El concepto progreso aplicado a la política es inequívocamente ha terminado siendo la divisa de todas las izquierdas y semánticamente un criterio de demarcación que divide al mundo político en dos categorías: los progresistas y los fascistas.
El actual gobierno y sus medios afines, dan por sentado que puesto que son políticamente progresistas, sus políticas generan necesariamente progreso; una increíble tautología, que atenta contra la dignidad intelectual.
Nos dice Steven Pinker que para la mayor parte de la gente: la vida es mejor que la muerte, la salud es mejor que la enfermedad, la buena alimentación es mejor que el hambre, la paz es mejor que la guerra, la seguridad es mejor que el peligro, la libertad es mejor que la tiranía, iguales derechos son mejores que la intolerancia y la discriminación, el alfabetismo es mejor que el analfabetismo, el conocimiento es mejor que la ignorancia, la inteligencia es mejor que su ausencia, la felicidad es mejor que la miseria, las oportunidades de disfrutar de la familia, los amigos, la cultura y la naturaleza son mejores que las drogas y la monotonía. Pues bien: todas estas cosas pueden ser medidas, y si mejoran a lo largo del tiempo, esto es el progreso.
Aplicando estos criterios a la España contemporánea, veamos en que ha consistido el progreso de las últimos gobiernos “progresistas” (liderados por el inefable ZP y por el resiliente Pedro Sánchez):
-Crecimiento acumulado de la renta per cápita: Zapatero (-6%) + Sánchez (-4%)
-Convergencia con la UE: Zapatero (-9,85%) + Sánchez (-5,33%)
-Años de convergencia/ divergencia con UE: Zapatero (0/7) + Sánchez (0/4)
En los anales estadísticos de España nunca se han dado datos tan negativos:
- El nivel de empleo, la más evidente manifestación de la economía inclusiva que predican los progresistas, nunca ha sido compañero de viaje de nuestros gobiernos socialistas. Las tasas medias anuales de creación de empleo: Aznar +9,93%, Rajoy +8,48%, Sánchez +0,81% y Zapatero -16,76%. Los gobiernos progresistas son imbatibles creando paro; incluido el actual, cuya ministra de trabajo se manifiesta sumamente satisfecha duplicando el desempleo de la UE.
- La deuda pública, que obliga las nuevas generaciones a hacerse cargo de los despilfarros progresistas y cuyos excesos sitúan al borde de la suspensión de pagos o la vergonzosa intervención extranjera de nuestras cuentas públicas. Con Zapatero, España perdió su autonomía financiera y ahora con Sánchez está a punto de reproducirse un escenario parecido. Veamos el ranking del crecimiento del endeudamiento público como % del PIB: González +52,72%, Zapatero +43,29%, Sánchez +18,90%, Rajoy +12,30% y Aznar -23,15%. España ha pasado de tener una deuda pública equivalente al 60% de la media de la UE en 2007 al casi el 120% en 2021, debida fundamentalmente a Zapatero y Sánchez.
A las tres trascendentales e incuestionables variables examinadas, hay que añadir la deconstrucción de nuestro orden constitucional, el destrozo de la educación y la subversión de los valores morales sobre los que se ha construido nuestra civilización occidental.
En las democracias los gobernantes son elegidos por sufragio limpio, universal y secreto, bien sea directamente por el censo electoral, como sucede en los sistemas presidencialistas (Francia, Estados Unidos o las repúblicas iberoamericanas) bien por una mayoría de diputados, como sucede en los sistemas parlamentarios, de los que España es un ejemplo, al igual que la inmensa mayoría de los Estados Miembros de la Unión Europea.
Cuando un primer ministro antes de que acabe su mandato (que suele tener una duración de un mínimo de cuatro años) se revela como indigno del puesto, deberían existir mecanismos que, en aras de la salud institucional y del bien general y sin necesidad de llamar anticipadamente a las urnas, permitiesen apearle del poder y reemplazarlo por alguien más preparado, más honrado y más consistente.
Las fórmulas para tal operación de saneamiento son diversas, unas se efectúan en el Parlamento -moción de censura, moción de confianza, impeachment-, otras en el seno de la organización del mandatario indeseable, al que sus propios compañeros de filas descabalgan del sillón presidencial.
