‘QUO VADIS?’ LOS SINDICATOS EN LA EUROPA DE 2021

Los sindicatos tienen ante sí un reto colosal

Modernizar sus estructuras para que la historia no les pase por encima.

Al contrario de lo que suele creerse lo que hoy se llama el Movimiento Obrero no cristalizó en torno a los “nuevos proletarios de las factorías”, sino que los trabajadores pobres más conscientes fueron los maestros, los artesanos independientes, los trabajadores a domicilio en pequeña escala y algunos otros que trabajaban y vivían como antes de la Revolución Industrial.

 

De hecho, los primeros sindicatos (‘trade unions’) los formaron impresores, sombrereros, sastres… Oficios destinados a satisfacer las demandas de las nuevas burguesías. Probablemente, porque el nuevo proletariado fabril estaba en mejores condiciones materiales, pese a sus penurias, que los artesanos preindustriales, que para mayor escarnio vivían en las grandes urbes de la época en condiciones infrahumanas.

 

Este escenario social y político tiene, en principio, poco que ver con la situación actual, pero no hay duda de que ahora también ha aflorado, con todas las distancias que se quieran, un nuevo ecosistema en el que la pobreza laboral, hoy concentrada en la micropymes, no se localiza en el empleo industrial, con salarios más altos y mayor estabilidad en el puesto de trabajo, sino en las grandes ciudades y en todo aquello que tenga que ver con una economía de servicios de bajo valor añadido: repartidores, dependientes, comerciales, transportistas, teleoperadores, autónomos o, simplemente, pequeños empresarios. O, incluso, profesiones liberales que hoy han sido proletarizados ante el empuje de la globalización, ante la explosión de la externalización de actividades para ahorrar costes.

 

Es verdad que ahora existen sindicatos libres que hoy luchan por sobrevivir en un contexto completamente diferente respecto de lo que ha sido su tradición histórica. Como ha mostrado un estudio publicado por la Fundación 1º de Mayo, Un futuro sombrío: estudio de la afiliación sindical en Europa desde 2000, en 24 de los 32 países europeos estudiados se produjo un descenso de la afiliación entre 2010 y 2017, siendo el promedio de la caída del 13,9%. No sin razón, el estudio se titula: ‘Un futuro sombrío’.

 

Los altos niveles de afiliación (fundamentalmente en los países del norte) no significan, sin embargo, mayor movilización, sino que los trabajadores se benefician de determinadas prestaciones sociales (sindicalismo de afiliados) transferidas por el Estado a los sindicatos, al contrario que en España (sindicalismo de votantes) donde los sindicatos participan en elecciones para elegir a los comités de empresa.

 

El proceso se ha acelerado con el estallido de lo que se ha venido en denominar economía de las plataformas y de los algoritmos, que han acelerado la rotura del vínculo tradicional entre empresa y trabajador, en particular entre los más jóvenes. La edad media de los afiliados sindicales se sitúa en España cerca de los 48 años, por encima de los 43,5 años en el conjunto de la población.

 

El sindicalismo de clase tradicional —en ocasiones, con un fuerte contenido ideológico que lo ha alejado de ciertos sectores— se ha intentado proteger en los últimos años a través de los comités de empresas transnacionales, pero la realidad es que solo en las grandes empresas los trabajadores están protegidos, mientras que en las pymes, que son más del 80% del tejido productivo (más de un 90% en España), la capacidad de presión de los sindicatos ha menguado. Los sindicatos europeos son muy conscientes de su pérdida de afiliación e influencia a consecuencia del auge de la nueva economía que ha acelerado la precariedad y su existencia se nota fundamentalmente en el empleo público (educación y sanidad).

 

Cuando en España se habla de una segunda Transición, pocas veces se incluye a los sindicatos, solo se menciona la necesaria reforma de los partidos políticos. Sin embargo, también los sindicatos necesitan una profunda reforma, porque en todos estos años “se han domesticado”, como decía Marcelino Camacho. Se han convertido en una parte más del poder establecido, bien financiada por esa inercia de ‘acuerdos de concertación’ que les ha permitido, al igual que a la patronal, una financiación privilegiada para sostener sus estructuras y sus clientelas. Tanta ha sido la identidad con el poder, a espaldas de los trabajadores, que se han calcado hasta algunos casos de corrupción, como se ha visto en tantos casos judiciales repartidos por toda España, especialmente en Andalucía, con los cursos de formación.

 

Querer detener el viento con la mano siempre es complicado.

Sobre todo, cuando el viento sopla fuerte.

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