¿ BENDITA O MALDITA CRISIS ?

Si bien la inflación no es un fenómeno político, sus consecuencias sí lo son, y, por desgracia, muy tangibles.

 

Albert Einstein ya nos alertó sobre las crisis de cualquier tipo:

 

  • La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia
  • La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos. El problema de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y las soluciones.
  • Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones..
  • Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla. En vez de esto trabajemos duro.

 

Cuando el valor del dinero se esfuma, todas las seguridades desaparecen y esa fue la lección de la República de Weimar, cuando el coste de la vida se multiplicó en dos millones y que conduciría al trauma de la Gran Depresión.

 

A finales de los sesenta y setenta, los enormes aumentos del gasto público en los EEUU (el programa de la “Gran Sociedad” de Lyndon B. Johnson y el coste vertiginoso de la guerra de Vietnam) no se vieron acompañados de una subida de impuestos por temor a perder el apoyo político. Además, en la década de 1970 la economía global sufrió un choque masivo de oferta, cuando los países de Oriente Medio subieron masivamente el precio del petróleo que cobraban al resto del mundo Para pinchar la burbuja se subieron los tipos de interés a niveles tan estratosféricos que, de repetirse hoy, causarían otro diluvio universal.

 

La gran burbuja de 2008 ha beneficiado a unos pocos –y agravado la fractura social–, mientras los Estados podían seguir con unas políticas de gasto irresponsables pero esto se acabará porque la realidad es una fuerza poderosísima y porque la deuda rige nuestras vidas –¡una deuda que ya no saldrá gratis!–.

 

Por su urgencia la inflación propicia el enojo que se traduce en protestas callejeras pues, por supuesto, los trabajadores ya saben qué supone ese nuevo escenario inflacionista y saben –o intuyen– que la inflación destruye ahorros y salarios, y que el empobrecimiento es su consecuencia casi inmediata. En el otoño habrá huelgas en muchísimos sectores a medida que los precios y la subida de tipos vayan minando los márgenes salariales y el ahorro familiar disminuya. Tras el verano, a la vuelta de las vacaciones, llegará el momento decisivo: nadie podrá ocultarse tras la máscara de una falsa normalidad.

 

Las empresas, en general, no podrán absorber el golpe de la inflación sin trasladarlo al precio final de sus productos en un contexto en el que, además, va a empezar a escasear la financiación. El Banco de España pide un pacto de rentas para evitar daños mayores. El Gobierno ya se ha apresurado a decir a los pensionistas que no se preocupen, que ellos quedan al margen. A los funcionarios seguramente no les quedará más remedio que aceptar los recortes en la subida de su sueldo, pero ya han empezado a enseñar los dientes y dicen que no van a consentir un incremento salarial del 2% cuando la inflación ronda el 10%.

 

El Gobierno ha aprobado su segundo ¿plan anticrisis? con medidas más cosméticas que reales para frenar la inflación y ha aprovechado como flotador electoral para hacer del populismo de sus socios de Gobierno su propia bandera y así, intentar desactivar a una “suma” de la izquierda a la izquierda del PSOE.

 

Muy probablemente tengamos que esperar a un tercer, cuarto, quinto,…plan para que el Gobierno haga de una vez sus deberes con un mínimo de responsabilidad

 

Antes de volvernos demasiado pesimistas, recordemos que los años 70 fueron seguidos por los 80 y los 90, y un gran resurgimiento del crecimiento de las economías avanzadas… aunque, por otra parte, la década de 2030 está muy lejos aún.

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