LOS NIÑOS DEL BABYBOOM EN ESPAÑA

El tema de las pensiones no deja de estar de actualidad porque los baby boomers de todo el mundo están entrando en edad de jubilarse, lo que obliga a las instituciones nacionales, de la UE y otras como la OCDE y el FMI a hacer cálculos y advertencias sobre las presiones fiscales que se avecinan. En este artículo compartimos qué años abarca la generación baby boom en España, cuándo les toca jubilarse y cómo está la situación actual.

En España la generación del baby-boom se retrasó unos doce años respecto a los demás países. Entre 1958 y 1977 nacieron casi 14 millones de niños, 2,5 más que en los veinte años anteriores y 4,5 millones más que en los veinte años siguientes.

 

 

 

LOS NACIDOS E N LOS AÑOS 1950 Y 1960 NO EMPEZARON A TRABAJAR PRONTO POR VOCACIÓN, SINO PORQUE NO TUVIERON OTRA OPCIÓN

Hablar de las personas que nacieron en los años 1950 y 1960 implica retroceder a una etapa histórica marcada por profundas diferencias sociales, económicas y educativas respecto al presente. En aquel entonces, la idea «vocación» apenas existía, y para la mayoría de los niños y adolescentes de estas generaciones, incorporarse al mundo laboral era una respuesta directa a las necesidades económicas de la familia. En zonas rurales, esta realidad era aún más evidente.

 

Los hijos ayudaban en el campo, en la ganadería o en pequeños negocios familiares desde edades muy tempranas, algo que hoy en día resultaría impensable, y el acceso a estudios secundarios era un privilegio reservado a quienes podían permitírselo económicamente. Este fenómeno no solo estaba ligado a la pobreza, sino también a la estructura social y cultural de mediados del siglo XX, en la que la infancia se concebía de manera distinta a la actual

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La obligación de trabajar de quienes nacieron en 1950 y 1960

Para las personas que nacieron en 1950 y 1960, la idea de prolongar los estudios hasta los 25 años no era lo habitual. La mayoría de jóvenes se incorporaba al mercado laboral en cuanto alcanzaba la edad legal mínima o incluso antes, dependiendo de las circunstancias familiares. Sin embargo, este fenómeno no debe interpretarse únicamente desde una perspectiva negativa. Para estas generaciones, el trabajo temprano también generó una cultura de esfuerzo, resiliencia y adaptación.

 

Al ser conscientes tanto de sus capacidades como de sus límites, confían en aquello que pueden hacer. Una de sus principales características es que no pierden de vista sus metas y mantienen la seguridad en sus posibilidades de logro. Sin embargo, al mismo tiempo valoran el trabajo en equipo y no adoptan una postura individualista, ya que también saben identificar cuándo es necesario recurrir al apoyo de otras personas.

 

Para entender el concepto de resiliencia, merece la pena recordar la metáfora del junco y el roble: «Imagina un roble fuerte y rígido frente a un vendaval; su dureza puede hacer que se quiebre si el viento es demasiado fuerte. Ahora imagina un junco; se dobla, toca el suelo, parece vencido, pero cuando el viento cesa, recupera su verticalidad. La resiliencia se parece más a la flexibilidad del junco que a la rigidez del roble».

 

La idea de «vocación» es un concepto relativamente moderno. Generalmente, la vocación profesional se asocia con los intereses, habilidades y experiencias de cada persona, y puede descubrirse en cualquier etapa de la vida, ya sea desde una edad muy temprana o incluso después de haber iniciado ya una carrera profesional. Además, esta pasión por una determinada actividad o profesión puede ir evolucionando con el tiempo.

 

Otro aspecto relevante es la desigualdad de género. Muchas mujeres de estas generaciones no tuvieron siquiera la oportunidad de elegir su profesión, ya que su papel estaba socialmente orientado hacia el cuidado del hogar o hacia trabajos muy concretos y limitados. En este sentido, el acceso mercado laboral no sólo estaba condicionado por la economía, sino también por normas sociales rígidas que definían el rol de cada individuo desde la infancia.

 

En conclusión, las personas nacidas en los años 1950 y 1960 comenzaron a trabajar en edades tempranas en la mayoría de los casos por necesidad económica y social.

 

Tolerancia a la frustración

Un estudio publicado en The Journal of Pediatrics, firmado por Peter Gray, David Lancy y David Bjorklund, plantea que la disminución de las actividades independientes en la infancia y la adolescencia podría estar relacionada con un deterioro del bienestar psicológico en las nuevas generaciones. El trabajo sugiere que acciones como jugar libremente, moverse sin supervisión constante o tomar pequeñas decisiones por cuenta propia contribuyen a desarrollar una percepción fundamental: la sensación de que uno puede influir en lo que le sucede.

 

Las personas que nacieron en 1950 y 1960 pasaban tiempo jugando en la calle, iban de un lado a otro sin la presencia constante de adultos y resolvían sus conflictos entre ellos. En este contexto, la ausencia de supervisión era una realidad social y cultural, en la que las familias tenían otras dinámicas y los ritmos eran distintos.

 

«El nivel de tolerancia a la frustración en parte es innato, pero también es susceptible de aprendizaje. Por eso una persona que de pequeño se enfada y se irrita por todo lo que le es incómodo, poco a poco, en la medida que va creciendo, puede ser más capaz de contenerse. En general los bebés tienen la tolerancia a la frustración mucho más baja (aunque hay diferencias enormes entre cada uno de ellos), y ésta puede ir aumentando. Y ¿de qué depende que aumente? De si tienen unas figuras de progenitores que le hacen vivir buenas experiencias y le contienen el malestar; y si es capaz de conservar estas figuras dentro de él. Esto le dará una seguridad interna y una imagen positiva de sí mismo, que le permitirá poco a poco ir tolerando más la adversidad», explica la Fundación Orienta.

