¡¡¡ ESPAÑA SE NOS MUERE !!!

La muerte de España es sigilosa como la del abuelito

 

Con España empieza a pasar como con esos abuelitos que viven en casa de sus hijos y a los que nadie quiere de verdad. Poco a poco, uno se va olvidando de ellos; a veces, incluso, de darles la cena o el desayuno. El dinero de su pensión se gasta apenas ingresado: ¡es tan caro soportar a un viejo! Cierto es que los niños de la casa sí que le han cogido cariño pero, también es cierto, que los niños aún no rigen la casa. Y así, una buena mañana, el abuelito no se levanta. Todos tardan en notarlo, pero al final la conclusión es irrefutable: ya no se levantará jamás.

¿Cuáles son los signos de la decrepitud de España? Están por todas partes, desde apagones generales por causas inescrutables, trenes que te abandonan en medio de la meseta, precios demenciados de la vivienda, precariedad en el trabajo,…, hasta la destrucción de la clase media: si ser clase media antiguamente, significaba confiar en un futuro mejor que el presente. «¡La vida consiste en arrostrar dificultades!», dirán los optimistas. Pero los ciudadanos de la nación son el cobijo ante las tempestades de la vida: solo tus paisanos cuidarán las carreteras que te lleven hasta el hospital que necesitas; y solo ellos mantendrán ese hospital y las facultades de las que saldrán sus médicos. Así, a medida que España se debilita, el propio futuro desfallece también y te vas quedando aún más solo en el mundo: ya ni vivienda segura, ni trabajo estable, ni educación sólida, …

 

La cosa viene de lejos. Al igual que de la del abuelito en casa, de la muerte de la nación lleva tiempo hablándose pero hoy la decrepitud está tan avanzada, que parece de mal gusto mencionar cómo se nos está muriendo la nación. En los últimos meses, arrecia el ritmo de los golpes a la nación. Por un lado, comprobamos cómo se aferra a sus sillones un gobierno preocupado solo de mandar a costa de unas carreteras cada vez con más baches, de unas listas de espera cada vez más largas, de una deuda que solo crece, ¡y todo ello mientras se `presume de prosperidad!. Por otra parte, a ese mal gobierno lo sostiene un Congreso de los Diputados repleto de formaciones que presumen (no hace falta someterlas a interrogatorio alguno) de cómplices del misterioso crimen de la muerte de España.

 

Lo peor del sanchismo es que el PSOE del siglo XXI (Zapatero y Pedro Sánchez), ha forjado una visión del mundo que va a durar muchísimo tiempo. Esta interpretación pasa por el rechazo visceral del adversario, al que se trata como a un enemigo. De ahí el repudio al parlamentarismo, a la justicia independiente y a la prensa libre. No soportan la crítica o el disenso; es decir, el debate y el verdadero pluralismo. Este socialismo ha resucitado el mesianismo: viene a salvarnos de nosotros mismos, aunque no queramos. Para eso pone etiquetas a los ciudadanos, los desprecia y ningunea

 

Lo que es un impedimento para ellos es la identidad española, porque para forjar algo nuevo hay que quebrar los rasgos comunes de nuestra comunidad. Solo si se presenta lo español como algo viejo y nocivo, como un error histórico, es posible defender que las identidades locales son superiores y progresistas.  Socialistas y nacionalistas parten de la idea de que vivimos en un Estado plurinacional que todavía no está reconocido. A su entender existe una disonancia entre la realidad y la ley; es decir, que la Constitución está «obsoleta» y que hay que dar pasos para acercarla a dicha realidad.

 

Esas acciones solo pueden tomarse en dos direcciones: una autoritaria y otra disolvente. Autoritaria, porque dicha transformación se llevaría a cabo sin el consenso con la otra mitad de los españoles, y disolvente del proyecto común, porque cuando no se comparten ni los sentimientos identitarios ni las estructuras del Estado, no queda nada que nos una. Por eso, cuanto más dure este Gobierno y más débil sea ante sus socios, más cerca estará el fin de lo que nos legaron los que nos precedieron.

 

Lo más sangrante ocurre más allá de Moncloa y de la carrera de San Jerónimo. Alguien ha decidido todo eso y además te conminan a que lo soportes en silencio, pues cuanto más sigiloso sea el crimen, antes culminará. El sentimiento que tenemos muchos de los nacidos en el siglo pasado: ¡qué triste se ha vuelto este hogar llamado España!. Quizá ahora es momento de asumir el esfuerzo callado para salvar in extremis la nación y trabajar por lo que queda de España. Nos basta con una vieja virtud: la de perseverar.

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