«Todos los hombres tenemos algún pájaro en la cabeza,
pero sólo el Papa cree que el suyo es el Espíritu Santo».
Recordaba Joseph Ratzinger, que era muy probable que muchos de los papas del pasado no fueran los favoritos del cielo, sino de poderes mucho más terrenos y añadía, una vez nombrado papa Benedicto XVI, que quizá la única garantía que ofrece Dios durante el cónclave es que los electores «no estropeen del todo las cosas», lo cual no es poca garantía dado los tiempos que corren. Decía santo Tomás de Aquino que cualquier verdad, dígala quien la diga, procede en última instancia del Espíritu Santo, así que ¡allá vamos!:
Primer reto: despolitizar el papado
Si bien la labor de un Papa no puede quedar del todo ajena a lo político (al fin y al cabo es jefe de un Estado, aunque sea del más diminuto del mundo), resulta aconsejable que no quede demasiado contaminada por sus preferencias ideológicas personales.
Algunos de los excesos cometidos en este sentido por el Papa Francisco fue una hábil operación de relaciones públicas por la que se olvidó el pasado más bien «conservador» de Bergoglio en su país y se convirtió en icono de las principales causas progresistas (ecologismo, inmigracionismo, atención privilegiada a las minorías, intolerancia ante la nueva derecha, …). Nuestra ínclita ministra de Trabajo era casi asidua a sus visitas, quizás únicamente para publicidad de ambos como “progresistas” mundiales. El mundo necesita un papado que no se enrede tanto en politiquerías y quede libre para otros trabajos del espíritu.
Segundo reto: un papado más amante de la simple verdad
Junto a la Verdad con mayúscula existen otras verdades pequeñas, con minúscula, más acariciables, un tanto vulgares que santo Tomás de Aquino las consideraba, a cada una, un don del Espíritu.
Vivimos tiempos de posverdad, lo cual no significa que haya necesariamente muchas mentiras, sino que parece que a muchos han dejado de interesarles las verdades. Pasa en el día a día, donde abundan los charlatanes que hablan por hablar, no por decir verdad, si no porque nada de cuanto se dice importa del todo.
Los medios de comunicación y las redes sociales nos ofrecen a todos la oportunidad de comunicarnos como nunca, y quizá es lógico que también todos caigamos en su abuso. Pero cuando las palabras abundan, como la moneda, se deprecian. Quizá es tiempo de menos abundancia y más rigor, de menos opiniones y más verdades. Sería loable que el papa abanderase la cruzada de la parquedad.
Tercer reto: un papado más humilde
¿No ha sido acaso Francisco el pontífice más humilde de todos?, así nos insiste mucho periodismo una y otra vez: no llevaba zapatos rojos y llevaba sus viejos zapatos negros de siempre, incluso desgastados; no le gustaba que le besaran el anillo; siendo arzobispo bonaerense, se desplazaba por su ciudad en metro. Pero, quizás, este modo de exhibir la humildad resulta un tanto contradictorio con lo que siempre hemos entendido acerca de tal virtud pues se supone que al humilde no se le nota; cuando la humildad empieza a publicitarse, se transforma automática en publicidad.
Cuando un Papa se resiste a cumplir con un rito (y Francisco lo hizo desde el minuto primero de su papado, al negarse a salir a la Plaza de San Pedro con las tradicionales muceta y estola papales: apareció vestido solo con sotana blanca), no implica una especial humildad pues de serlo, aún más humilde sería seguir quitando ritos: ¿sería más humilde una iglesia sin bautizos, ni bodas, ni comuniones?. Cuando seguimos un rito somos nosotros los que quedamos tapados por el rito pues en definitiva la esencia del rito es que cualquiera podría hacerlo igual de bien que nosotros, pues el rito siempre es igual. Yo no importo, el rito sí. No hay humildad mayor que esa anulación de nuestro carácter personal e insustituible.
Los ritos nos permiten descansar de eso tan agotador que es ser nosotros mismos todo el rato y unirnos en un nosotros. Un mundo sin ritos resultaría un mundo de egos sin fin.
¡EN CUALQUIER CASO!: QUE DIOS NOS COJA CONFESADOS EN EL PAPADO POR VENIR.



