Los españoles estamos distraídos por el comienzo del verano pero esa despreocupación estival no debería tapar los enormes problemas de fondo. El país tiene sus cuentas públicas destrozadas por cuatro años de irresponsabilidad manirrota y gasto peronista. Además, el pico de inflación (“el impuesto de los pobres”) machaca las economías familiares. Este desafío, complicadísimo, nos pilla con un Ejecutivo incompetente, que todo lo arregla comprometiendo más gasto público y empantanando así el futuro de España, que a este ritmo va de cabeza a la quiebra.
Atrapado en la burbuja narcisista de la superioridad moral, el presidente Sánchez, acaba de verbalizar una muy sincera perplejidad ante el hecho, tan desconcertante para él, de que el electorado, lejos de premiar al Gobierno por la gestión, le muestre su repudio en las urnas cada vez que se adelanta algún comicio regional. Tan sideral resulta ser la distancia entre la autopercepción del presidente Sánchez y la que de él vienen manifestando las urnas, tanto, que el presidente no parece capaz de encontrar otra explicación a ese divorcio que la que remite a las teorías de la conspiración y Sánchez morirá matando. El año y medio que resta hasta las generales será tremendo.
Es cierto que cuesta creer que Sánchez pueda empeorar, porque ha perpetrado abusos inimaginables. Sánchez ha instaurado la mentira como una práctica homologable. Llegó al poder sin haber ganado las elecciones y gracias a una celada con los golpistas catalanes. Tras prometer regeneración democrática, sus primeras medidas fueron entregar el CIS a un “destructor” de la Ejecutiva del PSOE y controlar la Fiscalía con una ministra socialista. Luego nos aplicó un estado de alarma inconstitucional, que le ha valido dos condenas del TC, concedió unos indultos arbitrarios, contrarios al dictado del Supremo y al sentir de la mayoría de los españoles, e intentó embridar a los jueces, pero afortunadamente Bruselas lo detuvo
Son asuntos muy graves. Pero habrá más, y peores, a medida que la fiera herida vea que se acerca la lucha final de las generales. Siguiendo al pie de la letra su ‘Manual de Resistencia’, Pedro Sánchez acaba de consumar esta semana el asalto a Indra, la empresa encargada, entre otros asuntos “delicados”, del recuento de los votos electorales. Sembrar dudas sobre la influencia en un recuento de una Indra dependiente de Moncloa es arriesgado, sí, pero Moncloa ya controla esa empresa, y que ayer Indra llegara a hundirse en Bolsa un 20% tras el asalto del Gobierno a sus consejo es pecata minuta para Pedro Sánchez.
Esta misma semana, el presidente del Ejecutivo reforzaba su control sobre el CIS, que pese a la ingente dedicación de José Félix Tezanos para destruirlo, aún sigue siendo el principal instrumento para conocer por anticipado la opinión pública de los españoles y, sobre todo, de los potenciales electores. Vía Real Decreto en el BOE, Moncloa acaba de autorizar a contratar cuatro “personas de confianza” para “asesoramiento especial” y realizar “análisis de datos sensibles que sirvan para el asesoramiento de la Administración y Gobierno”. No disimulan nada.
Para completar el control de organismos que se encargan de configurar la opinión pública y la realidad que vive España, el Gobierno de Pedro Sánchez asalta también el INE. Sus informes en los que medían la evolución de los precios de la electricidad o el cálculo del PIB no coincidían con los deseos de Sánchez ni de Nadia Calviño.
Y el viernes pasado el Gobierno filtraba otro asalto: una reforma legislativa para poder cambiar la mayoría en el Tribunal Constitucional, algo que (mientras no se renueve el CGPJ) es imposible. Pero Sánchez no se amilana: se cambia la ley y lo que hoy es inconstitucional, mañana será legal y en el TC habrá mayoría socialista.
Sánchez no se va. Está claro. Sánchez se atrinchera para poder agotar la legislatura. En su mente, resuenan las palabras del taxista de su “manual de Resistencia”: “No haga caso. Siga, siga usted como hasta ahora, que va bien, que estamos todos muy contento, aguante usted…” Eso sí, cuando salga de Moncloa, Atila se habrá quedado corto.
Vienen curvas cerradas, que pueden llevar nuestra democracia a la cuneta



