ORIGENES Y FUTURO DEL SINDICALISMO

Las primeras organizaciones sindicales datan del S.XIX, y su nacimiento aparece como la toma de conciencia personal de un sector social en su naturaleza infrahumana de asalariado reaccionando ante las condiciones laborales creadas por un capitalismo voraz y despiadado.

 

Se constituyen como órganos de defensa de los trabajadores frente a los intereses de los empresarios. Con la revolución industrial y el proceso de proletarización, los sindicatos fueron consolidándose como organizaciones de masas y ciertas ideologías las utilizaron como instrumentos políticos y órganos de lucha al servicio de ellas. Esta circunstancia hace que los sindicatos se hayan encontrado ligados al concepto de lucha de clases, sin embargo, a partir de la encíclica Rerum Novarum del papa León XIII (1891) los sindicatos católicos apostaron por un modelo de sindicalismo basado en la colaboración entre patronos y obreros y alejado del “dogma” de la lucha de clases.

 

LIBERALISMO Y CAPITALISMO

Con la aparición de las obras “El contrato social” y “Discurso sobre el origen de la desigualdad” de Jean-Jacques Rousseau; “La riqueza de las naciones”, y “Teoría de los sentimientos morales” de Adam Smith, nace el liberalismo político y el capitalismo económico: “todo debe ser sometido a la voluntad popular, no existen verdades absolutas y la mano invisible debe ser la que regule el mercado”. El liberalismo y el capitalismo económico han ido siempre de la mano. Capitalismo y liberalismo económico nacieron juntos pero son cosas distintas.

 

El capitalismo es la supremacía del capital: colocar el capital en el centro de los procesos de producción, atribuyéndosele en exclusiva el derecho a la propiedad de los medios de producción. Y el liberalismo económico es la mano invisible, es dejar que los recursos se asignen de una forma más o menos espontanea pensando que eso va a producir el mayor bien para el mayor número de personas.

 

EL NACIMIENTO DEL SOCIALISMO

Un siglo después, Marx no formula una explicación única acerca de la crisis económica capitalista sino tres: la crisis económica asociada al aumento de la composición orgánica del capital, la crisis derivada de la concentración de capital y de la proletarización progresiva de la sociedad y, finalmente, la crisis por superproducción. Esto daría un sentido justo al nacimiento del socialismo.

 

Según la teoría marxista la Tasa de Ganancia a lo largo del tiempo tiende inevitablemente a su reducción por un aumento de la composición orgánica de capital, que está simbolizada por la relación entre capital fijo y capital variable. El Capital Fijo es lo que entendemos como capital y el Capital Variable sería el trabajo. Siendo las Tasas de Ganancia la rentabilidad marginal del capital, o sea, el beneficio necesario para que el capital se reinvierta y el sistema económico siga funcionando.

Como el capitalismo tiende a la sustitución de trabajo por capital y a la acumulación en unas pocas manos de la propiedad, esto implica que la Tasa de Ganancia inevitablemente disminuye, con lo cual aumenta la Tasa de Explotación que está directamente relacionada con la plusvalía o valor añadido, que en un sistema capitalista va a parar a manos del capitalista o empresario en detrimento de la clase trabajadora.

 

Pero la propiedad privada no es el origen de todos los males sociales. La propiedad privada es la proyección del hombre sobre sus cosas. Es un atributo esencialmente humano. Somos dueños de nuestro trabajo y de esa manera nos proyectamos sobre la naturaleza y la transformamos. El capitalismo es la destrucción de ese derecho que todos tenemos a ser dueños de nuestro trabajo y del fruto de él.

 

No solo habría que diferenciar entre propiedad privada y capitalismo, puesto que son dos conceptos antagónicos. Con el capitalismo, el empresario no se limita a comprar el fruto del trabajo sino que compra el trabajo en si mismo. Siendo el salario el precio del trabajo. El trabajo es un atributo esencialmente humano y el salario, al final, es una cantidad que se percibe y es una vía de deshumanización.

