«Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?», Cicerón pronunció en su primer discurso contra Catilina. Es una pregunta retórica que expresa la exasperación y la paciencia agotada del orador ante las acciones de Catilina, un político romano que conspiraba contra la República. La frase se utiliza para expresar frustración y hartazgo ante un comportamiento abusivo o inaceptable,
¿Somos todos tontos?
La mayor mentira de Pedro Sánchez es afirmar que el culpable de todo este gigantesco desaguisado, él mismo, es su principal víctima
En España, el primer cuarto de la presente centuria nos haya obsequiado con gobiernos a cuál más incompetente y demagógico, para terminar con la bazofia sanchista, cuyos últimos coletazos aún pueden ser peores y más dañinos que la pesadilla de los siete últimos años.
No nos hacía falta conocer el Informe de la Guardia Civil (UCO) para percibir la impresentable indecencia del Gobierno de Sánchez. Pero aparte de lo aplastante de la evidencia recopilada la Guardia Civil ha contribuido a llamar la atención del público sobre algo que muchos políticos y periodistas conocían, pero que quizá había pasado casi inadvertido para la mayoría.
La reacción de Sánchez ante el aluvión de lo que hasta hace unos días él llamaba «fango» ha sido característica: enfrentarse a la adversidad mintiendo a diestro y siniestro. Quizá la mayor de las mentiras que profirió el otro día sea la de afirmar que el culpable de todo este gigantesco desaguisado, él mismo, sea su principal víctima. Hace falta mucha caradura, para hacerse de nuevas ante algo que era del conocimiento público.
En el caso inverosímil de que fuera cierto que acababa de enterarse de quién era de verdad su compinche su culpabilidad sería aún mayor, porque, ello indicaría, que es tonto de remate. Un político al que sus compañeros más íntimos, sus incondicionales, son capaces de ocultarle durante años que son una cuadrilla de corruptos y lo han venido siendo desde el comienzo de su aventura en común, es un tonto tan tonto, que está descalificado no ya para ser presidente de gobierno, sino para cualquier puesto con un mínimo de responsabilidad. Porque, además, reincidió en los nombramientos. No se «equivocó» una vez, sino dos.
Sánchez mentía el otro día, como de costumbre; él sabía que nadie creía lo que decía, pero le daba igual. Sólo estaba tratando de un pretexto, por inverosímil. Este «artista del escapismo», como le llamó The Economist en 2023, este «Don Teflón», como le llamó hace unos días The Times, nunca ha dado su brazo a torcer ni dado muestras del más mínimo adarme de vergüenza. Por eso ha tenido el cuajo de decir que él va a continuar en su puesto para seguir beneficiando a los españoles.
El, que ha dejado sin educación ni vivienda a la juventud española, que está vendiendo a trozos la soberanía nacional al separatismo vasco y catalán, que está dispuesto a gobernar sin las Cortes y sin presupuesto con tal de no dar la voz al pueblo. El, cuya familia más cercana y cuyo fiscal general, dependiente sólo de él, están ya a un paso del banquillo. El, el presidente de los apagones y los descarrilamientos, el enemigo de la Democracia, de la Justicia y del Estado de derecho.
Él, que está dejando el prestigio de nuestro país por los suelos a medida que se van conociendo en los medios extranjeros la catadura y los hechos de nuestro presidente y su cuadrilla. El, este personaje que enfanga y pudre todo lo que toca, dice que debe continuar presidiendo el gobierno para «beneficiar a los españoles».
El se finge tonto de remate porque piensa, quizá con algún fundamento, que los tontos de remate somos los demás.
Idus de marzo en el PSOE
El 15 de marzo del año 44 a.C. Julio César cayó asesinado en el Senado, víctima de una conspiración orquestada por un grupo de senadores opuestos a sus ambiciones autocráticas. Un grupo de más de sesenta personas, los llamados Libertadores, materializaron su funesto plan,
Dado que es cuestión de tiempo que salgan más informaciones y que la dimisión de Sánchez sea inevitable, hay que buscar un colchón que amortigüe la caída
El País, la Ser y La Sexta, los tres grandes de la comunicación sanchista hasta ayer, se han separado críticamente de Pedro Sánchez, lo que significa que ahora el universo progresista baraja dos opciones de futuro para el Partido Socialista: un candidato nuevo, y otro continuista.
