¿Y si en vez de entender los distintos grupos de edad como aislados y en disputa apostamos por entenderlos como fibras entrelazadas de un mismo cordón?
El antropólogo Tim Ingold (Kent, Reino Unido, 1948) es uno de los pensadores más influyentes de la antropología contemporánea. Catedrático emérito de la Universidad de Aberdeen (Escocia), en sus investigaciones ha explorado de forma radical las relaciones entre seres humanos, medio ambiente, técnica y percepción. La cuerda de las generaciones. Repensar la continuidad en tiempos de ruptura (Alianza Editorial) en el que argumenta que la modernidad nos ha impuesto la metáfora de la «pila»: cada generación es un estrato que reemplaza al anterior, condenado a su vez a ser suplantado en nombre de un supuesto progreso. Esta lógica del reemplazo es la que da lugar a la llamada Generación Ahora, una cuña que se apropia del presente y margina a los jóvenes y a los mayores, separándolos en un acto que él mismo califica de «verdadera tragedia». Frente a este modelo de ruptura, Ingold propone recuperar la imagen de la «cuerda», donde las vidas de las distintas generaciones se entrelazan y superponen en un continuo de colaboración.
En su libro propone sustituir la imagen de generaciones apiladas por la metáfora de la cuerda, donde las vidas se entrelazan en un continuo colaborativo. ¿Cree que esa visión es viable en nuestras sociedades hipermodernas y fragmentadas?
No, no lo creo. Creo en esa visión, pero pienso que sólo puede materializarse si se producen también cambios fundamentales en la sociedad. Y no confío en que el simple hecho de proponer esta alternativa sea suficiente para provocar los cambios sociales necesarios. Así que tengo la esperanza de que la trayectoria actual de la sociedad se desmorone, que colapse. Entonces tendremos la oportunidad de construir sobre otros cimientos y, quizá en ese momento, este tipo de pensamiento ayude a guiar a la gente sobre cómo llevar a cabo la reconstrucción. Pero no podremos instaurar esta forma de pensar dentro del tipo de sociedad de ahora.
¿Hay una manera positiva de defender hoy la tradición sin caer en la nostalgia reaccionaria que ciertos grupos utilizan como arma?
Claro que la hay, pero es extremadamente difícil: esos grupos que menciona siempre están listos para instrumentalizar lo que intentas hacer. Tenemos claros ejemplos de esto en Canadá, donde grupos de extrema derecha han utilizado la retórica que han tomado prestada de las Primeras Naciones y los pueblos indígenas, quienes tienen una reivindicación legítima sobre la tierra, para sus propios fines. Así que el riesgo siempre está ahí y debemos estar alerta. Pero la diferencia entre lo que propongo con respecto a la tradición y la forma en que la extrema derecha utiliza el término es que yo pienso en la tradición como algo que encierra una promesa para el futuro. No es nostálgico. No se trata de volver al pasado en lugar de mirar al futuro, sino de unir el pasado y el futuro. Y así es como lo conciben los pueblos indígenas, no como lo piensa la extrema derecha. La dificultad, y es una gran dificultad, es que se trata de una diferencia muy sutil. Y va a ser muy difícil defender la tradición y su importancia sin que esos grupos irrumpan con su propia ideología, simplificando en exceso el argumento y convirtiéndolo en algo reaccionario.
Usted establece una conexión fascinante entre la concepción de las generaciones como una «pila» y el surgimiento de las tóxicas teorías de la raza y el reemplazo. Mientras hablamos, en Murcia, una región de España, hay graves disturbios racistas y persecución de inmigrantes. ¿Cómo se relaciona su pensamiento con los debates actuales sobre la identidad en sociedades multiculturales?
Estas cosas están ocurriendo en todas partes: en el Reino Unido, en Estados Unidos… En todo el mundo, y son horribles. Como digo en el libro, la razón por la que el concepto de raza se vuelve tóxico es por su asociación con la teoría del reemplazo. Si no pensáramos en términos de reemplazo generacional, si al pensar en las generaciones no asumiéramos este modelo, la raza no sería tóxica en absoluto. Cuando el término se utilizaba en los siglos XVIII y principios del XIX, no tenía esas connotaciones. Simplemente significaba «un linaje» o «un pueblo». La toxicidad apareció en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente a través de la teoría de la evolución darwiniana, cuando la gente empezó a pensar en la raza en términos de reemplazo. Mi preocupación es que esta suposición de que las generaciones se reemplazan unas a otras simplemente se da por sentada, y por eso la gente no reconoce que ahí reside realmente el origen del problema. Pero también creo que tenemos que repensar lo que entendemos por multiculturalismo, porque toda la lógica de la ‘diversidad’ descansa sobre una base neoliberal. Equipara la diferencia con la diversidad. En lugar de pensar en la diferencia como algo que emerge continuamente en el curso de la vida social, en las conversaciones de la vida, imagina que la gente ya está dividida en grupos distintos con valores diferentes: este tipo, este otro, aquel… Y eso es una reificación que conduce a las políticas de identidad cuando preguntas: «¿A qué grupo perteneces?» Esa política de identidad está en la raíz de muchos problemas.