 

En la antigua Roma se consideraba al asalariado al mismo nivel que al esclavo, porque de alguna manera se entendía que se vendía a sí mismo. La doctrina social de la Iglesia nos dicta que hay que intentar conseguir que cada uno sea dueño de su trabajo como vía de realización personal, no solo desde el punto de vista económico para conseguir un medio de subsistencia, sino para poder mantener esa relación del hombre con sus cosas, la naturaleza que le rodea y su entorno.

 

Armonizar el capital con el trabajo es la mezcla del agua y el aceite. Son bienes de naturaleza completamente distinta y la armonización es imposible. El fascismo lo intentó y no dejó de convertirse en una especie de capitalismo retardado que pretendía atemperar sus abusos sociales pero sin alterar la esencia del sistema.

 

El trabajador, a cambio de un salario fijo, deja de ser propietario del fruto de su esfuerzo, está renunciando a sí mismo porque al renunciar a su trabajo está rehusando una parte de su humanidad. El precariado tiene diferentes relaciones de producción o relaciones de trabajo. A diferencia de lo que es común en el proletariado, el precariado tiene un empleo inseguro, inestable, cambiando rápidamente de un trabajo a otro, a menudo con contratos incompletos o forzados a puestos de trabajo negociados e intermediados mediante agencias.

 

MULTINACIONALES Y GLOBALIZACIÓN

El materialismo histórico se ha adueñado de todo, el marxismo compagina sus abusos con los excesos del capitalismo, el fenómeno del desempleo sigue siendo un fenómeno masivo, que a pesar del Estado del Bienestar y de todas las medidas de protección social que se han creado, se une a las desigualdades existentes, la pobreza y la terrible división del mundo en zonas de explotación.

 

La sociedad abierta que defiende el neocapitalismo se basa en la eliminación de las estructuras básicas de resistencia como son los Estado-Nación, las identidades culturales de los pueblos, el sentido espiritual ante la vida, la familia como célula básica de convivencia social, y conseguir amaestrar a los sindicatos, supuestamente de clase, haciendo que sigan los dictados ideológicos homogeneizadores. El mayor enemigo del Estado del Bienestar y del sistema de protección social se encuentra en nuestros días en el desvío de dinero destinado a la protección social de las familias hacia estructuras de propaganda afincadas en las administraciones públicas que controlan.

 

Los procesos de deslocalización han llevado al mundo a una superproducción de materiales y bienes en países donde los derechos sociales de los trabajadores se encuentran muy alejados de las conquistas occidentales. Países donde los costes laborales son ridículos, consiguiendo producir e inundar todo occidente con esos bienes, anulando su competitividad productiva y generando desempleo o forzando la paupérrima situación de las bajadas salariales.

 

Otro elemento que atenta contra los Estados del Bienestar se localiza en su empeño suicida para alentar la inmigración hacia Europa, subvencionándola, y así, controlar desde la gobernanza global los sistemas de inmigración. Mientras tanto las consecuencias la pagan los de siempre, los migrantes que se exponen a la muerte por la búsqueda de un futuro mejor, y los trabajadores locales con el freno de la productividad como consecuencia de las modificaciones salariales a la baja. En la lógica neoliberal, en un sistema de libre-cambio, los salarios tienden a uniformarse a la baja en todos los países y el efecto es una disminución de la demanda y la tendencia a una sobreproducción mantenida en el tiempo.

 

 

LOS SINDICATOS HOY

El nombre sindicato procede del griego syndikos (hacer justicia) y su finalidad es defender y promover los intereses de los trabajadores frente a los empresarios.

 

Precedente del sindicalismo fueron los gremios medievales, que agrupaban a los artesanos de determinados oficios, regulando la producción con todo detalle. A finales del siglo XVIII, surgieron en Inglaterra las primeras asociaciones de obreros, denominadas de «socorro mutuo», con el objetivo de lograr mejoras laborales y salariales, y operando como cajas de resistencia para protegerse en caso de enfermedad, desempleo o huelga. La respuesta de la clase dominante fue la promulgación de la «Combinations Laws», mediante las cuales se ilegalizaba el asociacionismo de los trabajadores, se facilitaban las denuncias de los empresarios y se posibilitaba la intervención del Ejército.

