«Quienes más hijos tienen son los inmigrantes; los demás tenemos mascotas y vamos hacia atrás con una sonrisita en los labios»
uropa lleva demasiado tiempo hablando de inteligencia artificial mientras olvida la inteligencia más antigua de todas, que es la de traer hijos al mundo. La cohesión y grandeza de un país, aunque lo hayamos olvidado, se debe a la familia, una familia untada en salsa de tomate, reventona de niños redichos, una familia que nos da bastante pereza en las películas, pero que es la que mantiene la cohesión social. La familia es ante todo un valor social, económico (sus valores morales nos interesan también) y una fórmula de convivencia que funcionaba en Europa y que hoy pocos políticos celebran e impulsan.
Ocurre también que los economistas de antes sabían algo que los sociólogos modernos de ahora han preferido ignorar, y es que una familia estable genera riqueza y patrimonio. Digamos más: durante la última década nos han intentado convencer de que el progreso consistía en reducirlo todo: el tamaño de la familia, el de la vivienda, el de las aspiraciones… Aclarar, solamente, que estos modelos de vida no son modernos, son anacrónicos, decrecentistas… y ponen toda su inteligencia y su energía en equivocarse de época y en impedir que la más mínima parcela de realidad perturbe el confort de un mundo totalmente imaginario.
Hoy se hace evidente una constatación: mantener las modalidades de la familia en España y en Europa y fomentar la natalidad deberían ser prioridades para cualquier político serio. La Unión Europea envejece a una velocidad desconocida en su historia; la edad media roza ya los 45 años. Pero España se lleva la palma del desastre. Nuestro país será uno de los más envejecidos del mundo, con 1 de cada 3 habitantes superando los 65 años en 2050. La natalidad apenas alcanza 1,4 hijos por mujer cuando serían necesarios más de dos para garantizar el simple reemplazo generacional. Todo esto, además de ser triste, implica baja productividad y menos Estado del bienestar, obliga a retrasar las jubilaciones y a incrementar los impuestos de los trabajadores. Medidas altamente impopulares si atendemos a los sondeos de popularidad de Macron, Sánchez y otros líderes europeos.
Según Mario Draghi, incluso con las cifras de población actual, en una Europa con una inmigración bastante acelerada, si esta tendencia en natalidad no se revierte, la economía tendrá en 2050 prácticamente el mismo tamaño que hoy. De hecho, quienes más hijos tienen son los inmigrantes; los demás tenemos mascotas y vamos hacia atrás con una sonrisita en los labios. Lamentablemente, no basta con el turismo de la indignación sin marearse mucho la cabeza, hay que hacer políticas con sentido.
Europa, al haber abandonado en todos los ámbitos el sentido para centrarse en el funcionamiento, no ha querido saber nada de los problemas a largo plazo. La bomba demográfica ha sido ignorada y se hace evidente una constatación: la inmigración por sí sola no es suficiente. Necesitamos descendencia, futuro, una burocracia que no convierta cada proyecto en una carrera de obstáculos, impuestos que no castiguen el esfuerzo, un mercado laboral dinámico y una economía donde fundar una empresa o formar una familia deje de ser un acto de heroísmo. Y, sobre todo, que ninguna mujer renuncie a ser madre porque el coste de la vivienda, la precariedad laboral o la ausencia de apoyo público conviertan ese deseo en un lujo inalcanzable.
La gran pregunta es cómo volver a ser un continente donde merezca la pena trabajar, enamorarse y tener hijos. O, como escribe Chesterton: cómo contribuir a «salvar a un hombre de la degradante servidumbre de ser hijo de su tiempo».
Fuente: La bomba demográfica, por Cristina Casabón


