EL PROGRESISMO “WOKE” : CUANDO VOTAR YA DECIDE

Las grandes decisiones ya no se discuten: se automatizan. Y cuando el Parlamento vota, ya es tarde

 

Estamos al inicio del colapso judicial, político y moral de todo un sistema ideológico que durante décadas ha parasitado nuestra democracia bajo la etiqueta amable del «progresismo», pero que en la práctica ha operado como una red de poder, corrupción  el progresismo  woke que es el producto de un ecosistema ideológico que mezcla victimismo, retórica social, control del Estado y corrupciones. Durante años, ese sistema ha sido blanqueado por intelectuales, políticos, ONG y medios que prefirieron ignorar la realidad a cambio de mantener vivo un relato.

 

El progresismo woke sobrevive en sociedades libres porque vive de consignas, no de resultados. De símbolos, no de hechos. De acusar al adversario, no de explicar su propio balance. No es una cuestión de izquierdas o derechas. Es una cuestión de verdad contra propaganda, de responsabilidad contra impunidad, de realidad contra relato. El socialismo woke, antes que después, deberá enfrentarse a algo que no sabe manejar: un tribunal, pruebas y consecuencias.

 

Una de las herramientas del progresismo “woke” es eliminar el parlamentarismo y ya no es preciso escuchar al legislativo: se le ignora y todo se realiza mediante decretos ómnibus. En teoría, votar debería decidir. En la práctica, a menudo ya solamente ratifica. El truco no es nuevo. Las grandes decisiones se diseñan para que, cuando el Parlamento vote «sí» o «no», la inercia institucional ya haya hecho su trabajo y la política parlamentaria solo pueda escenificar el desacuerdo. La votación llega tarde: con el beneficio repartido, el coste asumido y la reconsideración políticamente penalizada.

 

Lo ilustra bien, por ejemplo, la actualización de las pensiones con el IPC. Aprobada en 2021, con una mayoría parlamentaria ajustada, no nació como un consenso sólido ni transversal. Pero bastó para blindar el resultado. El blindaje no reside en la amplitud de la mayoría, sino en el diseño de la medida: una vez activado el automatismo, desactivarlo entraña un coste político muy superior al de mantenerlo, porque el beneficio es inmediato y visible, mientras que el coste queda difuso y diferido. Desde entonces, ningún partido con opciones de gobierno ha planteado desactivarlo. La votación dividió al Parlamento; pero en la práctica, consagró ese consenso mecánico. Lo que nació como una opción política pasó a operar de forma automática y salió del terreno de la deliberación.  Eln esa ocasión e Parlamento perdió la capacidad real de decisión. Algo parecido ocurre con los sueldos públicos, que se aprueban tarde y con efectos retroactivos: cuando se votan, la decisión económica ya está tomada y el rechazo apenas cambia nada. Las decisiones políticas se convierten así en hechos consumados y la democracia se reduce a la gestión de inercias.

 

Pero n solo se limita la capacidad de corrección futura, sino que altera de forma sistemática los incentivos políticos presentes. Permite al Gobierno de turno capitalizar electoralmente determinadas medidas mientras desplaza su coste al futuro, a contribuyentes difusos o a generaciones que no votan hoy. El automatismo sustrae del debate político el coste de la decisión y concentra el beneficio, que deja de percibirse como opción discutible para convertirse en derecho adquirido. No es solo mala política lehislativa: es una mala arquitectura institucional que acentúa los defectos habituales del funcionamiento democrático. El resultado es un clientelismo estable que no necesita defensa periódica: basta con dejar operar el automatismo.

 

Ese mismo marco explica el comportamiento de la oposición, aunque no de todos por igual. El sistema no castiga simétricamente a quienes discrepan. Al contrario: distribuye de forma desigual los costes de oponerse, según la capacidad real del voto para alterar el resultado o para obtener contrapartidas. El Partido Popular critica las formas —decretos ómnibus, ausencia de Presupuestos— pero acaba aceptando el fondo. Sabe que votar en contra no alteraría el resultado material y, sin embargo, tendría un coste político inmediato. El castigo sería visible; el beneficio, inexistente. El sistema convierte así la expectativa de gobernar en una desventaja política.

 

Esa restricción no opera del mismo modo para otros partidos. Vox vota sistemáticamente en contra y denuncia el gasto «superfluo», pero su posición es cómoda, tanto más cuanto más se aleja de la tarea de gobernar.  Su «no» no está orientado a decidir. Ese rechazo retórico no amenaza el automatismo: lo refuerza y permite que el consenso aparezca como moderado y transversal. En el caso de los partidos catalanes y vascos, la decisión se convierte en una negociación de contrapartidas —explícitas o tácitas—. Al primar el intercambio procedimental el automatismo queda intacto.

 

El problema no es la inexistencia de perdedores, sino la falta de una ganancia política creíble asociada al rechazo.

NO VOTAMOS MAL: VOTAMOS CUANDO YA NO DECIDIMOS.

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