 

La legislación inglesa seguía el ejemplo de la francesa que, en 1791, implantó la ley Le Chapelier, que instauraba la libertad de empresa y proscribía las asociaciones y corporaciones gremiales de todo tipo. Es reconocida por su efecto de prohibir la libertad de asociación. A pesar de estas medidas represivas, la total desprotección de los trabajadores frente a los abusos de los empresarios -prolongadas jornadas de trabajo, empleo infantil, mujeres mal remuneradas, fábricas insalubres, hacinamiento, despidos sin indemnización-, les empujó a seguir luchando y organizándose.

 

Las asociaciones obreras británicas pasaron a la clandestinidad hasta que en 1824, un movimiento obligó al Parlamento a derogar aquellas leyes. En 1829 se fundó la Gran Unión de los Hiladores y Tejedores a Destajo de Gran Bretaña y la primera central sindical de todos los oficios de la historia, la Asociación Nacional para la Protección del Trabajo. Agrupaba 150 sindicatos con 100.000 miembros. En Francia las reivindicaciones del derecho a asociarse y de la jornada laboral de diez horas alcanzaron su apogeo en la revolución de 1848.

 

Esquemáticamente hoy en día se pueden encontrar los siguientes tipos de sindicatos:

 

  • Sindicatos de oficio u horizontales. Se organizan por oficios o actividades profesionales de los trabajadores. Es el criterio que prevalece en los orígenes del sindicalismo, y que encuentra sus mejores expresiones en el sindicalismo británico o norteamericano (un supuesto característico es el de la American Federation of Labour norteamericana). Actualmente resurge como criterio utilizado por el sindicalismo representativo de cuadros o de sectores profesionales con alta cualificación (sindicatos de pilotos de aviones, de conductores de locomotoras, médicos, etc.).

 

  • Sindicatos de industria o verticales. Agrupan a los trabajadores por sectores o ramas de actividad. Es un tipo de sindicalismo que se desarrolla con el sistema de producción industrial, agrupando a masas de trabajadores esencialmente manuales y no especializados localizados en centros fabriles. Éste es el modelo predominante entre las organizaciones sindicales de la Europa continental. La hegemonía de este tipo de estructura sindical es consecuencia no sólo el dato estructural (la producción en masa genera un sindicato de masas), sino también de la utilización de una estrategia basada en objetivos de solidaridad ampliamente difundidos y apoyados desde la esfera política por partidos laboristas, socialdemócratas o socialistas.

 

  • Sindicatos generales. Se trata de organizaciones que agrupan una diversidad de categorías laborales dentro de un sector y ámbito geográfico. Se desarrolla en el mundo anglosajón, así por ejemplo en el ámbito del transporte (la Transport and General Workers’ Union británica).

 

  • Sindicalismo de empresa. El criterio de agrupación es la empresa. Es un modelo característico de países en vía de desarrollo (con un grado de conformación que dificulta la constitución de estructuras sindicales complejas) o con peculiaridades socioculturales (Japón). Conviene subrayar que existe un tipo de sindicato denominado «sindicato amarillo » («company unions»), que nace en connivencia con la empresa y con el fin de evitar la implantación de sindicatos externos a ésta. En Europa los sistemas jurídicos sindicales adoptan normas que prohíben los sindicatos amarillos (en España el artículo 13. 2º de la Ley Orgánica de Libertad Sindical)

 

 

LA DIVERSIDAD DE LOS SINDICATOS EN EUROPA

Los sindicatos europeos están sometidos a una considerable presión. Su estatus como pilares de un “modelo social” ha sido socavado por la globalización y el neoliberalismo. En el último cuarto de siglo, los sindicatos de toda Europa se han enfrentado a graves desafíos en los que destaca un declive de las industrias manufactureras de gran escala en las que los sindicatos siempre tuvieron una fortaleza importante y el impulso a la privatización en otro bastión principal de los sindicatos, los servicios públicos; esto ha dado lugar al crecimiento de las diversas formas de empleo «atípico». Asociado con todos estos desafíos, aunque de manera compleja, está el proceso de la «globalización», que debilita la capacidad sindical para regular el trabajo y el empleo dentro de las fronteras nacionales en la que están inmersos.

