YA NO SE PUEDE HABLAR CON GENTES DE IZQUIERDA

La respuesta a esta pregunta podría resultar bien sencilla: por igual motivo que no se puede hablar con chinos. Porque no se entiende su lengua ni ellos la mía.

 

Pero ¿cómo que se no comparte idioma con los izquierdosos? ¿Acaso no hablan español casi todos los que te rodean

 

Convendrá señalar que, al referirnos a un lenguaje común entre la izquierda y los no de izquierda, no se alude tanto a un idioma, con su gramática y fonética. Sí, es verdad, unos y otros pueden compartir, en ese sentido, la lengua española, pero el truco está en que aquí hablamos de «compartir lenguaje» en un sentido distinto al de «compartir lengua».

 

Ya el filósofo Ludwig Wittgenstein se refería a este asunto con un ejemplo:.

Imaginemos que nos encontrásemos delante de un león y supongamos que, de repente, ese león soltara alguna frase en nuestro idioma. Pongamos que el león te mira y te dice: «Pues parece que se ha quedado una buena tarde, ¿no le parece.

 

 

Para Wittgenstein la pregunta clave aquí es si acaso el león y yo estamos manteniendo una conversación real. Yo sé lo que significa disfrutar de una buena tarde cuando eres humano, pero ¿qué es para un león «pasar una buena tarde»?

 

Si recapacitamos he de concluir que en realidad no tengo ni idea de por qué el león me ha dicho lo que me ha dicho. Aunque he comprendido el español que hablaba, en realidad no he entendido ni qué quiere, ni a cuento de qué viene lo que me dice, ni qué siente de veras mientras lo pronuncia. Concluía Wittgenstein  que ignoramos qué se siente siendo un león y podríamos compartir lengua con un león (si se dirigiera a nosotros en español), pero eso no implicaría que compartiésemos lenguaje (pues no lo entenderíamos), lo mismo ocurre con la izquierda. Cabe que compartamos la misma lengua, puede que nos una el mismo idioma; pero hace tiempo que su lenguaje resulta incomprensible por tres motivos: porque no se dirige hacia nosotros, porque no se dirige hacia la verdad y porque no se dirige hacia lo real.

 

  1. La izquierda no se dirige a nosotros

Este punto es sencillo de constatar. Llevamos ya lustros con una izquierda que ha decidido que no quiere dialogar con los que no pensamos como ellos , es decir, que no quiere dialogar, a secas; pues cuando hablas solo con los que ya piensan como tú, lo tuyo no es diálogo, sino un monologo autista.

 

Los ejemplos pululan por doquier. Desde la cultura de la cancelación, que «cancela» (es decir, borra, anula) al discrepante del wokismo, a esos grititos de «¡facha, machista, racista!» con que tanto izquierdista te avasalla al poco de empezar una conversación.

 

Ya tampoco se habla en la Universidad. ¿Cuántos debates entre intelectuales de izquierda e intelectuales fachas han contemplado nuestras instituciones universitarias en la última década?. Lo que sí nos trajo de nuevo 2025, y parece que 2026 también, es la violencia contra el discrepante en las universidades.

 

Volvamos al caso del león de Wittgenstein.  ¿Cómo podríamos compartir lenguaje con un león si este nos «cancelara»? ¿Cómo debatir con un león si esta nos excluyera de los foros que controla, como el universitario, por mucho que el león afirme que ese es el mejor foro para debatir?

 

  1. La izquierda no se dirige a la verdad

Este punto resulta aún más sencillo de explicar. Al fin y al cabo, mentirosos ha habido siempre, y eso no ha impedido a la gente ponerse a hablar. Lo que tenemos ahora, sin embargo, es distinto. No solo es que se haya construido toda una maquinaria de mentiras que estas son recibidas, raudas, por una izquierda social y mediática que las difunde o, como mínimo, las acata. No toda la izquierda está creando mentiras todo el día pero sí han desarrollado una absoluta indolencia ante ellas. No les avergüenzan. No les inmutan.

 

Resulta imprescindible si te quieres poner a hablar con alguien: que distinga entre verdad y mentira, que no vea las palabras como meras cadenas de sonidos y que sepa que hay algo detrás de ellas y queremos que eso que las respalda sea… verdad.

 

La situación, de nuevo, nos recuerda a la del león wittgensteiniano: como no se sabe si le importa decir verdades o solo repite frases aleatorias, en realidad no puedo mantener conversación real alguna con él aunque puedo parlotear como los loros, periquitos y cotorras parlotean. Pero nadie espera que su periquito le entienda cuando le explicas que está recitando datos económicos tramposos. Por eso,  no debe perderse el tiempo en explicar la diferencia entre el aumento del PIB y el (no) aumento del PIB per cápita.

 

  1. La izquierda no se dirige a lo real

Este es el más trágico de los tres puntos, pero esta vez no va del lenguaje que emplea con nosotros, sino del que usa ella solita para nombrar lo real. ¿A qué se refiere la izquierda cuando habla de la defensa de los obreros, por ejemplo? ¿A esos trabajadores que ahora compiten con mano de obra mucho más barata, importada desde fuera? ¿A esos servicios sociales (sanidad y prestaciones sociales) cada vez más saturados, a esas infraestructuras cada vez más colapsadas y cada vez peor mantenidas?. Hemos de concluir, por tanto, que cuando la izquierda sigue hablando de «defender a la clase obrera», no tenemos ni idea de a qué se refiere. Y lo malo es que ni ella misma lo sabe tampoco.

 

¿De qué habla la izquierda cuando habla de progreso? Desde luego, no del estancamiento económico en que llevamos los españoles todo este primer cuarto del siglo XXI, tres quintos del cual nos ha gobernado ella. Tampoco parece que el bienestar subjetivo haya progresado: antidepresivos, tratamientos psicológicos y suicidios —sobre todo entre jóvenes y adolescentes— alcanzan cotas cada vez más elevadas. ¿El nivel de los sueldos, el precio de los alquileres, el de la cesta de la compra, han progresado? De nuevo, aunque nos martillee con esa palabra, está claro que ni ella sabe lo que quiere decir. Funcionan más como marcadores de quién es buen izquierdista (el que las pronuncia, aunque no tenga claro su significado) que como nombres de lo real.

 

Volvamos, pues, al león de Wittgenstein. Aunque no le entendiéramos mientras hablaba de las tardes agradables, al menos podríamos sospechar que él sí sabía de qué hablaba. Por comparación, la izquierda actual se halla en una situación mucho más dramática: sus hablantes no saben muy bien de qué hablan cuando usan su vocabulario oficial, es como si las palabras se les deshicieran en la boca, cual setas podridas, antes de poderlas siquiera pronunciar.

 

Y por eso, porque no tiene sentido compartir setas podridas, es por lo que no puede hablarse con gentes así.

Fuente:Por qué ya no puedo hablarme con gentes de izquierda, por Miguel Ángel Quintana Paz

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