Es un cambio notable, teniendo en cuenta la tradicional división entre jóvenes proclives a la izquierda y mayores favorables a la derecha.
El porcentaje de voto socialista entre los jubilados era del 30,4% en marzo, el 31,5% en abril, el 32,2% en junio, el 36,2% en agosto y el 37,5% en septiembre. Este último dato es el récord socialista, supone 10 puntos más que su intención de voto general (27%) y, sobre todo, empata por primera vez con el PP, que hasta ahora había sido el partido dominante entre los mayores.
En 2004, el PSOE de Zapatero arrasó entre los jóvenes (51% de 18 a 24 años, 47,1% de 25 a 34 años, según los datos postelectorales del CIS), que fueron quienes le dieron la llave de su inesperada victoria. El PP, por contra, obtenía sus mejores resultados en los mayores de 55 años. Esa tendencia se había mantenido más o menos, con sus altibajos y alteraciones provocadas por los nuevos partidos, y hubo una vez que Pedro Sánchez también fue bastante popular entre los jóvenes. Pero ya no.
EL ENVEJECIMIENTO SOCIALISTA
El envejecimiento del electorado socialista es un hecho. En la última encuesta de Sigma Dos, empata con ese 37,5% con el PP. Los populares son también fuertes en el grupo 45-64 años, con un apoyo similar (37,1%), pero esto no ocurre con el PSOE: el respaldo a Sánchez cae al 25,6% en 45-64 años, al 22% en 18-29 años y al 21,2% en 30-44 años.
Esto explica muchas de las políticas del Gobierno, siendo la más evidente la revalorización lineal de las pensiones con el IPC, pero también otras circunstancias como el asalto a RTVE para ofrecer propaganda a una audiencia como la de las cadenas públicas, que es en buena parte mayor.
El PSOE está sin duda recogiendo la fruta madura de los últimos años, pues sus políticas han favorecido a los jubilados por encima de cualquier otro colectivo y el objetivo electoral es evidente, porque los mayores votan más y son cada vez más.
UN ELECTORADO CADA VEZ MAYOR
Los mayores de 65 años son actualmente el 23% del censo electoral (9.738.891 españoles en esa franja de edad a 1 de julio de 2025), en una tendencia ascendente imparable: en 2002 eran el 17,5%, en 2008 el 18%, en 2015 el 19,7% y en 2020 el 21%.
Es el vuelco demográfico en términos electorales. A principios de siglo, el sector mayoritario del electorado eran los jóvenes de hasta 44 años. En 2002, suponían todavía el 40% del censo, frente al 22,6% de la franja 45-64 años y el 17,5% de los mayores de 65 años. Ocurre que por entonces los españoles ya habían decidido dejar de tener hijos, convirtiéndose en uno de los países del mundo con menor natalidad. Los efectos se muestran ahora: en 2025, los votantes de hasta 44 años son apenas el 27,5% (12 puntos menos), frente al 31,5% de 45-64 años y el 23% de los mayores de 65. Con un hito reciente: las elecciones generales de 2023 fueron las primeras en las que el grupo 18-44 años no fue el mayoritario, dejando paso al siguiente, el de 45 a 64 años.
Con 18-44 años hablamos del sector más dinámico de la población y el que compone la base social de un país. Es el grupo de personas que se incorporan al mercado laboral, que se esfuerzan más por prosperar, que forman nuevos hogares, que compran o alquilan su primera vivienda y que tienen (o tenían) hijos. Y sin embargo, es cada vez menos relevante en la vida política.
La pérdida de importancia electoral de los jóvenes se agudiza si se tiene en cuenta que son más abstencionistas que los mayores. De nuevo hay que acudir a los estudios postelectorales del CIS: el grupo que más declara votar es el de los mayores de 65 años, con abstenciones reconocidas de menos del 10% en las dos últimas elecciones, en las que la abstención general fue del 33%. Enfrente, los que menos votaron fueron los menores de 30 años.
