de Sánchez, en un actor tan irrelevante como poco fiable. No cabe la menor duda de que este periodo iniciado en 2018 será visto por los historiadores como una calamidad sin fin. Se inició con una moción de censura apoyada en una frase de un juez progre, que luego el Tribunal Supremo obligó a retirar por falsa.
Los nacionalistas vieron en Sánchez a un personaje manejable por su descarada ambición. Sabían desde el principio que el nuevo presidente cedería lo que hiciera falta para continuar en el poder. A partir de entonces todo ha ido de mal en peor. Comenzó con una mentira, la convocatoria inmediata de elecciones, y continuó con otra, que nunca pactaría con Podemos, golpistas y filoetarras.
Nunca había sido peor el papel exterior de España, convertida ahora en un actor tan irrelevante como poco fiable. Es el resultado de la política dubitativa con Ucrania, la carta clandestina cediendo el Sahara que nos enemistó con Argelia, tras insultar diplomáticamente a Marruecos acogiendo a un terrorista y sin visitar a su rey como es tradición.
Sánchez tiene a su lado en el Consejo de Ministros a comunistas que son enemigos de la OTAN, es más, esos ministros promueven manifestaciones antiamericanas y antiatlantistas. No extraña que Biden saliera corriendo por aquel pasillo para no hablar con el español.
Otra de las calamidades que nuestro país va a arrastrar es que Sánchez ha convertido al nacionalismo catalán en el poder más influyente y ha asumido el lenguaje independentista y sus “mesas bilaterales”, al tiempo que considera negociable las exigencias del golpismo independentista por la única razón de permanecer en la Moncloa. Su permisividad ha hecho que el Gobierno de Cataluña se considere impune, ya sea con los indultos o con la inacción para que se cumpla la sentencia del 25% de español.
No solo ha colonizado la administración y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado destituyendo a quien no comulgaba o se negaba a cumplir una ilegalidad, sino que ha hundido la reputación de instituciones como la Fiscalía, que ya declaró que le pertenece, o el CIS, convertido en una caricatura absurda. Sánchez ha querido sustituir al Rey o esconderlo, como en la entrega de despachos en Barcelona que provocó una protesta de los jueces. En esto no hay solo una ambición de Sánchez de ser Emperador del Universo, sino un deseo de complacer a los golpistas, que no perdonan el discurso de Felipe VI el 3 de octubre de 2017.
En su desvergüenza Sánchez eludió toda responsabilidad en la gestión de la pandemia y la echó encima de las comunidades autónomas, todo para evitar asumir el desastre
La economía tampoco es lo suyo. La inflación ha alcanzado un récord histórico, con un factor subyacente, es decir, excluyendo el coste de la energía y los alimentos, que sube al 4,9%. Claro, así aumenta el coste de todo y disminuye el consumo, lo que ha generado el cierre de 12.000 empresas en los últimos cuatro meses.
Todos más pobres pero el Gobierno no quiere deflactar el IRPF porque está recaudando como nunca, y lo necesita porque el sanchismo es gastar y subvencionar para hacer clientela. No hay una mejora estructural de la economía, como quiere la Unión Europea, ni se ejecuta el dinero europeo al ritmo debido. La Intervención General del Estado, libre por ahora del sanchismo, ha declarado que el Gobierno solo ha desembolsado 682 millones de los 27.000 presupuestados.
El repaso es deprimente, pero no cabe un relato “chulísimo”, aunque siempre habrá quien lo disculpe con el argumento de las dos crisis consecutivas (pandemia y guerra) que, no obstante, han sido mundiales y no sólo españolas.
BALANCE ECONÓMICO
Sus logros económicos en tres pinceladas:
– Ha llevado a España a la peor situación económica de Europa, con el mayor retraso en la recuperación, la peor tasa de paro y la mayor destrucción de PIB.
– Ha torturado a impuestos a una sociedad empobrecida mientras elevaba la recaudación pública como nunca en la historia para gastárselo en crear un régimen clientelar miserable
– Ha elevado el gasto público en ministerios, asesores, familiares y amigos, mientras miles de empresas, pequeños comercios, pymes y trabajadores lo perdían todo en las dos crisis mundiales casi consecutivas
La deuda y el gasto público han aumentado considerablemente desde que Pedro Sánchez llegó al poder el 1 de junio de 2018, pero ya lo hacían antes de que aparecieran la pandemia y el conflicto en Ucrania. Solo en los seis primeros trimestres de Sánchez, antes de la llegada de la covid, el déficit del Estado aumentó en casi 140.000 millones.


Nuestra elevada deuda nos situará en una posición complicada cuando el Banco Central Europeo deje de comprarla y probablemente suba los tipos de interés a partir de julio. Sánchez ha aumentado en unos 100.000 millones el gasto público en los dos últimos años, y ese gasto hay que financiarlo, porque los ingresos son inferiores a su coste. Ha conseguido situar el gasto público por encima del 50 % del PIB.

Desde que llegó Sánchez, el número de funcionarios ha aumentado en más de 360.000. La cifra total rebasa los 3,5 millones de empleados públicos

El sistema no funciona, y una prueba es que los ingresos no dan para frenar el crecimiento de la deuda de la Seguridad Social. Aunque batamos récords de facturación fiscal, el hecho es que el agujero se ha incrementado en más de 60.000 millones de euros desde que llegó Sánchez, y la cifra se aproxima peligrosamente a los 100.000 millones.

El sistema apunta a la quiebra, y lo hace además en un contexto en el que seguimos siendo los campeones de Europa en el desempleo. Eurostat publica que tenemos casi el doble de paro (13,5 %) que la media de la eurozona (6,8 %), que también ha sufrido la pandemia y la invasión de Ucrania.
Tampoco los ciudadanos ven que se les bajen de manera decidida los impuestos, como se ha hecho en toda Europa, aunque el 73 % de los productos de la cesta de la compra haya subido más de un 5 %; ni que el Gobierno deflacte el IRPF para que no haya que pagar más impuestos si los salarios suben debido a la inflación, ni que desligue la tarifa eléctrica del precio diario de la luz, otra medida que podría llevar a cabo en cualquier momento y que de hecho se efectúa en toda Europa para que los precios no se disparen.

De momento todo lo que hace el Gobierno es prorrogar unas medidas que apenas tienen eficacia, como la bonificación de los veinte céntimos en el combustible, y sigue sin solucionar problemas como la baja ejecución de los fondos europeos.
O se acometen estas profundas reformas de inmediato (energética, pensiones, sector público), se reduce el gasto (se acaba con la ineficiencia del mismo) y se bajan los impuestos (al menos, para compensar el alza de la inflación, incluso más, para dinamizar la economía), o podemos dirigirnos a una situación muy preocupante para la economía española, que nos deje en un panorama todavía peor en el medio plazo que el de 1996 y 2011.