 

LOS NIÑOS DE LOS 60 Y 70 NO ERAN MÁS FUERTES POR LA CRIANZA, SINO POR EL ABANDONO COTIDIANO QUE VIVÍAN

¿Por qué los niños de los 60 y 70 eran más fuertes? En aquel entonces, el aburrimiento, la imaginación y la creatividad iban de la mano, algo impensable a día de hoy. Muchos psicólogos advierten de la sobreestimulación a la que están sometidos los niños en la actualidad. Los padres buscan constantemente algo con lo que se puedan entretener, incluso en épocas de vacaciones. Sin embargo, muchas veces logran el efecto contrario al que buscan, ya que los más pequeños se vuelven más dependientes. Gracias al aburrimiento, desarrollan la autonomía personal, el pensamiento propio, desarrollan la imaginación y abren su mente a nuevas ideas.

 

En este contexto, un nuevo metaanálisis ha puesto el foco en la «infancia moderna» y el control por parte de los padres. Según los investigadores, cuando los padres son excesivamente protectores con sus hijos, estos tienden a mostrar niveles más altos de depresión y ansiedad a medida que crecen. Si bien no se ha podido demostrar una relación de causa y efecto, el estudio sugiere que la constante intervención por parte de los padres puede ser perjudicial a largo plazo.

 

El ‘secreto’ de los niños de los años 60 y 70

El artículo reúne los resultados de 52 investigaciones en un metaanálisis diseñado para identificar patrones que a veces pasan desapercibidos en trabajos individuales. Qi Zhang, de la Universidad de Wisconsin-Madison, junto a Wongeun Ji, de la Universidad Global de Handong, detectaron asociaciones pequeñas pero constantes entre la sobreprotección parental y problemas como la depresión y la ansiedad.

 

Este tipo de síntomas engloba dificultades emocionales internas como la preocupación continua, la tristeza o el aislamiento social. La mayoría de los participantes analizados rondaban los 20 años, por lo que los resultados reflejan la realidad de adolescentes y adultos jóvenes. Además, la relación se mantuvo en distintos contextos culturales y niveles económicos, lo que sugiere que no se trata de un fenómeno aislado.

 

Al contrario de lo que muchos padres creen, la sobreprotección no equivale a implicación saludable. Se caracteriza más bien por una intervención constante de los adultos incluso en situaciones menores: desde mediar en conflictos triviales entre amigos hasta intervenir en tareas escolares o decisiones deportivas. Una revisión sistemática de 2022 liderada por Stine L. Vigdal apunta a que existe relación con ansiedad y depresión, aunque advierte que no está claro qué es causa y qué consecuencia, ya que ambas pueden retroalimentarse.

 

En este contexto, la autorregulación aparece como una habilidad clave. Se trata de la capacidad de gestionar emociones y comportamientos sin depender continuamente de otros. Marc Brackett, del Centro de Inteligencia Emocional de Yale, define esta competencia como un conjunto de habilidades que se aprenden con la práctica, a menudo a través de experiencias imperfectas y momentos de incomodidad.

Algunas investigaciones también han puesto el foco en el papel del juego libre. En 2022, Yeshe Colliver y su equipo analizaron datos de más de 2.200 niños en el Estudio Longitudinal de Niños Australianos y observaron que el tiempo dedicado al juego no estructurado en la etapa preescolar se relacionaba con una mejor autorregulación años después. Asimismo, estudios como el de Mariana Brussoni han señalado beneficios del llamado “juego arriesgado”, aunque aún se requieren más evidencias sólidas.

 

Otro factor relevante es el entorno. Un informe del Policy Studies Institute para la Fundación Nuffield, basado en más de 18.000 niños de 16 países, reveló que la movilidad independiente es cada vez menor, en gran parte por el tráfico. A esto se suman normas escolares más restrictivas, centradas en evitar riesgos más que en fomentar el juego activo.

 

En conjunto, los expertos subrayan que no se trata de dejar a los niños sin supervisión como en los años 60 y 70, sino de ofrecerles oportunidades adaptadas a su edad para tomar decisiones, afrontar frustraciones y resolver pequeños problemas por sí mismos. Aunque la evidencia aún presenta matices, la tendencia general apunta a que la resiliencia se construye en experiencias cotidianas.

 

Los beneficios del aburrimiento

Cuando aparece el aburrimiento por falta de estímulos o de juguetes a mano, muchos niños se encuentran con algo muy valioso: tiempo libre. Lejos de ser un problema, este momento puede convertirse en una oportunidad para desarrollar habilidades clave. Ese «¿y ahora qué hago?» activa procesos como la imaginación o el pensamiento simbólico.

 

Diversos estudios apuntan a que, ante la ausencia de estímulos constantes, los niños tienden a implicarse más en el juego activo para combatir el aburrimiento. Además, el aburrimiento puede impulsar el desarrollo cognitivo. La necesidad de salir de ese estado actúa como motor para que el niño explore su entorno, resuelva pequeños problemas y ponga en marcha su creatividad. También implica aprender a gestionar emociones negativas, algo fundamental en su crecimiento. Aunque muchos padres intentan evitar ese malestar, permitir ciertos momentos de aburrimiento ayuda a retrasar la gratificación inmediata, mejora la tolerancia a la frustración y fomenta la capacidad de encontrar soluciones por sí mismos.

 

Fuentes:

La psicología desmonta el mito: los niños de los 60 y 70 no eran más fuertes por la crianza, sino por el abandono cotidiano que vivían

La psicología lo deja claro: las personas que nacieron en los años 1950 y 1960 no empezaron a trabajar pronto por vocación, sino porque no tuvieron otra opción

 

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