
En España, Miguel Puga nos explicaba que el Ingreso Mínimo Vital (IMV) alcanzaba su récord, con 2,7 millones de beneficiarios y casi 500 millones de euros de gasto mensual. Desde Alemania, Rainer Zitelmann nos contaba un fenómeno relativamente nuevo (quizás sería más justo decir que se ha acelerado en los últimos años) y que tiene preocupados a los habitantes del país: la fuga de alemanes. En 2024, casi 270.000 germanos se marcharon al extranjero: «Entre los ciudadanos alemanes, el saldo migratorio neto lleva más de dos décadas siendo negativo. En otras palabras, de forma sostenida salen del país muchos más alemanes de los que regresan. En 2024, la pérdida neta fue de 81.000 personas y, el año pasado, de 97.000» léanlo porque no tiene desperdicio].
En realidad, se trata de las dos caras de la misma moneda. Una moneda muy cara, que durante años pudimos pagar, pero que cada vez es más complicada de mantener: el estado del bienestar.
En los últimos meses, se han publicado numerosos artículos sobre la sostenibilidad de unos sistemas públicos que están al límite. Casi todos se centran en el análisis global del presupuesto. Del déficit a la deuda, pasando por el pago de intereses o el envejecimiento, echamos un vistazo a las cuentas públicas para interpretar si es sostenible tanto el gasto actual como el que se intuye para el futuro (tiene mala pinta).
Pero en esta mirada casi siempre olvidamos la perspectiva individual. Sí, es evidente que ese presupuesto del que tanto hablamos no deja de ser la suma de cada uno de los implicados: los ingresos son la suma de impuestos que pagan los contribuyentes; y los gastos, de los servicios y transferencias de rentas que reciben los beneficiarios. Digo que olvidamos la perspectiva individual porque lo que está menos presente en el análisis es lo que todas estas cifras implican para unos y otros.
El saldo fiscal
Así, uno de los temas más de moda en el último año (y ya era hora) es el del saldo fiscal de la inmigración. Es decir, cuándo aportan realmente los recién llegados a las arcas públicas y cuánto reciben en forma de servicios públicos y transferencias. En cuanto se han hecho las cuentas con un mínimo rigor, (en Dinamarca y Países Bajos, por ejemplo) han llegado a la conclusión obvia que cualquiera habría podido anticipar: un inmigrante poco cualificado (la mayoría de los que llegan de países de renta baja) no solo no aporta sino que consume recursos fiscales. Algo lógico que cumple con la definición de estado del bienestar: redistribuir renta, quitar al que más tiene para dar al que tiene menos, etc.
Entonces, hacemos las cuentas y nos sale que «si en tal país reciben a 100.000 (o 200.000 o el número que sea) inmigrantes al año, el saldo total es negativo en tantos cientos de miles de millones de euros». Eso es cierto, pero deberíamos centrar más la mirada en cada uno de esos recién llegados. Porque, ¿qué significa que su saldo fiscal sea negativo? Sí, que pagan menos impuestos que servicios reciben. Pero, de nuevo, ¿qué significa eso en sus vidas? Pues muy sencillo: que obtienen más de lo que pagan. Es un negocio redondo. Y no lo digo con mala intención, ni echándoles la culpa, ni pensando que su único objetivo al llegar a Europa sea vivir de la paguita. No lo creo. Alguno habrá, pero intuyo que la mayoría lo que querrían es encontrar un trabajo y un buen sueldo.
En cualquier caso, sobre esto último (la motivación) podríamos tener un debate eterno. Habrá quien piense mejor (yo, por ejemplo) y los que crean que no tienen ninguna intención de salir del círculo de la pobreza. Pero no sé si tiene mucho sentido meternos en la disquisición moral. Centrémonos en lo objetivo: un saldo fiscal negativo es un buen negocio para cualquiera. Pagas 100 y recibes 150. Pensemos en que nos ofrecieran eso como consumidores: pagas 300.000 euros por una casa en la calle Serrano que tiene un precio de mercado de 750.000. Nos pelearíamos por este tipo de tratos. La palabra más importante en economía quizás sea «incentivo» y se me ocurren pocos incentivos más poderosos que ese saldo fiscal negativo.
