¿TIENEN FUTURO LOS ACTUALES “SINDICATOS DE CLASE”? DE ELLOS MISMOS DEPENDE

Por primera vez en 10 años, los sindicatos han salido a la calle el Primero de Mayo sin reivindicar la derogación de la reforma laboral y la de pensiones, conseguidas (con claroscuros) apenas hace unos meses. Pero afrontan también desde hace años la revolución tecnológica como nuevo problema que la pandemia ha acelerado, una tarea que requiere cambios muy rápidos en unas estructuras pensadas para otros ritmos.

 

La tasa de desempleo supera el 13%, el salario más frecuente no alcanza los 19.000 euros al año (1.583 euros mensuales), en el último año han muerto 600 personas en el trabajo y la brecha salarial entre mujeres y hombres alcanza el 19%.

 

La transición tecnológica, la automatización, el teletrabajo o el uso de inteligencia artificial expondrán a millones de trabajadores a cambios inmediatos e incluso la figura del trabajador asalariado puede entrar en cuestión con el avance de las plataformas digitales. Este es un reto al que también deben responder los sindicatos, no solo los partidos políticos, y, al igual que estos últimos, se encuentran con que las generaciones más jóvenes mantienen un claro desapego ante estructuras y estrategias sindicales envejecidas y todavía mal adaptadas a los problemas del nuevo trabajo. El escepticismo puede estar justificado, pero también lo está la certidumbre democrática de que nada mejoraría para el trabajador sin la existencia de los sindicatos. Su supervivencia dependerá de que sepan mostrar que son imprescindibles para lograrlo.

 

La defensa de los derechos sociales ha sido un logro histórico de los sindicatos, pero el gran problema es “la descentralización de la producción”. Los sindicatos se formaron en lugares con un elevado volumen de trabajadores y esta densidad se ha diluido y el sentimiento sindical es tan fino como una hoja de papel.

 

La historia de Europa evidencia que sin sindicatos fuertes no existe prosperidad. La tasa de sindicación en 2019 (últimos datos disponibles) de Dinamarca (67%), Islandia (90,7%), Suecia (65,2%) o Finlandia (58,8%) En España este dato era de un escaso 12,5%. CC OO —siguiendo sus propios datos— tiene unos 980.000 afiliados, una cifra similar a la de UGT. Aunque los índices de empleados cubiertos por convenios colectivos marcan otros números: Dinamarca (82%), Islandia (90%), Suecia (88%), Finlandia (88,8%) y España (80,1%). Los mejores registros de empleo, productividad y salarios se alcanzan cuando los convenios colectivos sectoriales establecen marcos generales y dejan los detalles de las negociaciones a la empresa

 

Antes primaba la lucha por el interés general, ahora solo manda el egoísmo: los transportistas protestan, los agricultores protestan, los pensionistas protestan,…, todos quieren que les resuelvan ‘su’ problema y al final los sindicatos son deudores de esas reivindicaciones. Da la sensación de que las respuestas que le llegan hoy a la clase obrera (sobre todo a los jóvenes) vienen en forma de pastillas o teclas. De un lado, medicando su angustia (ante el deterioro progresivo de su salud mental) y de otro, arropándose (o escondiéndose) en la tecnología. La pérdida de la fe es grave, porque con ella se abandona la esperanza. Y los sindicatos clásicos han perdido mucha.

 

Mientras, la conciencia de clase trabajadora se diluye. La socialdemocracia estuvo basada en el modelo fordista [trabajo en cadena] y apelaba a las necesidades clásicas del trabajador asalariado. Con los cambios tecnológicos, la globalización, la transición al sector de los servicios esa figura de empleado asalariado es menos frecuente Debido a las transformaciones que ha habido en la economía, resulta cada vez más difícil hablar de esa conciencia. Además, en otros tiempos, el sindicato era omnipresente en la sociedad. Ahora lo es menos. Por lo tanto, el concepto de clase, marcado por su capacidad de vender su fuerza de trabajo y articular sus demandas a través de los sindicatos, se vuelve difuso.

 

Buena parte del empresariado español ve al sindicato como una agresión, tiene un concepto casi de cortijo de su empresa. Un modelo autoritario y depredador que aspira a competir por la vía de pagar pocos salarios y tener empleo precario y ahí un sindicato sobra

 

Alumbran rayos de optimismo. En estos últimos cuatro años el movimiento sindical en España tiene mucho más reconocimiento, no solo entre los trabajadores, si no por parte de la sociedad, que hace cinco. El diálogo social entre patronales y sindicatos es cada vez más frecuente. Pero corregir el impacto que han dejado dos crisis mundiales, será muy difícil. Las sociedades se han desvertebrado y la gente tiene miedo por su futuro. Por eso el sindicato no solo tiene que representar sino organizar.

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