EL POPULISMO NO TIENE LÍNEAS ROJAS

Todo lo que sirve a la continuidad de Pedro Sánchez en La Moncloa es progresismo y lo que supone una amenaza a su permanencia es derecha (o extrema derecha) rancia. El sí de los independentistas PNV y Junts al candidato socialista en la investidura les convertiría a ambos partidos “carcas” en progresistas. Si partidos xenófobos como ERC o Bildu votan adecuadamente, mutan también en progresistas.

 

Con esta técnica espera el PSOE agrupar votos suficientes en la investidura para seguir a flote. Según un reciente estudio de la Fundación BBVA sobre comportamientos políticos de los españoles un 37% de los electores cambia su voto en función de los resultados prácticos que espera de cada partido, pero el 43% vota siempre lo mismo según adscripción ideológica, es decir, son inmunes a cualquier argumento.

 

El sanchismo ha degradado al PSOE en populismo “de libro”: el sometimiento de todos los poderes del Estado (Legislativo con los Reales Decretos y Judicial con Fiscales y el Tribunal Constitucional en manos de exministros del PSOE) a la presidencia del Gobierno, la economía medida con datos manipulados, la explotación de identidades emocionales para polarizar a la sociedad y el control de medios de comunicación para propaganda. En esa coctelera se fusionan votantes socialistas con comunistas, anticapitalistas, independentistas, herederos de ETA, … y la singularidad es que al parecer ya no hay extrema izquierda. Todos los populismos se fundamentan en la creación de coaliciones negativas unidas por la fabricación de un enemigo compartido.

 

 

Desde que el populismo asaltó la cúpula del PSOE, esta forma de operar tan poco democrática de manipulación social es una constante. A la mentira, en el neolenguaje sanchista, se le llama «cambiar de opinión».  El infantilismo ha asaltado la política-espectáculo actual. Y es que, por mucho que intentes disfrazarlo, por mucho que los aduladores se rompan las palmas de las manos aplaudiendo, por mucho que las palabras ensalcen sus propias obras, la realidad se impone, los síntomas son la imagen de una enfermedad.

 

Nos esperan semanas de exuberancia populista en las que el PSOE intentará reproducir la mayoría del desgobierno. Si lo logra, someterá a España a una inestabilidad institucional garantizada, con sus costes correspondientes. Ni derechas, ni izquierdas, es la argolla del populismo la que aprieta.

 

El concepto de «línea roja» cumple una función ética, pero, si le das la vuelta, se convierte en la valla a traspasar y justificar. Este es el juego que los politólogos denominan «Ventana de Oberton», un juego perverso que, a través de la manipulación social y mediática, logra invertir la realidad y convertir en necesario aquello que era impensable. La realidad puede ser sustituida por el relato.

 

Ahora estamos en manos de un fugado de la justicia, los muñidores de patrañas ya están trabajando en el blanqueamiento del personaje. Sin embargo, el daño-país es enorme, el prestigio internacional de nuestras instituciones está dañado, con la previsible negociación de Sánchez con Puigdemont impactará negativamente en nuestra reputación y en la confiabilidad de nuestra democracia. Un esperpento tras otro, una línea roja tras otra.

 

Como no podría ser de otra manera, esta última fase se venderá como algo imprescindible y necesario, pero lo pintes como lo pintes, lo llames como lo llames, es la renuncia a España como nación, dónde los derechos estarán asignados en función de criterios identitarios o al grado de afinidad ideológica. No es algo nuevo, es algo que ya está ocurriendo, es un proceso desde los últimos años y esta parece ser la última parada, de momento.

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