«SÁNCHEZ NO CAMBIA DE OPINIÓN, CAMBIA DE ALMA»

En 1979 Felipe González renunciaba en el XVIII Congreso a seguir siendo secretario general. Lo hacía en un discurso célebre, aquél del «hay que ser socialistas antes que marxistas». Un discurso en el que también afirmaba que el partido tenía un compromiso con la transformación de la sociedad pero de manera democrática, para lo cual tenía que contar con la mayoría, y que la Constitución que apenas echaba a andar, era «la que nos permite vivir en paz y en libertad».

Pedro Sánchez justifica la amnistía apelando a que, en el pasado, siempre hubo resistencias a medidas y leyes progresistas, y, al final, «la derecha» y la ciudadanía española en su conjunto ha aceptado esos cambios. Así pasó, nos dice, con el divorcio, el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la eutanasia y al final todos tan contentos y progresistas. Pues lo mismo con la amnistía.

 

Su idea es la siguiente: el PSOE, con la vitola «progresista», puede pactar con cualesquiera partidos –también los que convencionalmente no son tenidos por progresistas- cualesquier medidas, incluso aquello que hasta ayer mismo era tenido por inconstitucional, políticamente indigerible o moralmente inaceptable. Así y todo ese acuerdo se verá irradiado de progresismo y santificado porque así se evita que gobierne «la derecha o la ultraderecha». Y tiempo después la sociedad española habrá metabolizado el sapo. Si por el camino hay alternancia política y una nueva mayoría «no progresista» intenta, siquiera sea tímidamente, modificarlo, se nos recordará que los «derechos conquistados», el «progreso alcanzado» han llegado para quedarse.

 

Y mientras tanto pareciera bastar la vitola, la marca y un buen rebaño dispuesto a aceptar que no haya líneas rojas alguna.. El año próximo se cumplirá el vigésimo aniversario de una ley que inauguró toda una cultura en torno a la prevención y erradicación de la llamada «violencia de género». Una cultura y todo un aparato institucional colosal, que ha incluido la creación de una jurisdicción especial, protocolos y reglas de actuación, pero aún así llevamos 53 mujeres en lo que va de año presuntamente asesinadas por motivaciones machistas.

 

¿Bajo qué condiciones cabe decir que un «gobierno progresista» fracasa en ese ámbito, o que lo ha hecho el despliegue de la Ley Integral de Violencia de Género? Me temo que bajo ninguna: basta con que se tenga por, y se le tenga por «progresista» al Gobierno de turno liderado por el PSOE.

 

La pregunta es, en definitiva, en qué se traduce la alternancia y el pluralismo político, esa «transformación democrática de la sociedad» a la que se refería Felipe González en 1979. Hay que ser demócratas antes que socialistas y eso significa aceptar el pluralismo y, como ciudadanos, no comulgar con ruedas de molino, con dar por bueno cualquier gato del «¡que viene la derecha!» por la liebre de un progreso solo labial en la boca de un mentiroso patológico.

 

Lo preocupante, según los propios socialistas, es que un país se ponga en almoneda por la necesidad de formar un Gobierno, por adquirir siete votos de los independentistas convictos. Les preocupa que se juegue a la política y se desdibuje la acción pública por el interés de estar en el poder.

 

La mayoría de los socialistas están ahora mismo donde estaba el PSOE antes de firmar los pactos con los independentistas. Están donde estaba el PSOE antes de ir a las elecciones. Están donde estaba el PSOE cuando dijo cuál era su programa de gobierno. No les dijeron que iban a hacer un acuerdo y que iban a hacer una ley de amnistía, ni que iban a dar la posibilidad de transferir la Caja Única de la Seguridad Social al Gobierno Vasco, ni que iban a condonar la deuda de Cataluña (las deudas de cada quien que las pague cada quien). Para ellos eso es faltar a la igualdad entre los españoles y eso es faltar a la solidaridad entre los territorios de España. Artículo uno y dos de la Constitución.

 

Todos los parlamentarios del Congreso y el Senado, todos los que han votado a favor de este acuerdo y a favor de este Gobierno en el Parlamento, en el Congreso de los Diputados todos han jurado guardar y hacer guardar la Constitución. Si aquí hubiera delito de perjurio, como lo hay en Estados Unidos, no tan limitado como está en el Código Penal español, habría que hablar de perjuros.

 

En los acuerdos, en el preámbulo del acuerdo con Junts se dice, por ejemplo, que Cataluña es el único territorio de España que se rige por un Estatuto que no ha votado la ciudadanía. Se refiere a la parte que el Tribunal Constitucional declaró inconstitucional. Y eso es mentira. En Andalucía, por ejemplo, el Estatuto de Autonomía fue corregido por el TC en lo que se refiere a la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir… Se dijo que eso no era constitucional y se eliminó ese artículo.

 

Se está intentando deconstruir España, la España que nació de la Transición, del acuerdo entre personas y personajes de las más diversas tendencias y trayectorias. La gente procedente de la derecha más recalcitrante apostó por este Estado. Y nacionalistas catalanes y vascos apostaron por este Estado. Y los catalanes dijeron que ellos, con esta Constitución, ya se habían autodeterminado. Lo dijeron por boca de Trías Fargas. Y sus descendientes están trampeando permanentemente.

 

La verdad es que el PSOE actual no tiene las mismas prioridades, ni siquiera transmite un proyecto para la sociedad española, como ha transmitido el PSOE desde la Transición. ¿Ahora, hacia qué destino se nos propone caminar? ¿Hay un destino, un horizonte? ¿O hay simplemente una adecuación permanente y sucesiva a los resultados electorales para poder mantenerse en el poder?. A España le están llevando a la crispación, a la división, a la confrontación. Ha habido un empoderamiento consentido del nacionalismo secesionista y ha habido un retorno, por otro lado, de la ideología nacional católica y de la división de España en buenos y malos.

 

Teniendo en cuenta los procesos que se han vivido en los últimos años, las últimas elecciones han sido una consecuencia muy clara de los males profundos por los que estaba pasando la sociedad española y de la exacerbación de esas confrontaciones. Hay una diferencia entre el momento actual y el momento en el que se produjo la Transición y es que la vida transcurre mucho más deprisa ahora que entonces. La información -sea verdadera o falsa- se produce minuto a minuto. Llo que llaman impactos, se extienden a toda la sociedad instantáneamente. Y esos impactos producen reacciones no solo intelectuales, sino que producen relaciones sentimentales y reacciones internas muy fuertes. Eso crispa mucho

 

Aquí se ha corrido mucho, mucha gente al mismo tiempo y cada uno para coger su sitio en sus respectivos territorios y no ha habido una orientación, una reflexión que hiciera posible que todo el mundo pensara qué era lo mejor para el país, no para él mismo.

 

Antes había mucho más respeto y ahora el respeto brilla por su ausencia. El respeto entre los grupos políticos y sus representantes, entre los grupos políticos y la sociedad… Hhay que respetar más a la gente a la hora de decirle cosas, proponer cosas para construir algo. Hay que dejar hablar a las instituciones. Son las instituciones la que tienen que pronunciarse. Las instituciones y los poderes del Estado. Pero las instituciones lo primero que tienen que hacer es hacerse respetar por sí mismas.

 

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