El populismo define la última versión del presidente del Gobierno, necesitado de un antagonismo—Feijóo, los facinerosos—, pero ya desprovisto de tiempo y de credibilidad
La flexibilidad ideológica de Pedro Sánchez explica la naturalidad con que se ha convertido en un populista descarado. Pedro se ha propuesto guiar al pueblo, en efecto, pero no está claro que el pueblo siga a Sánchez. Más bien proliferan los síntomas de lo contrario. La escasa audiencia de la entrevista en La 1 en ‘prime time’ (5,9%) es un buen ejemplo. También lo reflejan todas las encuestas con excepción de las que amaña Tezanos. Y lo acredita de forma elocuente la inercia del ciclo electoral autonómico —Madrid, Castilla y León, Andalucía—, más allá del contratiempo envenenado que alojan los comicios locales de primavera.
La estrategia de reanimación monclovense consiste en el populismo. Y en suplantar al mayor de los exégetas, Pablo Iglesias. Se explica así la adopción de todos los clichés propagandísticos y la ordinariez de la demagogia. Sánchez se identifica con ‘el pueblo’. Y se propone hablar en su nombre, defenderlo, convertirse en el curandero de sus angustias.
El planteamiento requiere la corpulencia del enemigo superlativo. Y el enemigo ya no es la ultraderecha de Vox, sino los ‘poderes oscuros’, la banca, las compañías energéticas, los salones de azufre mediáticos, los siniestros supermercados. Y más todavía la marioneta que representa la abstracción del mal: Alberto Núñez Feijóo.
Por esas razones necesita Sánchez demonizarlo. Y enfatizar una campaña de abuso político y manipulación institucional que aspira a desenmascarar al antagonista gallego. Feijóo sería el apóstol del capitalismo despiadado, el apocalíptico jinete del ultraliberalismo. No le va a resultarle sencillo convencer a los ciudadanos, entre otras razones, porque la convivencia de cuatro años nos ha familiarizado con sus imposturas y disfraces. La gran ventaja de Sánchez ha sido la amnesia colectiva, pero su gran problema es la falta de credibilidad, precisamente por la volubilidad y provisionalidad de sus principios.
Cuesta trabajo creerse el transformismo de Sánchez como ‘defensor del pueblo’. Y como valedor de la «clase media trabajadora», en contraste con una clase media no trabajadora adscrita al demonio de Feijóo.
Estamos escarmentados de los mesías y de los líderes providenciales, y no es sencillo trasladar a la realidad las recetas milagreras ni los remedios de crecepelos. El esfuerzo de recuperar el crédito político y la pujanza electoral no puede consistir en identificar con ridícula vehemencia al monstruoso enemigo que se avecina, sino en la elocuencia de las soluciones, en la prosperidad de los bolsillos y en la sensibilidad con que puedan inculcarse o amortiguarse los esfuerzos de una situación extrema.
Sánchez se observa a sí mismo como un titán que reacciona a las contingencias imponderables. Contra él han conspirado la pandemia, la guerra y la crisis energética. Y contra él pretende alzarse ahora una siniestra alianza de facinerosos a la que pone rostro el ‘monigote’ de Feijóo. Es el contexto en el que adquiere ‘sentido’ la misión redentora de Sánchez. Y el motivo por el que se cualifica a sí mismo como ajeno a todos los problemas y portador de todas las soluciones. Pero el lienzo de ‘Pedro Sánchez guiando al pueblo’ se caracteriza por que el gran timonel comparece en solitario, al frente de nadie. A Sánchez no le falta ambición, ni instinto. Lo que no tiene es tiempo para que nos esconda los costurones de su último disfraz.
La consigna dada desde Moncloa es minar la imagen de Feijóo sea como sea. «Zafarrancho de combate«, dijo Pedro Sánchez y sus obedientes ministros recurrieron a los más vulgares insultos. La escalada de animadversión pretende frenar la subida del PP en las encuestas y el equipo atacante, sin imaginación, ha fracasado en agudeza utilizando insultos del tipo vago; holgazán; ignorante; extremista; sectario; egoísta y populista.
Esa estrategia a la desesperada fracasará en un país que padece las consecuencias de la nefasta gestión de un Gobierno fracasado en todos los índices que miden el bienestar de una sociedad: la tasa de desempleo es la peor de Europa, el esfuerzo fiscal no ha dejado de subir con múltiples excusas, el poder adquisitivo se ha reducido cerca de un 11 % y ninguna otra economía europea se ha desplomado tanto ni está tardando tanto en recuperar sus niveles habituales.
A título de resumen incompleto y no exhaustivo:
Pilar Alegría, ministra de Educación y portavoz del PSOE, dijo que “Feijóo es el primo de Rajoy, pero vago en conocimientos”
Carolina Darias, ministra de sanidad, le ha acusado de mantener una actitud «irresponsable», «generar broncas» o «fomentar la mentira».
Diana Morant, ministra de Ciencia e Información, lo llamó mentiroso, y le ha comparado con Donald Trump.
Isabel Rodríguez, portavoz del Gobierno, acusó al líder del PP de demostrar insolvencia, inmadurez, cinismo y poco sentido de Estado. «Feijóo ha ratificado que este PP ya no es un partido de Estado sino que está en absoluta rebeldía».
Miquel Iceta, ministro de cultura elevó el tono en una de las declaraciones más descalificadoras: Feijoo actúa como un ignorante, un sectario y un incompetente.
Al ministro de Presidencia, Félix Bolaños, le tocó decir que «no tiene ni una sola idea» para España, que «no es de fiar» o que ejerce una «oposición obstruccionista del ‘no’ a todo, destructiva, insolidaria e irresponsable».
María Jesús Montero, vicepresidenta tercera y ministra de Hacienda, Feijoo no está dando la talla como líder nacional.
A Teresa Ribera, titular para la Transición Ecológica, le ha tocado decir: Me cuesta ver dónde está la moderación de Feijoo cuando la voz cantante aparentemente la lleva Ayuso.
Para la ministra de Justicia, Pilar Llop, es malo para España no tener un líder consolidado en el PP
La ministra de Transportes, Raquel Sánchez, había reclamado a los populares dejar el sectarismo y el egoísmo en el que está.
También ha intervenido el presidente del PSOE andaluz, Manuel Pezzi, que lo llamó tontopollas porque Feijóo comparó la puesta de sol de Granada con la de Finisterre. Más tarde llamó a todo el PP farfolla de descerebrados
Santos Cerdán, Secretario de Organización, acusó al gallego de agitador
El diputado del PSC José Zaragoza ha llamado a Feijóo «veleta, cataviento y giraldillo».
SIN COMENTARIOS (NI INSULTOS)
Winston Churchill (1874-1965): “Los españoles son gente orgullosa que no pasa por alto un insulto”
NOTA AL MARGEN: Hay quien se he planteado qué habría pasado si cuando llegó la pandemia, Sánchez, en un ataque de real politik hubiese intentado un gobierno de unidad ante la gravedad de la situación. Qué difícil habría tenido el PP negarse y qué de réditos políticos para él que pasaría a monopolizar cada éxito y a sindicar cada uno de los fracasos. Pero su sectarismo, su odio, no le dejan ver.




