ANTECEDENTES 1: EL ESTADO DE BIENESTAR ALEMÁN
En el Segundo Reich alemán, tras la construcción bismarckiana de Alemania como nación política los llamados «socialistas de cátedra» (socialistas universitarios) acuñaron la expresión Wohlfahrtsstaat en relación a las políticas bismarckianas en materia social. La Wohlfahrtsstaat sería el primer sistema de protección social generalizado. No obstante, el Estado de Bismarck era un Estado del Bienestar autoritario y se ha dicho que venía a ser una clase de «despotismo protector», y sería criticado por suun acusado paternalismo.
Con la Wohlfahrtsstaat Bismarck pretendía neutralizar todo intento de revolución y de incorporación de la socialdemocracia (condenada a la clandestinidad entre 1878-1890) en la escena política alemana pues la presión creciente del proletariado le permitía elevarse por encima de los junkers y de los capitalistas
Así el gobierno de Bismarck seducía a los trabajadores con la legislación social más avanzada del momento. Bismarck entendió con suma prudencia que al movimiento obrero no se le podía frenar simplemente con represión policial y que era menester adoptar medidas de política social mediante la intervención del Estado, que sería denominada «socialismo de Estado» por los sectores más conservadores del Reich. No obstante, ni los sindicatos amarillos creados por la patronal ni las acciones gubernamentales pudieron impedir el apogeo del momento obrero con el SPD a la cabeza, aunque éste finalmente tendería a anular la revolución y finalmente serían sus escisiones (como la Liga Espartaquista) las que fracasaron cuando quisieron imponer el socialismo mediante la crítica de las armas.
La crisis económica de 1873 hizo que descendiesen los salarios y se incrementase el desempleo y los socialistas atentaron violentamente contra Bismarck en 1874 lo que supuso el detonante para que Bismarck pusiese en marcha las Leyes de Excepción contra el SPD, pues temía que se produjese en el Reich una insurrección socialista similar a la que estalló en París en 1871. Se llegaron a cerrar unos 45 periódicos de tendencia socialista. Bismarck exageró la potencia socialdemócrata para ganarse el favor de la burguesía
En este contexto surgió el llamado «socialismo de cátedra», un movimiento compuesto por profesores de economía política de las universidades alemanas junto a intelectuales burgueses y funcionarios que exigían un sistema de leyes que protegiese a los trabajadores de la explotación capitalista y a su vez permitiese su integración social y política. Es decir, se exigía un «socialismo de Estado» que implantase un sistema de seguros sociales financiado por el Estado (a través del dinero de los contribuyentes, ¡dónde si no!) y por las empresas privadas. Y así se votaron las leyes de seguro por enfermedad para los obreros industriales y artesanales (1883), el seguro de accidentes (1884) y el seguro de vejez (1889). Los obreros jubilados pasarían a ser pensionistas del Estado, de ahí que se transformasen en elementos potencialmente interesados en mantener el statu quo del Segundo Reich, esto es, el sistema de Bismarck, que sirvió de modelo para los gobiernos de Francia en 1894 y de Inglaterra en 1908.
Los obreros no se conformaron, y las huelgas se recrudecieron, llegando a su apogeo en 1889. Un diputado «independiente» (del ilegalizado SPD) votó en contra del sistema del bienestar del Bismarck «porque dichas iniciativas podrían quebrantar el espíritu de lucha de la clase obrera»
La paxgermánica bismarckiana hizo posible el Estado del Bienestar bismarckiano, el cual no fue fruto de la generosidad y la buena voluntad de Bismarck y los suyos, sino por solidaridad contra la amenaza formal del movimiento obrero comandado por el SPD. Alemania sería una nación tan potente que harían falta dos guerras mundiales para acabar con su hegemonía en Europa y sin embargo Alemania es la primera potencia industrial y financiera de la Unión Europea
Con su genio en las relaciones internacionales, Bismarck atacaba a todo lo que fuese internacionalista, como por ejemplo a la Iglesia católica (de ahí la Kulturkampf) con la que pretendía desviar el conflicto entre las clases sociales hacia un conflicto entre católicos y protestantes, es decir, pretendía que la cuestión religiosa eclipsase a la cuestión social. También Bismarck luchó contra el liberalismo al buscar éste la solidaridad económica internacional, y en 1876 el Estado emprendió una lucha contra el libre cambio, pues Bismarck era partidario de un nacimiento económico proteccionista imponiendo tarifas aduaneras altas.
