La prioridad nacional es algo sobre lo que nadie hablaba, ahora sea el tema de la semana, del mes, del año. No hay más que ver lo nerviosos que se han puesto todos en buena parte, porque saben que no electoralmente esto va a ser un filón.
Esto del estado del bienestar no huele muy bien pero si uno se lo cree, lo único extraño es que el debate no haya llegado antes. Como, además, han logrado que el 99% de los europeos interiorice que el sistema en el que vivimos es no sólo lo normal, sino que es casi inevitable, era cuestión de tiempo que llegásemos a este punto.
El 80% de los españoles está de acuerdo. Y del otro 20%, la mitad es porque ni siquiera lo han pensado bien. Las mayorías pueden equivocarse, ser injustas y caprichosas. Pero como nos dijeron que el principio democrático era sagrado, pues ahora hay que manejar sus contradicciones: incluso las pocas propuestas más populares que ésta.
La retórica oficial nos dice que las ayudas públicas son algo circunstancial: para sostener al que no puede sostenerse solo. Que lo lógico es que, según vayamos mejorando en nuestra posición, pasemos de ser receptores netos a contribuyentes netos. Y que la otra cara de esas ayudas es la obligación fiscal: pagas impuestos para luego poder reclamar ese servicio público o prestación económica que te prometieron.
Pues bien, si te crees esto, lo normal es que pienses que no es justo que el tipo que acaba de aterrizar en Barajas y que no ha contribuido en nada a ese mismo Barajas, ni al metro que le lleva al centro de la ciudad, ni al hospital en el que se dará de alta… reciba todo eso gratis. Porque, además, ese «todo» es mucho.
En esto, la socialdemocracia europea ha ayudado a cavar su propia tumba retórica. Si se hubieran quedado, en el discurso económico, tendrían mejores argumentos de defensa. Pero hace ya mucho tiempo que decidieron abrir la rendija de los criterios caprichosos. Que si tal colectivo lo merece más y aquel otro, menos; baremos y puntos por ser madre o padre soltero, o por tener más hijos o menos, o por ser más viejo o más joven, o por tal o cual discapacidad. O por cualquier otro motivo. Y claro, alguien pensó, y por qué no más puntos por ser español o por llevar diez años residiendo y pagando impuestos en una región. Les será complicado explicar que aquello sí y esto no.
El Estado siempre fue un juego de suma cero.
Esta es la clave sobre la que gira la polémica. En el mercado, los intercambios no son de suma cero. Si yo compro una televisión en una tienda, es porque valoro más esa tele que los 500 euros que me cuesta; y porque el tendero valora más mis 500€ que la televisión. Los dos salimos ganando; si no, nunca haríamos ese intercambio. En cambio, en el Estado esto no ocurre.
La subvención de uno siempre es el impuesto del otro. Uno gana y otro pierde. Suma cero. El problema es que, si el juego es de suma cero, lo que saque un recién llegado lo pierdo yo. Si estoy entre los contribuyentes netos, porque tendré que poner más de mi bolsillo. Si soy de los receptores netos, porque me tocará menos en el reparto. Y es imposible negar esta lógica, porque es la lógica que define el sistema.
Cuando la izquierda se pone a hablar del estado del bienestar, siempre comienza poética: «solidaridad», «ayudar a los que menos tienen», «Hacienda somos todos». Pero le dura poco y el discurso oficial es que el 70-80% de los residentes en España, los que menos ganan, tienen un saldo fiscal favorable. La realidad está más o menos en el entorno del 50% (y eso sin entrar en el coste y calidad de los servicios públicos). Pero dejemos a un lado, por ahora, los porcentajes y centrémonos en el fondo del asunto.
Por qué es tan importante que la mayoría creamos que nosotros formamos parte del segmento ganador, del que recibe más de lo que paga. Pese a la retórica buenista, el ciudadano medio piensa en términos de suma-resta. Una forma de calcular en la que la socialdemocracia ha insistido durante décadas. Eso sí, en vez de «el inmigrante lucha contigo», lo que decían era «el rico lucha contigo y nosotros te ayudaremos a ganarle».
Pero hay una evidencia matemática, supongamos que
- el 50-70% de los habitantes de 2020 eran receptores netos de ayudas públicas;
- se reciben 3-4-5 millones de nuevos habitantes entre 2020 y 2030;
- de esos 3-4-5 millones de nuevos habitantes entran en los percentiles inferiores de la distribución de ingresos;
- sí, la mayoría van, ya no a la mitad inferior, sino más bien al 20% de menos ingresos;
- …entonces, muchos de los que en 2020 eran receptores netos, ahora serán aportantes netos.
Dicho de otra manera, el que antes estaba en el percentil 45 (receptor), pasa al percentil 60 (contribuyente). Básicamente, las clases medias-bajas ven cómo su lugar en la fila fiscal se mueve sin que lo hagan sus sueldos. De hecho, pregúntense de qué segmento de ingresos vienen los votos de esa nueva derecha europea.
El reparto fiscal-presupuestario siempre se planteó como solución a una condición dada: hay ricos y pobres. Es injusto que unos tengan tanto y otros tan poco. La afirmación implícita es que ni unos ni otros eligieron su condición. Es como si hubieran caído en ese colectivo por azar. Pero está claro que todos venimos al mundo en unas circunstancias diferentes. La suerte influye en nuestras vidas; pero nuestro esfuerzo, también. El gran problema del estado del bienestar siempre fueron los incentivos. Cobrar por estar en una situación desafortunada… puede provocar que más gente acabe estando en esa situación. Es la famosa trampa de la pobreza. Un tema tabú en la Europa socialdemócrata.
Con la inmigración, el debate también llega aquí y el tabú se hace todavía más complejo de tratar. ¿De verdad no pensamos que es un incentivo asegurarle una paga mensual, sanidad, educación, vivienda… a un habitante del tercer mundo que vive en un país con una renta per cápita de unos pocos miles de dólares? Pues tanto los beneficiarios (inmigrantes) como sus vecinos (nacionales), sí lo piensan. En realidad, llevan años pensándolo, unos y otros, pero no se decía en voz alta.
La gran excusa pro-inmigratoria era el propio Estado del Bienestar. Esa idea de que era necesario que llegasen nuevos trabajadores para pagar nuestras pensiones, nuestra sanidad, nuestra educación…
La prioridad nacional lo que hace es desmontar una ecuación que no cuadraba. Si van a pagar nuestro Estado del Bienestar, cómo es que reciben tantas ayudas pies la mayoría de los inmigrantes, especialmente africanos y de ciertas regiones de Asia, están en los estratos más bajos de la distribución de ingresos y entonces el votante se levanta y pregunta: ¿no nos decíais que eran necesarios para pagar las pensiones?




