El PIB que no nos pertenece: la trampa demográfica del crecimiento español

Que no haya dudas: el problema aquí no es la inmigración, es el tipo de empleo que se está creando»

 

El primer trimestre de 2026 cerró con un crecimiento del PIB del 2,7 %, una cifra que el Gobierno presentó, como siempre, como prueba del dinamismo de la economía española. Lo que no apareció en el comunicado fue la otra cifra: la productividad por puesto de trabajo cayó un 0,1 %. España crece porque hay más gente trabajando, no porque cada trabajador produzca más. La distinción no es técnica; es el núcleo del problema.

Según los datos publicados por CaixaBank Research en febrero de 2026, la inmigración explica el 47% del crecimiento del PIB español desde 2022. Casi uno de cada dos puntos de crecimiento proviene, en términos netos, de la llegada masiva de trabajadores extranjeros. El contraste con el empleo nativo es revelador: mientras el empleo entre trabajadores españoles creció un 5,3% desde 2019, el de los extranjeros aumentó un 51,4%. Los 1,8 millones de nuevos puestos de trabajo netos creados en ese periodo son, prácticamente en su totalidad, puestos ocupados por llegados de fuera. La población extranjera en España alcanzó a principios de 2025 los 9,38 millones de personas, el 18% del total.

Que no haya dudas: el problema, aquí, no es la inmigración. El problema es el tipo de empleo que se está creando.

El 72% de los trabajadores del servicio doméstico son inmigrantes. En hostelería, la proporción alcanza el 45%. Construcción y transporte completan el cuadro. Son sectores de bajo valor añadido, escasa transferencia tecnológica y limitada acumulación de capital humano. El resultado es una caída de la productividad agregada de 0,8 puntos porcentuales imputable directamente a esta concentración sectorial. No porque los trabajadores sean menos capaces individualmente, sino porque el tejido productivo en el que se integran no genera las externalidades que impulsan el crecimiento a largo plazo.

España ha encontrado una fórmula para crecer sin transformarse. El PIB sube porque el denominador crece: más trabajadores, más horas, más gasto en consumo básico. Pero el PIB por habitante apenas se mueve y la competitividad estructural, medida en patentes, exportaciones de alto contenido tecnológico o formación de capital productivo, no registra avances comparables. Crecer en PIB sin crecer en bienestar por habitante ni en productividad no es una señal de éxito económico; es una forma de aplazar el diagnóstico.

El modelo tiene una válvula. Mientras los flujos migratorios continúen, el PIB seguirá creciendo y la tasa de paro podrá mantenerse en niveles políticamente manejables. Pero las válvulas se cierran por presión política interna, por agotamiento de las economías de origen o por un endurecimiento de las condiciones en la frontera exterior europea, que llegará en algún momento. Cuando eso ocurra, quedará una economía que eligió el crecimiento extensivo frente al intensivo; que apostó por añadir trabajadores en lugar de mejorar la productividad de los existentes; que prefirió las cifras trimestrales del INE al largo plazo de la competitividad.

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