A pesar de ser un político «conservador», Bismarck sería señalado como «socialista», al igual que Roosevelt cuando en 1935 aprobó la Ley de Seguridad Social de su New Deal. Bismarck procuró acabar con el movimiento obrero. Dicho de otro modo: si tales partidos pretendían hacer la «revolución desde abajo», nuestro protagonista quiso llevar a cabo la «revolución desde arriba». Se podría calificar al sistema de Bismarck como un sistema análogo a lo que algunos han denominado derecha socialista, refiriéndose al maurismo, el primorriverismo y el franquismo
ANTECEDENTES 2: EL ESTADO DE BIENESTAR BRITÁNICO
En 1920 se publicó una obra clásica de economía política titulada The Economics of Welfare (La Economía del Bienestar). En 1940 el laborista Ernest Bevin (por entonces ministro de Trabajo) le pidió al decano de la University College de Oxford William Henry Beveridge, un independiente muy influido por la Sociedad Fabiana y partidario del liberalismo progresista (no era socialdemócrata sino liberal progresista), que acordase con los conservadores la elaboración de una propuesta que terminaría siendo la base del Welfare State de tintes socialdemócratas
En 1941 Roosevelt y Churchill se comprometieron en la Carta del Atlántico a mejorar las condiciones y normas laborales e implantar una seguridad social para todos. En 1942 Beveridge publicó el famoso informe titulado Report to the Parliament on Social Insure and Allied Services, más conocido como «Primer Informe Beveridge», con más de trescientas páginas. En 1944 Beveridge publicó un «Segundo Informe» titulado Full employment in Free Society, en el que defendía que un eficaz sistema de protección social exige el pleno empleo. Ambos informes servirían como base para la instauración del Welfare State por el gobierno laborista tras la Segunda Guerra Mundial.
En su primer informe Beveridge proponía que todo ciudadano en edad laboral debía contribuir a pagar una serie de tasas sociales a fin de que tal dinero fuese a parar a prestaciones en caso de enfermedad, desempleo, jubilación y otras dificultades. El programa de protección social que Beveridge quería implantar «desde la cuna a la tumba» procuraba garantizar unos ingresos mínimos y «honrosos» para las personas en situaciones más precarias. Beveridge entendía su labor como una revolución comprometida inequívocamente con la justicia social. Su plan desembocó en el primer sistema unificado de seguridad social. Con el Welfare State el bienestar social pasaba a ser «responsabilidad del Estado».
Si Beveridge era el ideólogo en lo social, en lo económico el ideólogo del Estado del Bienestar no fue otro que el celebérrimo John Maynard Keynes para quien el capitalismo no era un sistema perfecto sino corregible. Según Keynes, el capitalismo no tiende al pleno empleo ni equilibra los factores productivos y el pleno empleo y el equilibrio de los factores productivos sólo coinciden de forma accidental. Asimismo, para Keynes un mercado sin regulación estatal no garantiza ni justicia ni prosperidad. Keynes comprendió que el capitalismo no puede existir sin crisis, y que no puede dar prosperidad a unos si no es explotando a otros. Para restaurar el equilibrio es fundamental el papel del Estado, la cual genera certidumbre
Para que el Estado del Bienestar pudiera desarrollarse se llevaron a cabo políticas de nacionalización, lo que significaba transformar en propiedad del Estado ciertas ramas de la economía, dejando a la lógica capitalista otras industrias en manos privadas. De 1945 a 1949 pasaron a ser propiedad estatal el Banco de Inglaterra, la aviación civil, las industrias de telecomunicaciones, el carbón, los ferrocarriles, el transporte de larga distancia por carretera, la electricidad, el gas, el hierro y el acero. En 1946 se impuso la Ley de Seguridad Social y en 1948 los Servicios Sanitarios Nacionales.