 

El resultado ha sido la pérdida de densidad sindical en las últimas tres décadas. En el Oeste, la disminución en algunos países ha llegado aproximadamente a la mitad, aunque en otros ha sido mucho menos dramática. En gran parte del Este, si el punto de referencia era que lo sindicatos “oficiales” afiliaban a casi el 100% de los trabajadores, las pérdidas han sido aún mayores. La caída de la afiliación induce al agotamiento de los recursos financieros. En algunos países, también ha significado una disminución en la cobertura de la negociación colectiva; principalmente a causa de la existencia de negociación colectiva sectorial, a menudo reforzada por disposiciones legales para la ampliación de los acuerdos a todas las empresas de un sector. Casi universalmente, los contenidos de los acuerdos sectoriales están siendo socavados con cambios que llevan la toma de decisiones hacia la empresa individual. La disminución de la afiliación también se traduce en un debilitamiento de la influencia política.

 

La mayoría de los países nórdicos –Suecia, Dinamarca, Noruega y Finlandia- poseen sistemas de relaciones laborales basados en compromisos de clase institucionalizados entre las organizaciones de trabajadores y empresarios. Estos cuatro países tienen los niveles más altos de sindicalización de Europa. Históricamente todos poseen sistemas de protección de tipo “Gante”, con seguros de desempleo voluntarios, pero subvencionados por el Estado y administrados por los sindicatos. Tales sistemas son vistos generalmente como fuente de fuertes incentivos a la afiliación sindical.

 

El grupo Central –Alemania, Austria, Suiza, los Países Bajos y Bélgica- poseen una larga tradición de diálogo social, a menudo enmarcada en instituciones tripartitas formales. La densidad sindical es relativamente baja, pero en general tienen sistemas de negociación colectiva (en los niveles sectoriales o intersectoriales, o en ambos) combinados con procedimientos para extender los acuerdos a las empresas no firmantes, lo que asegura un nivel más alto de cobertura de la fuerza de trabajo. Los sistemas legales de comités de empresa están normalmente dominados por los sindicatos representativos, incluso en los centros de trabajo en donde sólo tienen una presencia sindical minoritaria.

 

Los países del Sur –Francia, Italia, España, Portugal y Grecia- tienen una historia de fuertes partidos comunistas y movimientos sindicales ideológicamente divididos. La regulación del empleo normalmente depende más de la legislación que de la negociación colectiva.

 

Los países anglófonos, Gran Bretaña e Irlanda, los más próximos a las “economías de mercado liberales”, tienen sólo débiles legislaciones sobre empleo y derechos sindicales. Los sindicatos no están divididos ideológicamente, como es el caso de muchos otros países, pero están relativamente fragmentados a lo largo de divisiones ocupacionales e industriales, con grandes sindicatos generales numéricamente predominantes en ambos países.

 

Los países de la Europa Central y del Este (ECE) que se convirtieron en miembros de la UE en 2004 y 2007 cuando estaban todavía adheridos a un modelo de relaciones laborales de “transición”, caracterizado por débiles y fragmentadas estructuras de representación de intereses y un papel dominante del Estado en la formulación e implementación de los objetivos de la política socioeconómica.

 

Los Estados bálticos, Lituania, Letonia y Estonia, experimentaron una sustancial desindustrialización en los 90s. El trabajo organizado fue en gran parte excluido, y relaciones laborales con alta densidad sindical tuvieron una cobertura de la negociación colectiva extremadamente bajas. En Rumanía los interlocutores sociales eran más fuertes, y la cobertura de la negociación colectiva superior que en los países bálticos. En Bulgaria, la densidad sindical es relativamente baja y ha disminuido aún más. En el extremo opuesto del espectro, Eslovenia se aproxima más estrechamente al modelo de diálogo social de los países del centro. Polonia, Hungría, la República Checa y Eslovaquia han experimentado con economías de mercado ya en la época comunista y en los años que siguieron, preservaron en gran parte sus estados de bienestar y lograron atraer, sobre todo gracias a los generosos subsidios,- inversiones intensivas en capital y de alto valor añadido que transformaron y renovaron su base industrial.

UNA PROPUESTA DE ACCIÓN SINDICAL PARA ESPAÑA

Los sindicatos pueden recuperar la iniciativa: la revitalización requiere estrategia, no sólo tácticas y necesitan recuperar recursos morales perdidos ya que muchos sindicatos han perdido la creencia movilizadora en su propia capacidad para lograr una mejor economía y una mejor sociedad. Los sindicatos han de creer, y demostrar, que un futuro mejor es posible.

