LA SOBERANÍA Y LA FELICIDAD DE LOS ESPAÑOLES, EN PELIGRO

Hoy la libertad está amenazada y ninguna democracia real está a salvo.

 

Los cambios en las naciones se deslizan de manera imperceptible y se acomodan a nuevos escenarios hasta que la trayectoria resulta irreversible. Países que fueron ejemplo de convivencia acabaron como nido de víboras, y otros que no sabían organizarse son hoy, gracias al buen uso de los principios democráticos, grandes ejemplos de bienestar.

 

Según el «World Happiness Report» de 2022, Finlandia encabeza la clasificación de los países más felices por quinto año consecutivo, a continuación se encuentran Dinamarca, Suiza, Islandia, los Países Bajos, Noruega y Suecia. En estos países, en general, la gente es generosa, benevolente, sencilla y respetuosa con la naturaleza y con los demás. Los ciudadanos son libres, responsables y críticos.

 

Mientras tanto España ocupa el puesto vigésimo séptimo, por detrás de la República checa, de Costa Rica, de Israel o de Arabia Saudí, y por delante, eso sí, de Italia, y también de Portugal y Grecia. Lo cierto es que últimamente España está indignada, sufre las insidias de quienes, desde su acomodo, ajustan la realidad a sus deseos sin importarle lo que incida destructivamente en los otros.

Nos solemos referir al Parlamento como la sede de la soberanía popular, esto es, el lugar donde se ubica el poder de la Nación de ciudadanos en las sociedades libres. No obstante es un error confundir soberanía con representación pública. La representación temporal obtenida mediante el voto no sustituye ni suplanta la soberanía del representado. El parlamento es institución de representación pública, pero no sede de la soberanía. La sede real de la soberanía es el pueblo formado por todos los ciudadanos que integran la Nación dentro de unos límites geográficos, históricos y culturales.

 

En la democracia española, seguir la vida parlamentaria da que pensar la distancia abismal entre la idea de representación y la realidad. Sus señorías han llegado allí en listas cerradas de partidos, no por sus méritos sino por intereses. Simplemente representan a quienes les han seleccionado. Hay señorías que medran en los partidos como forma de vida; jamás les ha quitado el sueño el interés de España. De hecho, en las Cortes tenemos señorías que buscan imponer a toda la Nación de españoles sus particulares querencias ideológicas al margen del orden constituido, esta realidad expresa la disfuncionalidad de nuestro sistema electoral de representación que sirve a las oligarquías de los partidos, pero no a la Nación.

 

Se va implantando un nuevo caciquismo a través del endeudamiento de los españoles por políticas expansivas e irresponsables del gasto público, cuyo fin real es alimentar clientelas con fines de control electoral. El resto de las instituciones del Estado, neutrales o independientes, como la Corona, el Consejo de Estado o el Banco de España son ninguneadas o cuestionadas. La democracia española avanza hacia el autoritarismo populista a costa de la integridad constitucional y las libertades.

 

La II República empezó anteponiendo la ilusión populista de unos al consenso democrático y, en pocos años, atentó contra las libertades. Ahora las esperanzas de la Transición y la Constitución colapsan en la creciente degradación actual. Es curioso, los mismos partidos —socialistas, comunistas y nacionalistas— que mandaban en 1936-1937 son los que ahora mandan. Entonces decían: “En cuanto caiga el gobierno de Azaña, habrá una República Soviética en España” (Largo Caballero, febrero 1936). Ahora Sánchez dice (2021): “Largo Caballero actuó como queremos actuar hoy nosotros”.

 

Los cambios en las naciones se deslizan de manera imperceptible y se acomodan a nuevos escenarios hasta que la trayectoria resulta irreversible. Países que fueron ejemplo de convivencia acabaron como nido de víboras, y otros que no sabían organizarse son hoy, gracias al buen uso de los principios democráticos, grandes ejemplos de bienestar.

 

Frente a todo ello, la clave de la democracia a largo plazo consiste en tener una masa crítica imprescindible de ciudadanos libres, responsables y críticos:

 

Ciudadano libre. Ser libre es una actitud vital de lucha por la autonomía personal y económica. La autonomía personal se asienta en virtudes para construir el proyecto vital personal con voluntad y dedicación. La autonomía económica individual guarda relación con la economía nacional solvente, productiva y competente. Pero la economía subsidiada basada en el gasto improductivo, la deuda y el déficit crea ciudadanos dependientes en la espiral del empobrecimiento moral y material; nutrientes del autoritarismo destructor de libertades.

 

Ciudadano responsable. La responsabilidad individual por los propios actos de la libertad individual en las decisiones personales, el trabajo y el compromiso social.

 

Ciudadano crítico. La capacidad crítica, más allá de las deseos, anhelos y opiniones, viene dada por la autodisciplina que impone la independencia personal y el principio de realidad.

 

En resumen: ser libre es permanente y ardua conquista personal frente a influencias, engaños, dependencias y manipulaciones. Ser ciudadano soberano depende fundamentalmente de factores internos, del esfuerzo y compromiso personal consigo mismo y con la comunidad, lejos hedonismo y del “principio del mínimo esfuerzo” que, desgraciadamente, se ha implantado en España incluso ya desde la misma educación básica. Hoy, con la perspectiva de los últimos 40 años de democracia puede afirmarse que la soberanía nacional de los españoles sufre un retroceso por devaluación, y, las libertades ciudadanas, de regresión por adoctrinamiento.

 

A través de la Historia, la emergencia del ciudadano libre sólo ha sido posible, en determinados momentos, y el resto de la experiencia social humana es la historia de la dominación con distintas denominaciones: tiranías, monarquías absolutas, repúblicas socialistas, nacionalismos étnico-identitarios…

 

Hoy las sociedades libres están en regresión; sufren el asedio de la expansión del populismo autoritario mediante la guerra cultural de imposición ideológica que coloniza la mente y la conducta de los ciudadanos como estrategia de control y permanencia en el poder. Élites de partidos y corporaciones utilizan los recursos públicos y privados para “domesticar” a la masa de población a través de los medios de comunicación, las instituciones del Estado, singularmente la educación, los medios públicos y subvencionados.

 

Si los ciudadanos no están libres de adoctrinamiento

la decadencia moral del país está asegurada

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