EL EUROPEÍSMO (Y ESPAÑA) DAN MIEDO

¿Aplausos, a cuenta de qué?

Ver a los ministros del PSOE y de UP recibir en pie a Pedro Sánchez enternece. El Presidente del Gobierno, cual nuevo Duque de Alba, retorna vencedor de las huestes calvinistas holandesas. Una vez más, la UE nos salva, nos concede créditos y ayudas para salir de una crisis tan dura como la de la covid-19. La unanimidad de la clase política es impresionante. Los medios de comunicación lo acompañan y apenas hay voces críticas en una sociedad civil agarrotada ante un futuro lleno de incertezas.

No hace falta ser demasiado lúcido para entender que el europeísmo es la ideología políticamente dominante y que rechazar la UE es condenarse al ostracismo, quedar en los márgenes de la esfera pública.

Lo que se tira por la ventana acaba entrando por la puerta

La Unión Europea es el gran consenso que queda en nuestro país. Nunca fue un proyecto que pretendiera transformar en un sentido democrático e igualitario a España y a Europa. Fue otra cosa: fugarse de España, poner fin a una historia de golpes de Estado, de guerras civiles, de dominio de una oligarquía sin proyecto de país y del control autoritario de las clases subalternas. En definitiva, unas estructuras de poder que hicieron imposible cualquier forma seria de reformismo económico y social. Nuestras élites vieron en la construcción europea un medio para poner fin a España como problema histórico-social. Sin embargo, a partir de la crisis de 2008, la solución, la Unión Europea, se convertía también en problema. Hay en definitiva un problema básico: España no está en condiciones de gobernarse democráticamente a sí misma. Esto sí que es vieja historia.

El discurso europeísta fue cambiando. El acento ahora se pone en que la Unión Europea es la única garantía para preservar nuestras maltrechas libertades públicas, nuestro recortado Estado social, nuestros limitadísimos derechos laborales y sindicales. Más que nunca el europeísmo da miedo, ante una España que parece retornar con su peor cara.

¿Pero el acuerdo ha sido “histórico” y “solidario”

Si hablamos en serio de política, habría que hacerse una pregunta: ¿las medidas que acaba de tomar el Consejo europeo son suficientes para resolver la crisis existencial que vive la UE?. Gran Bretaña se ha ido –por cierto, sin acuerdo todavía con la UE– y la crisis del coronavirus acelera una situación económica que daba señales negativas 10 años después de la crisis del 2008. Lo histórico no es el acuerdo, es la acumulación de crisis que están rompiendo las costuras de una Unión Europea. Pensar que con estas medidas la UE toma impulso y reconstruye su futuro es, una vez más, convertir los deseos en realidades.

El parto de los Montes

El acuerdo del Consejo Europeo ha sido el parto de los Montes. Las magnitudes acordadas son aparentemente impresionantes pero, cuando se examina lo que le llega a España y se pone en relación a las necesidades generadas por la crisis pospandémica, se advierte su insuficiencia. Recordemos que las previsiones de caída del PIB para el 2020 no bajan del 10% (las más optimistas) y el desempleo probablemente llegue al 20% al final de año y algunas empresas industriales empiezan a anunciar la transformación de ERTEs en EREs, sin olvidar la ruina en la que quedan numerosos pequeños negocios y los sectores ligados a hostelería y turismo.

Recordemos que el PIB se desagrega en consumo de los hogares, inversión de las empresas, gasto público y exportaciones menos importaciones. Pues bien, en 2020, se han hundido la inversión, el consumo y las exportaciones: solo unas políticas fiscales discrecionales pueden detener el colapso de nuestro PIB. Sería razonable un aumento del gasto público no inferior a 100 mil millones de euros aprovechando la oferta que ha presentado el Banco Central Europeo de comprar hasta 1,5 billones € en deuda pública.

Concluidos los siete primeros meses del año, desconocemos si el Congreso levantará los límites de deuda y déficit que contempla el artículo 135 de la Constitución para situaciones de emergencia. ¿En qué piensa, si es que piensa algo, el Gobierno tan vitoreado?