LOS PILARES DEL ESTADO DE BIENESTAR ACTUAL
El Estado del Bienestar es el Estado benefactor que ofrece servicios que satisfacen las necesidades sociales de los habitantes de un determinado Estado (pero no de la «Humanidad» en su conjunto). Es el Estado que procura la seguridad social de sus habitantes «desde la cuna hasta la tumba», esto es, que les procura la sanidad, la enseñanza, el subsidio por desempleo, la seguridad de protección en el trabajo, las pensiones y otros servicios públicos que vendrían a ser transcendentes a todos los habitantes del Estado y no solamente a la clase trabajadora. Es decir, se trata de un Estado asistencial con que se garantizan estándares mínimos de ingresos, alimentación, salud, alojamiento y educación para todos los ciudadanos del Estado. Ahora bien, tal Estado no es una beneficencia sino un derecho político pues NO se trata de un «derecho natural». Se trata, en definitiva, de un Estado administrador compatible con la libertad de mercado y con la democracia. Por ello el bienestar de los ciudadanos es responsabilidad del gobierno del Estado.
No obstante, sus principales beneficiarios son los ciudadanos que están en el umbral o por debajo del umbral de la pobreza. Será entonces cuando el Estado asuma directamente responsabilidades sociales, tratando de librar a la población de la miseria, la ignorancia, el desempleo y la enfermedad. El Estado del Bienestar venía a presentarse como la solución a los problemas de la complejísima «cuestión social», y a través del cual se buscaba, en suma, la atención y la redistribución del bienestar general de la población. De lo que se trata es de impedir que los más necesitados se queden en la marginalidad y de corregir las injusticias y los excesos del «libre mercado» y proteger a los más humildes de las incertidumbres de tal mercado. Por eso se presentaba como el protector de los pobres. El Estado del Bienestar venía a ser algo así como un capitalismo «con rostro humano», cuyos objetivos son alcanzar la seguridad económica y social, reducir la desigualdad y erradicar la pobreza.
Los cuatro pilares del Estado del Bienestar son: la sanidad gratuita; la seguridad social (pensiones por jubilación, viudez, orfandad o incapacidad por enfermedad); la educación universal obligatoria y gratuita en primaria y subvencionada en secundaria y niveles superiores; y los servicios sociales como prestaciones y ayudas.
El Estado del Bienestar, mediante recetas keynesianas, viene a sustituir al Estado liberal, es decir, se opone al libre arbitrio del mercado que éste propone; y así se fue creando un nuevo modelo de crecimiento económico y de regulación social: una sociedad de consumo y de integración social, es decir un Estado de consumidores satisfechos. Ello implica la intervención del Estado en la economía y en la sociedad, a fin de que las riquezas se distribuyan para mejorar las condiciones de vida y salud de la población en general, y así neutralizar la desigualdad económica y social. Todo esto sería imposible sin el cobro de impuestos en las políticas fiscales. No se puede disponer de una amplia gama de servicios sociales sin la subida de impuestos, y aquí hay un dilema fundamental.
No hay que entender el Estado del Bienestar como un derecho natural sino como una conquista política e histórica. Tampoco hay que comprenderlo como el fruto de la bondad de los hombres sino de la lucha que éstos han llevado a cabo. De hecho el Estado del Bienestar no se impuso por la obligación de cumplir la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, cuyos artículos están basados en casi su totalidad en preceptos éticos, más bien fueron los derechos humanos los que se inspiraron en el Estado del Bienestar
El Estado del Bienestar surgió tras la combinación de factores como el reformismo socialdemócrata (es decir, el movimiento obrero salido de la II Internacional en la que se le limó su lanza revolucionaria), la democracia cristiana (que incorporaba la doctrina social de la Iglesia), grandes sindicatos industriales y ciertas élites conservadoras pero con cierto interés en la cuestión social. Sobre todo para impedir todo desorden o levantamiento revolucionario, porque eso era lo que fundamentalmente trataba de impedir el Estado del Bienestar, y con ese fin se organizó en toda Europa: una Europa en la que se cernía el fantasma del comunismo. El Estado del Bienestar consensuó a las generaciones de izquierda (fundamentalmente socialdemócrata) y a las de la derecha (la democracia cristiana y el liberalismo). Si para los conservadores el Estado del Bienestar satisface las necesidades humanas, para los liberales progresistas promueve la libertad ciudadana y para los socialdemócratas es sinónimo del avance reformista en el seguro, aunque lento, camino hacia el socialismo..
No hay un único sistema de Estado del Bienestar europeo, pues no es lo mismo el Estado del Bienestar en países nórdicos como Islandia, Noruega, Suecia, Dinamarca; que en países continentales como Francia, Alemania, Holanda, Luxemburgo, Bélgica o Austria; que en países anglosajones como Irlanda y el Reino Unido; o que en países mediterráneos como Grecia, Italia, España y Portugal.