Los que pagan
Enfrente, están los que pagan. Los que tienen saldo fiscal positivo (positivo para Hacienda, no para ellos). En todos los estados europeos, tienen el mismo perfil: clases medias-altas, con un empleo estable y cualificación por encima de la media. Estos se preguntarán, ¿qué quiere decir que una persona como yo tenga un saldo fiscal positivo para el Estado? Y la respuesta es muy sencilla: que ese mismo Estado te proporciona menos servicios que el coste que pagas por los mismos.
Esto último es una obviedad matemática. Lo que no quiere decir que no haya argumentos para explicarles que el acuerdo no es tan negativo para ellos. La socialdemocracia europea lleva repitiéndolos durante décadas y algunos son muy buenos: desde la red de seguridad que supone el estado del bienestar (sería como si estuvieras pagando un seguro para cuando las cosas no te vayan tan bien) a la justicia de una comunidad en la que unos se ayudan a otros.
Pero esos argumentos, por buenos que sean, no pueden ocultar la realidad: como incentivo económico, ese saldo fiscal negativo es demoledor. Es la otra cara de la moneda del incentivo que explicábamos hace un par de párrafos para los receptores.
¿Esto quiere decir que todos los contribuyentes netos alemanes se vayan a ir mañana a Singapur o Irlanda, Shanghai o Texas? No. Hay muchos costes en una decisión de este tipo: sentimentales, culturales, sociales… y también económicos. Una persona que se marcha al extranjero pierde su red de contactos, sabe que parte de su experiencia profesional valdrá mucho menos en un país desconocido, puede que tenga que invertir mucho en formación, tendrá que afrontar importantes costes de información para casi cualquier necesidad (desde «qué barrio es más adecuado para una familia como la mía» hasta «en qué zona están las empresas donde mi perfil encaja mejor»).
Lo que quiere decir el saldo fiscal negativo es que esa persona tiene un incentivo a marcharse. Ni más, ni menos. Pero es mucho.
Las preguntas
A partir de aquí, llegan las preguntas. Por ejemplo, ¿cuántos se marcharán? Zitelmann nos habla de entre 250.000 y 300.000 personas, con un saldo neto negativo de 80.000-90.000 al año (hay algunos que vuelven). Parece poco, pero no lo es tanto. Y no podemos descartar que el número sea creciente.
Porque irse cada vez es más barato para todos. Por qué se ha incrementado la inmigración desde el África subsahariana en las últimas décadas: muy sencillo, entre otras cosas, porque los costes de información (sobre lo que se encontrarán en el destino) y traslado se han abaratado. ¿Los móviles, la digitalización, la información que fluye en todas las direcciones? Pues, en parte, sí.
Lo que no siempre tenemos tan en cuenta es que eso también vale para la inmigración más cualificada. ¿Un alemán en Singapur? Hace 30 años, a este tipo le costaba encontrar una cerveza que le gustase; no veía a su madre, que vive en Stuttgart, más de un par de veces al año; el papeleo del cambio de residencia le atemorizaba; y su casa en Mallorca tenía claro que estaría cerrada 51 semanas al año. Ahora, este mismo profesional habla con su madre cada día, tiene un proveedor de Paulaner (caro, pero se la lleva a casa) y, como negocie bien lo del teletrabajo, pasa dos mesecitos al año en las Baleares.
Y que sean pocos (y no son tan pocos) no deberíamos llevarnos a minimizar el problema. Porque si los pocos son de los mejores, el agujero que dejan es muy grande. Entre los alemanes que se marchan al extranjero, un 75% tiene título universitario, un perfil muy diferente al de los que llegan de fuera. Y cuando hablamos del «agujero» que dejan estas personas, no pensamos slo en el evidente desequilibrio fiscal, también podemos mirar a la productividad, emprendimiento, inversión, etc.
Además, no olvidemos que estamos ante un círculo vicioso que se va estrechando. Los pocos que se van incrementan la presión (un poquito cada uno) para los que se quedan, que tienen que pagar más para sostener al conjunto. Ese (pequeño) incremento hace que el incentivo para irse sea un poquito más alto. Y esto provoca que algunos que no se iban a ir, ahora sí lo hacen. Esa salida vuelve a incrementar (un poco) la presión para los que se siguen quedando. Y así sucesivamente.
Las grandes cifras macro siempre son la suma de las decisiones de millones de personas. ¿Y qué empuja esas decisiones? Pues, en primer lugar, los incentivos. En Europa deberíamos pensar también en cuáles son los incentivos que enfrentan los que sostienen el modelo

