EL MODELO DE INMIGRACIÓN EN ESPAÑA: ¿QUÉ PAÍS QUEREMOS SER?

La inmigración está creciendo con fuerza en España. Según los datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE) para el 1 de octubre de 2025, nuestro país roza ya los 49,4 millones de habitantes, de los cuales 9,8 millones nacieron en el extranjero. Esta cifra supone 2,5 millones más que a finales de 2021, una cifra que muestra la magnitud del flujo migratorio reciente.

 

Pero este aumento no ha ido acompañado de una integración laboral igual de dinámica. De hecho, la inmigración se ha consolidado como una de las principales preocupaciones de los españoles desde septiembre de 2024, según el CIS. En el barómetro de noviembre, casi un 19 % señalaba este asunto como el principal problema del país, solo por detrás de la vivienda (40 %) y por delante de los conflictos políticos (19,2 %).

 

Ante este escenario, la cuestión sobre el país que queremos ser se vuelve más relevante que nunca. La creciente diversidad que aporta la inmigración nos obliga a reflexionar sobre cómo integrar eficazmente a quienes llegan, garantizando tanto la cohesión social como la prosperidad colectiva. Es fundamental que el debate público se centre en diseñar políticas que faciliten la inclusión y la igualdad de oportunidades, abordando los retos concretos del acceso al empleo, la formación y la participación ciudadana. Solo así conseguiremos aprovechar el potencial de una sociedad plural y evitar que los desafíos actuales se conviertan en problemas estructurales en el futuro.

 

Hace unos días, el Foro Regulación Inteligente publicaba un informe que debería generar un verdadero debate porque afecta a cómo queremos que sea este país en las próximas décadas. El tema que aborda la «Encuesta sobre la inclusión de la población migrante en el mercado de trabajo español» tiene varias conclusiones:

 

  • El 57,2 % de los inmigrantes considera ‘difícil’ o ‘muy difícil’ acceder a un empleo. Los factores se solapan, pero las respuestas más repetidas fueron la falta de permisos (21,6%), la desconfianza (20,4%), la falta de redes personales (20,2%), el idioma (19,8%) y la burocracia (66,8%)».
  • «El 63% de los empresarios denuncia los problemas para contratar a estos profesionales por motivos de índole administrativo, como la validación de títulos académicos y licencias profesionales o los trámites de extranjería»
  • Aunque los inmigrantes suponen «el 90% del nuevo empleo» creado entre enero de 2024 y marzo de 2025, «el nivel educativo medio de la inmigración que llega a nuestro país es relativamente bajo, de modo que esta ocupación se concentra en empleos de escasa cualificación».
  • La tasa de paro de la población extranjera (18,2%) es muy superior a la de la población autóctona (11,6%); lo que ha provocado un cambio histórico, «la tasa de actividad de los españoles (20–64 años) alcanzó un máximo histórico al llegar al 80,2%, mientras que la de los extranjeros se reducía al 79%. Es la primera vez en décadas que la participación laboral de los inmigrantes se sitúa por debajo de la de los nacionales».

 

El (no) modelo

España ha optado por una especie de (no) modelo que consiste en dejar que las cosas vayan desarrollándose por sí mismas, como pensando que se resolverán de forma mágica.

 

Obviamente la inmigración tiene sus costes. Sí, la llegada de 2,5 millones de personas desde el covid tiene derivadas en el mercado de la vivienda, el laboral o los servicios públicos. Esto, que es evidente, parece que es tabú entre nuestros políticos.

 

Sí, del incremento del precio del alquiler a los problemas en el transporte en muchas ciudades, parte de estas noticias tienen su origen en un crecimiento muy relevante de población. Habría pasado lo mismo (o parecido) si los nuevos habitantes fueran españoles. No es una cuestión de nacionalidad, sino de número y tipo de población: en este caso hablamos de un colectivo que se sitúa, de promedio, en los niveles inferiores de la distribución de renta y cualificación.

 

También tiene su lado positivo. Desde puestos de trabajo que quizás de otra manera no se cubrirían y el impulso al crecimiento económico.

 

Es evidente que el tipo de inmigración que está atrayendo España presiona a la baja los salarios de determinados sectores-ocupaciones. Para el empresario, esto puede suponer un alivio en los costes; para el trabajador español que potencialmente aspiraba a ese puesto, implica pelear por un salario más bajo.

Lo que la encuesta del FRI nos recuerda es que ese no-modelo nos lleva a uno de los peores mundos posibles.

 

Simplificando mucho hay dos posturas migratorias:

 

La primera sería la de puertas abiertas (que es compatible con la selección de al menos parte de los recién llegados). Este es el modelo (con muchos matices particulares) de todos los países de Europa Si se opta por ese modelo, no hay otra opción que intentar que el saldo financiero para el país de acogida sea positivo: es decir, que los que lleguen aporten más (vía empleo e impuestos) de lo que detraen.  Por ejemplo holandeses y daneses ya han comenzado a publicar sus cifras que nos dicen que en general el resultado es mucho menos positivo del que nos dice la versión edulcorada y políticamente correcta.

 

La otra alternativa es lo que podríamos denominar como modelo japonés: puertas cerradas y la aceptación de una tranquila decadencia. Aunque tras el fin de la pandemia, Japón ha experimentado un notable repunte en el número de residentes extranjeros, con un crecimiento que ronda el 10% anual. Tampoco es tan dramático: es verdad que el PIB nipón está estancado, pero si miramos otras métricas (PIB por persona trabajada) no lo han hecho tan mal en las últimas décadas. Eso sí, asumiendo que esto te lleva a una sociedad muy envejecida, estancada, sin dinamismo, pero estable y homogénea. Simplificando mucho, asumes que tendrás un país de viejos asistidos por robots y con población menguante.

 

Como vemos, las dos opciones tienen sus pros y contras. Porque además luego estaría la discusión sobre la integración y sobre si es lo mismo un inmigrante venezolano que un pakistaní. Pero hoy no entramos ahí. Nos quedamos en el paso previo. Si permites que entren 2,5 millones de personas en cinco años, tu mejor opción es que se integren al mercado laboral de inmediato (lo que, además, debería llevar también a un menor consumo de servicios-transferencias públicas). Pero atraer esas cifras para luego encarecerles o complicarles la búsqueda de un trabajo es la peor idea que podrías tener.

 

FUENTE: Inmigración y la pregunta que nos da miedo hacernos: ¿qué país queremos ser? – Domingo Soriano – Libre Mercado

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