La estructura del Estado del Bienestar, tal y como lo conocemos, se llevó a cabo en la época de mayor prosperidad del capitalismo (que se ha denominado «edad de oro del capitalismo»), la época de mayor éxito de las economías nacionales en el siglo XX (también conocida como la «Era de Keynes»). Los Estados del Estado del Bienestar funcionan con economías mixtas, esto es, con libre mercado e intervención estatal.
Así pues, el Estado del Bienestar se impuso, fundamentalmente, en la Europa de posguerra, no la Europa comunista, sino la Europa que en sus diferentes naciones políticas irían turnándose en sus respectivos Ejecutivos la socialdemocracia y la democracia cristiana y en menor medida los partidos liberales. Pero en España, que a mucha honra is different, sería la derecha socialista del franquismo la que construyó el Estado del Bienestar, por mucho que la construcción de éste la reivindique el PSOE como mérito suyo.
CRÍTICAS DE LA IZQUIERDA (COMUNISTAS Y ANARQUISTAS)
Desde el socialdemocratismo más escorado a la izquierda se pensaba que las reformas sucesivas del Estado del Bienestar, al ampliarse e ir ganando protagonismo, traerían la plenitud al Género Humano, lo que en política internacional significaría la paz perpetua. El Estado del Bienestar acabó con la revolución social tal y como ésta era entendida por anarquistas y comunistas. Con el Estado del Bienestar los partidos comunistas de Occidente vinieron a transformarse, en la práctica, en partidos socialdemócratas, y en su degeneración total en izquierdas indefinidas como las actualmente existentes en toda Europa y en España especialmente
El Estado del Bienestar vendría a ser criticado por comunistas y anarquistas como un Estado que disimula la explotación del sistema capitalista. Es visto, desde tal perspectiva, como un sistema que sólo pone parches o tiritas al malestar de los obreros, y que sacaba a los obreros del marco de la lucha de clases y del conflicto industrial. El Estado del Bienestar apacigua, pues, los conflictos que por diversos motivos se van gestando en el sistema capitalista. Pero ni los anarquistas ni los comunistas de los países capitalistas movieron un dedo por desmantelar el Estado del Bienestar. El estado de bienestar, mal que pese a toda retórica, se ha convertido en una sólida parte integrante del capitalismo moderno y de la moderna vida económica. La seguridad social es objeto al mismo tiempo de amor y de odio, pero el amor es el que triunfa
CRÍTICAS DE LA DERECHA (LOS NEO-LIBERALES)
El Estado de Bienestar trata de reconciliar el beneficio privado y el bien público: mercado y Estado; por eso es un Estado de economía mixta. Se trataba de integrar al movimiento obrero en la vida democrática, esto es, de democratizar al proletariado (de pacificarlo) y desmontar su política subversiva y revolucionaria contra el orden capitalista establecido.
Para los llamados anarcocapitalistas el Estado del Bienestar es «más Estado y menos Bienestar»; pues, según creen, a mayor libertad de mercado, mayor será el bienestar. Creen que con el libre mercado puro, lo que sea que signifique eso, todo lo demás se nos dará por añadidura.
Los neoliberales ven al Estado del Bienestar como una amenaza para la democracia, ya que los partidos políticos (se sitúen a la izquierda o la derecha) hacen todo tipo de promesas en sus campañas electorales con el objetivo de alcanzar el poder, y si prometen lo cumplido (aunque los programas están para incumplirlos) esto podría llevar a la quiebra económica del Estado, pues los servicios sociales son un peso para el Estado, pero los partidos temen perder el poder si toman medidas impopulares de recortes de derechos sociales. Los neoliberales también defienden que el Estado del Bienestar frena o destruye la «iniciativa privada», lo que hace a los ciudadanos «gentes adormecidas» e incluso «parásitos sociales». Los neoliberales llaman al Estado del Bienestar «Estado Paternalista» o «Estado Nodriza», porque con tal Estado los ciudadanos son tratados como niños. De ahí que suelan usar expresiones en tono despectivo como «Papá Estado».