El relato oficial del Gobierno: “vender la moto”

La atronadora campaña propagandística oficial exagera la verdadera dimensión de las ayudas no reintegrables, 312.500 millones de euros. Se dice que a España llegarán 71.280 millones, pero distribuidos en tres años; eso supone, en promedio, unos 25.000 millones los dos primeros y 21.300 millones en el tercero. Es decir, con suerte en 2021 llegarán subvenciones que representan el 2,1% del PIB español. Si restamos nuestras aportaciones al presupuesto comunitario, que se incrementan por el Brexit; los rebates o bonificaciones que han conseguido Austria, Alemania, Dinamarca, Países Bajos y Suecia; los nuevos impuestos que quiere crear la Comisión Europea y que deberemos transferir a Bruselas; las subvenciones se van a quedar, según algunas estimaciones, en 43 mil millones €, en tres años, es decir, algo menos del 1,3% de nuestro PIB en 2021. Recordemos que sólo los ERTE han costado hasta junio 42.000 millones de euros.

No actuar ahora y esperar a que lleguen los fondos europeos es irresponsable. El colapso del gasto del sector privado ha abierto una brecha en la demanda agregada que, si no rellena el Estado ya con mayor gasto, nos colocará en una senda de crecimiento ínfimo (si es que hay algo de crecimiento). Conviene no olvidar que en economía existe un fenómeno llamado ‘histéresis’: el empleo se destruye rápidamente y tarda años en recuperarse, una empresa se puede llevar a concurso de acreedores muy rápidamente pero crear otra nueva requiere de un gran esfuerzo de planificación e inversión. Proteger la estructura productiva existente es más eficaz que tratar de crear otra nueva.

Una condicionalidad peor que la de los hombres de negro

Con alivio se nos ha informado de que en esta ocasión el rescate viene sin hombres de negro. No hace falta, el acuerdo del Consejo dice que “en el caso excepcional de que uno o más Estados miembros consideren que existen desviaciones graves del cumplimiento satisfactorio de las metas y los objetivos pertinentes, podrán solicitar al presidente del Consejo Europeo que remita la cuestión al próximo Consejo Europeo”. Nos vigilarán como esos que desde los balcones (“la policía de los balcones”) insultaban a quienes salían durante la pandemia sin que según ellos, estuviese justificado.

Imaginemos que un Estado centroeuropeo confiara su estrategia de desarrollo a su especialización en un determinado sector industrial, y que el Estado español tuviera similares pretensiones. Estamos seguros de que existe la tentación de vigilar con especial celo los proyectos que presentemos al Consejo y denunciar cualquiera que pretenda acceder a subvenciones de los fondos de Next Generation EU por apartarse de unos objetivos y metas que, por otra parte, no están claramente definidos. En definitiva, ahora tendremos a los gobiernos de 26 estados opinando, censurando, protestando cada una de las estrategias de desarrollo que propongamos. ¿Quién nos garantiza que no caeremos víctimas de competencia desleal?

Según el documento del Consejo los “Estados miembros elaborarán planes nacionales de recuperación y resiliencia que expongan el programa de reformas e inversiones (…) [que] se revisarán y adaptarán según proceda en 2022 para tener en cuenta la asignación definitiva de fondos correspondiente a 2023”. La condicionalidad sigue existiendo y no hay la menor duda de que la suspensión de las reglas de decoro fiscal es temporal y que en 2021, o 2022 a más tardar, se exigirá el cumplimiento de los objetivos de déficit y deuda pública.

Como en el futbol: “11 contra once y siempre gana Alemania”!

España, Francia e Italia son los países de la UE que han perdido más tejido industrial. El centro de gravedad industrial europeo se ha traslado hacia el Este, Alemania y los países de su órbita —República Checa, Austria, Polonia o Hungría. Está en juego un proceso irreversible de desindustrialización de la periferia meridional europea.

Alemania ha jugado siempre con ventaja, desindustrializando al Sur y acumulando recurrentes superávits en su balanza comercial.

Alemania sabe ceder cuando llega la ocasión, y ya ha invertido directamente más del 13% de su PIB, compárese con el escueto 3,7% del PIB que el Gobierno español ha movilizado mediante políticas fiscales discrecionales. Cuando nosotros nos alegramos de que, al final, la ayuda en subvenciones ha alcanzado 390 mil millones de euros, Alemania ya ha invertido dos paquetes que alcanzan la cifra de 370 mil millones, movilizando el 60% de su PIB.

Ahora nuestros socios tendrán la oportunidad de evaluar y censurar nuestra política industrial, nuestros proyectos de desarrollo económico, nuestros planes de recuperación. Parece que ni siquiera podremos legislar sobre nuestro marco de relaciones industriales. La pregunta que debemos hacernos es que para qué queremos un parlamento bicameral que se limita a transponer directivas y al que ya no le queda siquiera una de las prerrogativas más antiguas de los parlamentos desde que se constituyeron las Cortes de León: la capacidad de aprobar impuestos y decidir cuál es el nivel adecuado de gasto público.

Fuente: redmmt.es

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