En el Reino Unido , hartos de sus excentricidades, mentiras, imprudencias y gestos prepotentes, los miembros tories del Parlamento de Westminster y sus colegas en el Gabinete le han obligado mediante pronunciamientos públicos y dimisiones en cascada a presentar la dimisión forzada del premier Boris Johnson. A partir de ahora, siguiendo un riguroso método de democracia interna, los conservadores, primero el Gruipo Parlamentario y, posteriormente, el conjunto de los afiliados, nombrarán al sucesor de Johnson en la jefatura del partido y consecuentemente primer ministro, una vez obtenido el plácet ritual de Isabel II.
Este domingo se cumple el primer aniversario de la profunda remodelación del Ejecutivo con la que el presidente trató de reponerse a la amarga derrota que sufrió en las elecciones madrileñas del 4 de mayo y recomponer su acción de gobierno. Se supo que Pedro Sánchez prescindía de su vicepresidenta primera, Carmen Calvo, pieza clave en la resurrección de Sánchez y su regreso a la Secretaría General del PSOE y que salía también del Ejecutivo el ministro de Transportes y vicesecretario general del PSOE, José Luis Ábalos, el hombre del aparato que todo presidente necesita cerca. El bombazo fue la caída del hasta entonces jefe de Gabinete de Sánchez, Iván Redondo, el alquimista que fabricó la fórmula para hacerle ganar la moción de censura contra pronóstico.
Por el camino cayeron también el ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, que solo unas semanas antes se había encargado de redactar los expedientes para motivar los indultos a nueve presos del procés y la de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya, la cabeza que entregó Sánchez a Marruecos para contentar a Mohamed VI tras la operación Gali. Aquel 10 de julio, el presidente anunció así que comenzaba el que bautizó como el «Gobierno de la Recuperación»: «Desde hoy mismo comienza el Gobierno de la Recuperación. Un Gobierno de mujeres y hombres para superar por completo la peor calamidad vivida por la humanidad en décadas y para aprovechar una oportunidad excepcional de poner en pie una España mejor», proclamó. «Un equipo que recibe un gran impulso para acometer una recuperación justa, aportando juventud y cercanía y que tendrá como principal tarea consolidar la recuperación económica y la creación de empleo», añadió.
Han pasado 12 meses y el «Gobierno de la Recuperación» se quedó en una declaración de intenciones y en este momento de la legislatura vuelve a especularse con cambios, puesto que son muchos y muy diversos los males que aquejan al Ejecutivo.
A raíz de lo acontecido recientemente en suelo británico, han surgido voces en España lamentando que no se produzca en el PSOE un movimiento similar, tales son los desmanes protagonizados por su secretario general y presidente del Gobierno. Desde luego, si comparamos las ejecutorias de los dos cabezas de filas, las múltiples barrabasadas de Boris Johnson son pecados veniales al lado de las tropelías de nuestro Pedro: el incumplimiento flagrante de sus promesas en cuanto a las alianzas aceptables, su formación de un Gobierno desmesurado integrado y apoyado por independentistas desvergonzadamente anticonstitucionales, los indultos a los golpistas catalanes, su irresponsable política presupuestaria plagada de medidas que disparan el endeudamiento, su nombramiento de una Fiscal General que avergüenza a sus compañeros de cuerpo, su extraño cambio de estrategia respecto al Sahara Occidental bajo sospecha de ser objeto de chantaje por parte de la monarquía alauita, su asalto a grandes empresas cotizadas, su tolerancia con los notorios incumplimientos de sentencias de los tribunales en materia lingüística en Cataluña, sus leyes de género contrarias a la naturaleza humana que acarrearán incontables sufrimientos a muchos menores desorientados, su ley de memoria histórica que liquida el legado de reconciliación de la Transición y fractura a la sociedad española, aprobada para complacer a los herederos de ETA, y así podríamos seguir enunciando actuaciones a cual más vil, más dañina o más sectaria.
Por desgracia, en nuestro país, los diputados no representan a los ciudadanos, sino que son empleados del jefe de partido, que es el que elabora las listas cerradas de candidatos haciendo imposible una operación de acoso y derribo a su líder como la que ha sufrido Boris Johnson. Debido a ello todavía habremos de esperar un año y medio para tener la oportunidad de librarnos de la pesadilla que cada día nos asalta con un golpe adicional al corazón de nuestra economía, nuestras instituciones y nuestra libertad, mientras asistimos impotentes a la transformación de España en un erial barrido por el viento de la traición, la amoralidad y el despilfarro.