 

La crisis político-ideológica de la izquierda implica que el movimiento sindical está obligado a desempeñar un papel político más independiente; un papel político, no en el sentido de la política de partidos, sino en cuanto supone la adopción de una perspectiva política más amplia por lo que respecta a la lucha social. La mayoría del movimiento sindical no está preparada para asumir ese rol hoy en día, pero posee el potencial para hacerlo. Para avanzar en esa dirección, el movimiento sindical debe atravesar por un proceso del cambio, algo que también imponen las nuevas condiciones de lucha creadas por la reestructuración global, el neoliberalismo y la crisis.

 

En España, a los males globales del capitalismo se suman los males políticos que el régimen del 78 ha incorporado a nuestra Nación y que tiene como resultado una pérdida de poder adquisitivo global, la proletarización de la sociedad y los recortes en salarios y derechos sociales.

 

En España el 99,98% de las empresas son pymes y crean el 74% del empleo del país, lo que sitúa a la economía española como una de las más dependientes de las pymes de toda Europa. Esta realidad está siendo atacada por un doble frente: a nivel internacional por las megacorporaciones, las multinacionales y los fondos de inversión, y a nivel local por el atraco del Estado y las distintas administraciones públicas vía impuestos y trabas administrativas.

 

Las grandes corporaciones internacionales van absorbiendo a los pequeños capitales, a las industrias pequeñas, a los pequeños comerciantes. El capitalismo de la mundialización es el gran enemigo del obrero y del pequeño capital, porque absorbe y aniquila las fuentes de producción. El proceso va convirtiendo a los hombres, a los trabajadores, a la cada vez menos gran clase media, en individuos y proletarios, ya sea vía directa, apartándolos de los medios productivos, o por medio del fenómeno del precariado. Por otro lado, España sufre una superestructura administrativa fruto de un sistema autonómico y de una administración paralela que se empeña en mantener a costa de los impuestos a trabajadores, a autónomos y pymes. Estas dos ofensivas tiene como consecuencia que la riqueza huya de las manos de las clases medias, que siguen un proceso de proletarización.

 

Es necesario un cambio de tendencia en la acción sindical que asegure la defensa de los derechos de los trabajadores y para ello es necesaria una nueva filosofía organizacional que represente las necesidades reales de todos los agentes laborales implicados y que garantice la paz y la cohesión social dentro del respeto a la legalidad. Para esto se proponen unas bases que deben inspirar a un sindicato total y solidario:

 

1.- Un sindicalismo solidario debe estar al lado de la propiedad privada frente a la deshumanización de multinacionales capitalistas que tienden a la concentración en pocas manos de la propiedad de los medios de producción. Un sindicato solidario debe huir de la desunión que trae consigo el dogma de la lucha de clases y del individualismo consumista que ve al otro como un bien de consumo

 

2.- El sindicato solidario debe ser un instrumento de capitalización que focalice la plusvalía de la producción hacia una forma de propiedad en las que participen los trabajadores de una empresa: fomento de la promoción de las cooperativas sindicales como forma de propiedad de los empleados en las sociedades.

 

3.- El sindicato solidario debe defender la eliminación de subvenciones públicas a organizaciones patronales y sindicales. Financiación propia del sindicato con renuncia de subvenciones públicas. El actual modelo sindical español se ha convertido en todo un instrumento de corrupción y fraude en provecho de unos pocos “funcionarios sindicalistas” a costa del dinero de todos los contribuyentes.

 

4.- El sindicato solidario debe denunciar las políticas de inmigración ya que han supuesto una fuente de costos muy significativos para las arcas públicas, y han sido utilizadas por las grandes empresas para reducir los salarios y desestabilizar el equilibrio laboral de nuestra sociedad.

 

5.- El sindicato solidario debe defender a los trabajadores de la España despoblada con incentivos y bonificaciones para todos aquellos quienes desarrollen su actividad y tengan su residencia habitual en municipios con una masa poblacional inferior a 5000 habitantes.

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