Una opción es presentar una persona que corrija el sanchismo y vuelva a 2014, a los tiempos de Rubalcaba, tras Zapatero, de aparente responsabilidad y respeto al orden constitucional. Este proyecto pasaría por Eduardo Madina como abanderado de la regeneración interna. Es joven, tiene ahora 49 años, y puede sostener un pasado antisanchista para construir el relato: se enfrentó a Sánchez en las primarias que amañó Santos Cerdán, rechazó estar en su Ejecutiva en 2016, defendió la abstención a la investidura de Rajoy para que hubiera gobierno aunque fuera de la derecha, y el año siguiente no quiso formar parte del grupo parlamentario sanchista.
Madina, además, tiene buena relación con los medios progresistas que ahora se rebelan, y aunaría a los damnificados por la tiranía de Sánchez. De hecho, Felipe González hace una semana declaró que este socialista vasco «fue y sigue siendo mi candidato» para «un socialismo digno y ejemplar».
Madina sería un duro rival para Feijóo. Con su nuevo perfil disputaría al PP el voto socialdemócrata que quiere castigar a Sánchez, y dejaría a los populares sin su dialéctica antisanchista porque Madina la usaría también. Por otro lado, si la feligresía socialista es capaz de votar a su partido aunque Sánchez haya demostrado ser un narcisista, mentiroso, tirano y corrupto, ya se pueden imaginar si un candidato joven ilusiona a las bases y tiene el aplauso de los medios progresistas. Los socialistas hablarían del sanchismo como un paréntesis en la historia del PSOE que Madina vendría a corregir, arrebatando este papel corrector al PP. A esto añadimos un detalle crucial: los nacionalistas no lo verían mal porque representa al socialismo amable, no como García-Page, tan beligerante con Bildu, Junts y ERC como la derecha.
La otra opción presenta variantes. Una es vender que Pedro Sánchez es el garbanzo sano de la olla podrida, y mantenerse así en Moncloa. Para esto hay que cargar las tintas sobre Koldo, Ábalos y Cerdán, e improvisar alguna maniobra de distracción, como la carta a la OTAN diciendo que no se va a poner el dinero prometido. El propósito es ganar tiempo hasta que escampe. Esta variante es difícil porque se ha caído el relato de que las acusaciones de corrupción eran falsas y formaban parte de un «golpe blando» contra el Gobierno «progresista». Al fallar esta narrativa básica no es posible que arraigue la idea de que Sánchez es un santo varón progresista que no sabía nada. Además; en la guerra que ha declarado el presidente a Ábalos, Koldo y Cerdán van a salir informaciones muy comprometidas sobre Sánchez.
La segunda variante del búnker sanchista es la continuidad del sanchismo sin Sánchez. Dado que es cuestión de tiempo que salgan informaciones sucias sobre el presidente y que su dimisión sea inevitable, hay que buscar un colchón que amortigüe la caída. Esto impediría que se desplomara o dudara la estructura sanchista que ha colonizado el Estado y daría nuevos bríos a la mayoría que sostiene al Gobierno. Este candidato sería Salvador Illa, el delfín de Sánchez y apoyado por el mismísimo Zapatero (el verdadero urdidor del sanchismo como venganza contra el PSOE que, según él, le vilipendió) implicado en muchos asuntos del sanchismo, y bien relacionado con los nacionalistas catalanes y vascos.
Salvador Illa podría ser presentado como un candidato transaccional, de consenso entre los socialistas, y abierto a una negociación «templada» con los independentistas y la izquierda. El relato se apoyaría en que el sanchismo no fue absolutamente negativo, sino que logró un programa social amplio, y que solo hacen falta algunos cambios en la dirección. De esta manera, estos socialistas defenderían que el proyecto es más importante que las personas. Illa sería la mejor noticia para el PP. No deja de ser un representante del sanchismo y tendría que defender su gestión frente a un Feijóo que vería libre esa franja del electorado socialdemócrata y el discurso antisanchista.
En todos estos planes, salvo el loco de mantener a Sánchez, se pasa por la liquidación del presidente del Gobierno y secretario general del PSOE. Pero es Sánchez y hablamos de un tipo engreído y sin escrúpulos que cree que la democracia, el Estado y el PSOE le pertenecen.
Por eso, si Sánchez no dimite tendremos un Idus de marzo. Habrá una conjura de los socialistas para coser a puñaladas políticas y mediáticas al presidente al grito de «¡Abajo el tirano!». El problema es que no olvidemos que fueron incapaces de echar a Sánchez del partido en 2016 tras pillarle falseando las elecciones internas. Los socialistas van a intentar que el presidente se vaya pactando su salida, lo que asegura menos ruido y víctimas




