ASÍ ESTÁ QUEBRANDO EL ESTADO DEL BIENESTAR EUROPEO

 

El Estado ya no cumple las promesas que hizo. Que no llega a donde se supone que debe llegar. A donde le piden los que buscan como solución; y a donde le exigen los que pagan la factura. Las costuras del estado del bienestar europeo están saltando ante nuestros ojos.

Ya les gustaría a los gobiernos europeos poder anunciar que disparan el gasto en sueldos de profesores, mejores instalaciones en las escuelas o institutos. vivienda social, nuevas infraestructuras, … El problema es que no pueden. El principio de realidad se impone: no hay dinero. Lo que muchos se preguntarán es, ¿por qué? Pues porque no puede haberla.

 

De las funciones del estado liberal clásico (justicia, orden público, defensa, infraestructuras y poco más), hemos pasado a 23 ministerios que compiten por encontrar un nuevo terreno al que expandirse y además esos estados que nos dijeron que cada vez podrían hacer más cosas, cada vez hacen peor las fundamentales.

 

Hasta la década de los 40-50, los estados occidentales se gastaban su dinero en cosas (carreteras, coches de policía, tanques o escuelas), ahora la gastan en personas.

Si alguien quiere trazar el destino de los muchos miles de millones de euros de más que gastan los estados europeos ahora mismo en comparación con los de la década de los 60-70, que no mire hacia los coches oficiales, el número de ministerios o los sueldos de los asesores de los políticos. Todo eso puede ser excesivo, pero no es por donde se nos escapa el dinero. La línea del gráfico del gasto público se dispara hacia arriba por las transferencias de renta. Sí, transferencias para pensiones, pero también para subsidios del paro, complementos de vivienda, rentas mínimas, ayudas al alquiler…

Hace mucho que el Estado ha dejado de ser un proveedor de servicios (y que, si redistribuía, lo hacía de forma indirecta, a través de esos servicios, porque se suponía que los hogares más pobres no podrían pagarlos por sí mismos) y ha pasado a ser una enorme red redistributiva de rentas.

 

En EEUU, que es donde más datos tienen el «gasto obligatorio» (mandatory), que en 1960 estaba por debajo del 30%, ahora ya consume dos tercios. En Europa, la tendencia no será muy diferente. ¿Qué margen tiene un gobierno para hacer política de vivienda, educativa, de infraestructuras? Pues muy poco. Por eso se rompen las vías; por eso los institutos públicos se llenan de grietas. Sí, también es porque son inútiles o corruptos. Pero en muchos casos es simplemente porque no pueden hacer mucho más.

 

En un Estado que cada vez ofrece menos servicios y más rentas, la lucha por esas rentas se recrudece.

Todo el mundo busca su lugar bajo el sol del presupuesto. Ahora la clave ya no es sólo si los servicios que me garantizaba el sector público cumplen con mis expectativas; en lo que pensamos es en el suma-resta: «¿Mi saldo con el Estado es positivo o negativo?» Y eso sin contar la pérdida de legitimidad. El «¿para esto pago yo mis impuestos?» y las clases medias que tienen que contratar seguridad, sanidad o educación, porque con la factura fiscal (y es muy elevada) no les da para los mínimos de calidad que exigen

 

También es importante la cuestión migratoria. Es evidente que, en esa lucha por rentas y servicios públicos, los inmigrantes de los países más pobres reciben parte de los recursos que antes iban a parar a los nacionales. Si cada año se suman unos cuantos cientos de miles de ciudadanos que reciben más vía transferencias y servicios de lo que aportan vía impuestos, el resultado para el resto tiene que ser, obligatoriamente, menos favorable.

 

Por último, un tema fundamental que casi nunca se pone sobre la mesa: el compromiso moral de unos y otros para con ese estado del bienestar y los que lo sustentan.

Resumiendo mucho, podríamos decir que para que funcione este mecanismo, tiene que haber compromisos cruzados entre los ciudadanos. Las normas morales (religiosas, sociales, familiares…) ya no son las de 1960. Porque según van pasando los años, cada vez tendemos más al «si es legal, déjame tranquilo y no me pidas nada más». Cada uno de nosotros (los que trabajamos y contribuimos) cada vez ponemos más, pero nos beneficiamos menos. Que no hay presupuesto. Ni para vivienda, ni para trenes, ni para profesores. Y lo normal (salvo milagro de productividad robótico-IA) es que dentro de diez años, haya todavía menos.

 

Fuente: De Adamuz a Créteil: así está quebrando el estado del bienestar europeo – Domingo Soriano – Libre Mercado

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