EL FACTOR DIFERENCIAL: LA CRISIS DE 2008
Este cóctel de menor influencia en la política y más desapego por las elecciones se completa con un factor determinante en la brecha generacional: la crisis de 2008. Son estas personas que se incorporaron entonces a esa vida que debía ser dinámica, pero no lo podía ser por las dramáticas circunstancias del país, las que se han llevado lo peor de nuestra historia reciente. Los nacidos desde principios de los 80 a mediados de los 90. El actual electorado de 30 a 44 años. Los millennials.
Es esta franja de edad, y no otra (por ejemplo, la que viene detrás, más joven), la que presenta intenciones de voto más radicales. Hay una tendencia a señalar a los adolescentes, influida por algunas encuestas de resultados distorsionados. Pero la realidad es que el grupo que tiene una mayor inclinación por las opciones extremistas es el de 30 a 44 años. Es aquí donde Vox saca sus mejores resultados (20,7% en el último sondeo de Sigma Dos, a punto de superar el 21,2% del PSOE), pero también Podemos y en buena medida Sumar. Y en Cataluña, son las personas de esta edad las que más apoyan a Aliança Catalana, según el último sondeo que publicamos por la Diada hace dos semanas.
¿UNA NUEVA POLARIZACION GENERACIONAL?
Hay en los reproches hacia los boomers un innegable sentimiento de injusticia social, pero las divisiones por edad son caprichosas. Yo, nacido en 1979, jamás me atrevería ni siquiera a insinuar que mis padres, de la generación de la posguerra, tuvieron una vida más fácil que la mía, aunque disfrutaran de un largo ciclo de crecimiento económico y desarrollo. Tampoco les diré a mis hijos, nacidos en 2016 y 2020, que mi infancia y juventud en el Torrejón de Ardoz de los 80 y los 90 era más fácil de lo que es ahora allí mismo, porque aquello era para verlo: la droga, la delincuencia, el paro que dejó a tantos miles de personas fuera de la modernización del país, los accidentes de tráfico, las muertes prematuras, los colegios con 40 alumnos en clase, los centros de salud saturados, la suciedad, el banco del parque y el bar de copas como único ocio disponible, la ropa del Sepu… Eso en la periferia de Madrid. De cómo se vivía aún entonces en muchas zonas rurales de España, ni hablamos.
Pero sí hay una cosa cierta: hay una generación que ha vivido el ciclo virtuoso español. Seguramente el mejor de la historia de este país: el que va de mediados de los 90 a 2008. Es un error, sin embargo, reprochar nada a nadie: no se puede echar en cara a alguien haber vivido una época de bonanza económica y oportunidades laborales. Y siempre se pueden poner todos los peros que queramos a la generalizaciones así: en la crisis vimos despidos masivos de mayores de 45 años, muchos de los cuales jamás volvieron a reengancharse al mercado laboral.
Si alguna vez salimos de la enfermiza polarización entre izquierda y derecha, sólo nos faltaría que cayéramos en una nueva polarización jóvenes-mayores. Porque tan demagógico es acusar a los ‘boomers’ de aprovecharse de los jóvenes para mantener su nivel de vida, como injusto es el recurso de muchos mayores de despachar el asunto con un «yo me lo gané trabajando muy duro, que ahora den ellos el callo y dejen de quejarse». Yo tampoco me imagino diciéndole esto último a mis hijos.
Lo que hay que exigir son reformas, que es el problema central de la España paralizada. Cambia la sociedad y la única reacción del partido que lleva siete años en el Gobierno es aprovecharlo electoralmente: pensiones, subvenciones de todo tipo y un ecosistema televisivo delirante. Si durante la crisis se pudo crear el marco de opinión de que los mayores estaban siendo maltratados (yo recuerdo las protestas lideradas por los pensionistas de Bilbao, un grupo que probablemente tenga una de las mejores calidades de vida de todo el mundo), ahora se puede estar creando el marco de que hay que cambiar cosas para que los jóvenes no sean maltratados. Para eso, claro, hay que gobernar, tener una idea de país y ser capaz de aprobar Presupuestos y leyes ambiciosas.