Los neoliberales proponen que la intervención estatal sólo debe garantizar la libre competencia. Si para los comunistas el Estado del Bienestar era insuficiente, para los neoliberales es excesivo. Por eso el neoliberalismo trataba de desmantelar el Estado del Bienestar a través de la privatización de servicios sociales, la liberación de las fuerzas del mercado y la liquidación del intervencionismo sindical en las políticas económicas del gobierno. El neoliberalismo ve en el Estado del Bienestar un peligro para los derechos del individualismo, pues, a su juicio la intervención del Estado imposibilita a la persona cumplir sus propios valores a su manera. Para los neoliberales el Estado del Bienestar es moralmente insolvente.
CRISIS DEL ESTADO DEL BIENESTAR
La idea de proteger al ciudadano desde la cuna hasta la tumba está en apuros. Una de las causas es la crisis presupuestaria de los Estados, con una población envejecida sostenida por menos trabajadores en peores condiciones. A finales de agosto de 2022 el presidente francés Emmanuel Macron abrió el Consejo de Ministros con una advertencia sobre lo que puede depararnos el futuro: “Creo que asistimos a una gran convulsión, un cambio radical. En el fondo, lo que estamos viviendo es el fin de la abundancia, de la liquidez sin coste”.
Apenas superada la Gran Recesión de 2008, Europa está sufriendo una crisis de identidad motivada por distintos factores: el Brexit (oficializado en 2020), la pandemia del covid-19 (2020) y la subida de los costes energéticos provocados por la guerra entre Ucrania y Rusia (2022).
El cambio climático, combinado con la inestabilidad política, está provocando sequías, hambrunas y conflictos en las regiones más pobres del planeta, acelerando los desplazamientos demográficos hacia Europa (y, por extensión, aumentando en la región las tensiones con la población inmigrante).
Además, dada la escasez cíclica de energía y materias primas, Europa está transitando rápidamente hacia una economía descarbonizada y apostando por energías renovables (en detrimento de los combustibles fósiles). Por otra parte, las democracias se están debilitando ante movimientos populistas a derecha e izquierda, que apuestan por el nacionalismo, el proteccionismo, la polarización política y la crítica hacia la globalización.
En el caso concreto europeo, el debilitamiento de las instituciones viene caracterizado por un fortísimo endeudamiento (público y privado) que hipoteca el futuro de las generaciones más jóvenes y que está poniendo en peligro el Estado de bienestar.
Cabe preguntarse entonces, hasta qué punto son sostenibles las pensiones, el cuidado de las personas mayores, la educación gratuita (o parcialmente subvencionada) en todos los niveles de enseñanza, el acceso a la atención básica médica, los subsidios de desempleo y las prestaciones sociales para paliar los efectos de una pobreza extrema. Estamos inmersos en una época en la que el avance tecnológico está generando una de las mayores revoluciones de la humanidad. Un mundo de oportunidades y desafíos, pero también de preocupación e inseguridad económica en los mercados laborales.
Así, se hace necesario un nuevo contrato social (derechos y obligaciones de la ciudadanía) que preserve el Estado de bienestar y apoye su modelo democrático de economías y sociedades abiertas y deban generarse más ingresos y mejoras en la eficiencia del gasto público. La clave es la inversión en educación, que permita mantener los incentivos para la innovación.
En este contexto, se avanza hacia una sociedad con cada vez más rotación laboral y asimismo el crecimiento de la esperanza de vida está abriendo otro debate, centrado en la viabilidad de los sistemas de pensiones a condición de que aumente la edad de jubilación.
Lo cierto es que el punto de inflexión actual tiene muchos paralelismos con lo ocurrido hace casi tres siglos. La Revolución Industrial (1750) se inició con las lúgubres predicciones malthusianas, continuó con un violento movimiento social (el ludismo opuesto al uso de maquinaria) y finalizó con la publicación del Manifiesto Comunista (1848). Dicho periodo se caracterizó por pésimas condiciones laborales, pobreza, elevada exclusión social y una significativa riqueza empresarial concentrada en pocas manos. Al mismo tiempo, se produjo una importante brecha entre productividad (aumento exponencial) y salarios (estancamiento). Lo que vino después es de sobra conocido. Gracias al conocimiento científico y a la consolidación de las instituciones, la humanidad ha experimentado en el último cuarto de milenio un crecimiento económico sostenido. Esto ha permitido a una parte considerable de la humanidad escapar de la pobreza, gozando de una riqueza y niveles de vida muy superiores a las de cualquier otra época de la historia.