¿Los integrandes de la llamada «Generación Ahora» (por simplificar, la que manda actualmente) nos hemos apropiado del presente y hemos marginado a jóvenes y mayores?
Sí, lo creo. O no solo que los hayamos marginado, sino, y esto es quizá lo más importante, que los hemos separado, de modo que, en la vida cotidiana, los jóvenes se relacionan sobre todo con otros jóvenes. Se encuentran con los mayores quizá en entornos institucionales como la escuela, pero por lo demás, informalmente, sólo se relacionan entre ellos. Y los mayores se relacionan con otros mayores. Lo que hemos perdido son los entornos cotidianos en los que, por ejemplo, abuelos y nietos se encontrarían a diario. Si hablas con gente que recuerda cómo eran las cosas en el pasado… Por ejemplo, yo he trabajado con el pueblo sami en el norte de Finlandia, y ellos cuentan que antiguamente la gente vivía en hogares de tres generaciones. Abuelos, padres e hijos vivían, trabajaban y aprendían juntos en el mismo lugar. Así que para un niño, aprender los oficios de la vida, aprender a pastorear renos, aprender a hablar el idioma… todo era simplemente parte de crecer. Y ocurría porque los abuelos estaban ahí; sobre todo, estaban ahí todo el tiempo, contando sus historias, practicando sus oficios. Lo peor que pasó fue cuando llegó un grupo de personas formadas y educadas y dijo: «Vosotros, los niños, tenéis que ir a la escuela, y vosotros, los mayores, tenéis que ir a la residencia de ancianos». De modo que esas generaciones ya no interactúan entre sí, y creo que eso es una verdadera tragedia.
Usted escribe que «las generaciones deben trabajar juntas». En un momento en que los jóvenes se sienten traicionados por sus mayores (por el clima, la vivienda, la precariedad), ¿cómo se reconstruye esa confianza intergeneracional?
Esa es una pregunta muy difícil. No estoy seguro de tener la respuesta. Es cierto que la gente de, digamos, mi generación -soy un baby boomer- tiene una gran responsabilidad y debería asumir gran parte de la culpa por lo que ha ocurrido. La cuestión es que los jóvenes están, con razón, enfadados con nuestra generación y las anteriores. Pero, por otro lado, los jóvenes quieren de verdad a sus abuelos. De verdad que sí. Así que, a nivel personal, si dejamos de hablar de «generaciones» en abstracto -esta generación, esa otra…- y nos centramos en las relaciones personales entre los jóvenes y sus abuelos, vemos que la confianza está ahí, el amor está ahí. Pero de alguna manera, todo eso ha sido oprimido y sepultado bajo la retórica dominante. Quizá el camino a seguir sea permitir que ese amor que ya existe se exprese de forma más abierta y contundente, en lugar de ser suprimido por un discurso mediático que apunta en la otra dirección. Y creo que, en particular, internet y las redes sociales no ayudan en este sentido. También tienen gran parte de la culpa de la incomunicación actual.
¿Las redes sociales, con su culto al instante, han llevado esta lógica al paroxismo? ¿O podrían también convertirse en herramientas para volver a tejer la cuerda del tiempo?
