Los políticos nuestros de cada día tienen una teoría que han inventado que dice que el personal, es decir, los votantes en general, tenemos mala memoria y a la hora de la verdad -que es la hora de las urnas- no nos acordamos de los errores groseros e insidiosos que ellos cometen, ni de las medias mentiras o mentiras enteras que nos sueltan sin escrúpulos, apoyándose en la complicidad de algunos medios de comunicación. También dicen esos gobernantes que nuestra capacidad de recordar hechos políticos es tan liviana como la de un pez y nos olvidamos fácilmente de sus pifias garrafales y de sus constantes abusos de poder.
En eso Sánchez es todo un campeón, y un especialista que elude sus responsabilidades y a lo único que aspira es a mantener su estrategia de extraños equilibrios que le permitan seguir en el poder, moviéndose de lío en lío, de charco en charco, hasta el batacazo final. Hay que recordar que el socialismo sigue huérfano dentro del Partido Socialista Obrero Español desde que lo dirige Pedro Sánchez. Ahora el ‘sanchismo’ es una corriente política que lleva las mismas siglas que el PSOE pero que tiene otra lectura: ‘Partido Sanchista Oportunista Expañol’ (lo de la ‘X’ indica su concepto literal: ‘fuera’ de algo).
Lo cierto es que el problema del presidente tiene que ver con su propia imagen, que ha entrado en una fase política de derribo sistemático, casi tanto como su credibilidad. Para mejorar su depauperado liderazgo quiere destrozar al líder de la oposición, pensando que ambos son vasos comunicantes, y él recuperará lo que pierda el del PP. Esa estrategia a la desesperada fracasará en un país que padece las consecuencias de la nefasta gestión de un Gobierno fracasado en todos los índices que miden el bienestar de una sociedad: la tasa de desempleo es la peor de Europa, el esfuerzo fiscal no ha dejado de subir con múltiples excusas, el poder adquisitivo se ha reducido cerca de un 11 % y ninguna otra economía europea se ha desplomado tanto ni está tardando tanto en recuperar sus niveles habituales.
La izquierda (“los progresistas”) está muy nerviosa. La izquierda hoy en el poder en España se identifica con la ingeniería social, las prohibiciones, las reglamentaciones, las multas y la cultura de la cancelación, y no tiene en su vocabulario la palabra «libertad». Si se empeñan en corregir a la gente en su forma de ser, estar y pensar, en qué debe comer, cómo debe hablar o relacionarse, es normal que la palabra «libertad» se aleje de la izquierda.
Ser libre para esta izquierda es abrazar la religión ecologista e identificarse con algún colectivo de índole sexual o de género. El resto queda excluido y si uno afirma su autonomía para decidir quién es, o cómo hablar, vivir, pensar y comer, es un individualista peligroso, un insensible y egoísta al que hay que excluir. Esta izquierda arrogante considera que la libertad es un atributo de los colectivos, no de las personas, lo que es una trampa porque el «bien general», el del colectivo, lo define la propia izquierda.
A esta izquierda no le entra en la cabeza que el Gobierno y las leyes deben estar solo para garantizar la libertad y la igualdad de oportunidades, independientemente de su posible riqueza/pobreza material. Un ingeniero social no es una mejor persona, solo es un dictador. En su simplismo mental tienen una visión maniquea de la vida: o es bueno o es malo. La izquierda es lo joven y esperanzador, lo culto y lo inteligente; y la derecha es lo viejo y desechable, la ignorancia y la avaricia. En su pensamiento no hay términos medios ni matices. Sus predicadores no generan esperanza ni ilusión, sino que suenan a prohibición vieja, a la vuelta a la Edad Media, a nostálgico de canción protesta.
No solo han perdido la palabra ‘libertad’ sino que son sus enemigos. Conservan entre ceja y ceja la máxima de Lenin: “‘Libertad ¿para qué ?”. Esto ya lo hicieron en la URSS y en la Europa del Este, y fracasaron porque ese planteamiento aplasta la verdadera libertad.
Esta izquierda arrogante, que vive en su ecosistema de aplausos mutuos, con dirigentes que saludan a la plebe desde el coche oficial, el Falcon o el “casoplón”, quizá debería darse una vuelta por la realidad, bajarse del pedestal, y admitir que hoy está desfasada.
Aspira Pedro Sánchez a ser desde ahora el líder del partido «de la gente«, pero seguro que no se refiere a la gente normal, a la gente de a pie, a la gente trabajadora y cotizante, si no a sus siervos adoctrinados.



