«Todo apunta a un futuro dominado por la mentira acompañada de la polarización. Sánchez no tiene ya otro recurso que intensificar el uso de las dos»
En política, las palabras a menudo son armas. Pero en la España actual se observa que la mentira ya no es un recurso ocasional, sinoundamental para los políticos que han hecho del oportunismo su modo de vida. Es el lubricante que mantiene en marcha carreras que de otro modo habrían gripado.
El caso de Irene Montero es paradigmático. De cajera en un supermercado pasó en pocos años a ser ministra de Igualdad y, tras la debacle electoral de Podemos, encontró refugio como eurodiputada en 2024. con un salario neto superior a los 8.000 euros, más dietas y privilegios asociados, que multiplica al menos por ocho el salario del español medio. Su bagaje: un experimento ideológico que dañó precisamente a las mujeres a las que decía proteger, el sólo sí es sí, que provocó la revisión de condenas y la excarcelación anticipada de centenares de agresores sexuales. Lo que sostiene la carrera de Irene es su capacidad para difundir relatos falaces y polarizadores.N no hay programa, ni gestión, ni beneficio social tangible, sólo falsos relatos.
Del oportunismo a la mentira sistemática
Pedro Sánchez encarna esta lógica en su versión más ambiciosa. Su carrera política se ha construido sobre una sucesión de giros y contradicciones que, paradójicamente, refuerzan su imagen de «resiliencia». La hemeroteca está llena a rebosar: negó que gobernaría con Podemos, negó los indultos u negó la amnistía. La lista es interminable, pero con estos ejemplos debería bastar.
La mentira, en su caso, ha tenido un beneficio doble. Primero, le permitió conquistar el poder en un contexto en el que parecía imposible: desde la moción de censura de 2018 hasta la falsa remontada electoral de 2023. Segundo, le ha servido para blindar a su entorno más cercano, incluso en medio de acusaciones de corrupción que alcanzan a familiares, como su esposa y hermano, y colaboradores íntimos, como Cerdán, Ábalos y Koldo.
En el caso de Sánchez, el poder opera como un escudo: permite obstaculizar investigaciones, ralentizar procesos y desviar la atención mediática hacia escenarios externos. Pero hasta el poder, A conservar a cualquier precio, palidece frente a la mentira como forma principal de supervivencia. No se trata de un recurso ocasional, sino de un método. La mentira de Sánchez es descarada, burda, y, hasta la fecha, sorprendentemente eficaz. Lo que en cualquier otro político sería un escándalo terminal, en Sánchez se convierte en un episodio más de resistencia. La pregunta clave es por qué las mentiras de Sánchez prosperan. La respuesta está en la polarización. En una sociedad con instituciones fuertes y desacuerdos razonables, la mentira tiene menos recorrido. Pero cuando se inocula miedo –a la catástrofe climática, al fascismo, a enemigos internos o externos– la emotividad desplaza a la razón. Lo que se impone no es la verdad ni la evidencia, sino la disciplina emocional. Y en ese clima emocional, la mentira, incluso la más mostrenca, puede prosperar.
La mentira no es un recurso más: es el fundamento del poder totalitario. Cuando se normaliza en democracia, se convierte en un veneno interno. En la izquierda actual la ideología ha desaparecido: el marxismo clásico o el socialismo democrático han sido sustituidos por consignas: hay lemas, frases hechas, memes, señalamientos y sentencias. Dicho de otra forma, la ideología requería una mínima formación; la mentira en una sociedad previamente polarizada, sólo exige automatización.
Pedro Sánchez, acorralado por los casos de corrupción y por el desgaste institucional, no tiene ya otro recurso que intensificar el uso combinado de la mentira, para proyectar relatos falaces; y la polarización, para convertirlos en eficaces. Cada causa susceptible de dividir –Gaza, la crisis climática, el feminismo radical, el fantasma del fascismo– será utilizada hasta el límite. Porque lo que está en juego no es ya la ideología, mucho menos un proyecto nacional. Lo que está en juego es la supervivencia personal de quienes han hecho de la mentira su negocio.