Las redes sociales son un desastre. Yo no las uso. Pienso que son muy, muy destructivas. Y, en el fondo de mi corazón, espero que todo colapse. Creo que al final probablemente lo hará, porque no es sostenible. No sé cómo colapsará, pero pienso que en este momento está haciendo un daño inmenso y muy poco bien, y me gustaría que se acabara. Por lo general, hay una división de opiniones. Por un lado, están quienes creen que la tecnología en sí misma es beneficiosa, siempre que se use con cuidado, de forma adecuada y sin suponer que vaya a reemplazar todo lo demás. Por otro lado, estánquienes adoptan una línea más dura y dicen que los cimientos sobre los que descansa esta tecnología son como un cáncer que lo invade todo, y que no puedes simplemente quedarte con las partes buenas y desechar lo demás. Yo, en realidad, me inclino por esa segunda opinión: creo que las premisas, la lógica y la infraestructura sobre las que opera la tecnología digital son incompatibles con una forma sensata de convivencia. Por eso tiendo a adoptar una postura bastante tajante. Por ejemplo, no tengo nada en contra del teléfono antiguo. Cuando apareció, la gente pensaba que era increíble poder hablar sin estar presentes. Hay quien argumenta: «Si estábamos contentos con el teléfono, ¿qué tiene de malo esto?». Pero yo no estoy de acuerdo con ese argumento, porque creo que la tecnología digital descansa sobre premisas -tanto intelectuales como de infraestructura- que no son sostenibles ni compatibles con una forma saludable de vida social.
La metáfora de la cuerda implica un trabajo artesanal y paciente. ¿Es compatible ese modelo con una era tecnológica, algorítmica, acelerada y a punto de entrar en el abismo de la inteligencia artificial?
No, no es compatible. Y la inteligencia artificial es otra de esas cosas cuyas ventajas potenciales, en mi opinión, han sido sobrevaloradas, mientras que sus desventajas son enormes. Es algo que, en realidad, casi nadie quiere. Los únicos que la están impulsando son los enormes intereses comerciales que hay detrás. Y ellos y sus portavoces nos han estado diciendo que así será el futuro: «Tendréis que aguantaros. Si no os gusta, mala suerte. El futuro será un futuro de inteligencia artificial». Y creo que tenemos que decir que no.
¿Por qué?
No podemos conformarnos con que las empresas y los científicos que emplean nos digan qué tipo de futuro se avecina y que debemos acostumbrarnos a él. No es su trabajo. Como digo siempre, el futuro no es un problema que resolver, es una vida que vivir. Y es nuestra vida, nos pertenece, y deberíamos plantarnos y decir que no queremos tener nada que ver con esto. Por eso mantengo una postura bastante firme al respecto, y me enfado con la gente que adopta lo que yo consideraría una visión de apaciguamiento, diciendo: «Oh, sí, no pasa nada. Podemos tener un poco de esto, siempre que recordemos que está en nuestras manos controlarlo». No, porque el verdadero enemigo son las grandes corporaciones. Por supuesto, no se puede culpar a un trozo de metal por lo que hacemos con él. No es culpa del material, sino de las corporaciones que hay detrás. Y esas corporaciones, en este momento, están destruyendo nuestro planeta.
Usted dedica el libro a sus antepasados y lo ofrece a sus descendientes. ¿Qué responsabilidad siente usted personalmente como antropólogo, pensador y profesor hacia ese entrelazamiento de vidas que predica? ¿Dónde se sitúa usted en esa cuerda?
Creo que nuestra tarea más importante en la vida es ser buenos antepasados para nuestros descendientes. La pregunta que debemos abordar entonces es: ¿cómo ser un buen antepasado? Diferentes personas abordan esta cuestión a su manera, pero yo soy un académico. Así que creo que una parte importante del trabajo académico es pensar en cómo podemos ser buenos antepasados. Y también pienso que no soy solo un académico; soy un antropólogo. Y esa es también la pregunta más importante de la antropología. Es decir, la pregunta fundamental de la antropología es: ¿cómo debemos vivir? Y, ¿qué podemos aprender de todos los diferentes experimentos vitales que existen en el mundo para ayudarnos a encontrar la respuesta? No tiene una respuesta definitiva. Es una pregunta que debemos hacernos continuamente, y nos la hacemos en y a través de nuestras propias vidas. Pero como antropólogo, como académico y como ser humano, creo que esa es la pregunta en la que siempre debemos pensar: ¿cómo podemos ser buenos antepasados para nuestros descendientes? Y me sorprende descubrir que, cuando hablas con mucha gente, esto les resulta una sorpresa. Dicen: «Oh, nunca se me ocurrió que debería estar pensando en eso». La gente puede que piense en qué es lo mejor que puede hacer por sus hijos, y quizá su visión llegue hasta ahí. Pero la idea de que deberíamos estar pensando en cómo podría ser la vida para la gente dentro de 300 años está fuera del horizonte de la mayoría. Sin embargo, es realmente importante, y una forma muy hermosa de encarar el futuro.





