EL FINAL DE UNA MALA OBRA DE TEATRO ¿SUMAR O RESTAR?

La política es siempre una representación de teatro,

pero eso no tiene por qué ser necesariamente malo si ya se sabe.

 

Que la política sea puro teatro no la degrada ni implica que necesariamente se confunda la realidad con la ficción y con la mentira. Quien asiste a un espectáculo decide creer, mientras dura la representación, que aquello que ve y escucha es cierto. Eso conlleva emocionarse con el sufrimiento o la felicidad de los personajes, permitirse el placer de una dosis de irracionalidad y experimentar, aunque sea de forma efímera, un pequeño cambio interior. La famosa catarsis aristotélica.

Bertolt Brecht decidió que ni la suspensión de la incredulidad ni la catarsis servían para gran cosa cuando el objetivo de la función consistía en reformar la sociedad, y eran básicamente recursos reaccionarios, y acuñó el término  del “efecto de distanciamiento” que implicaba la teatralidad de la política. Brecht aspiraba a que la ciudadanía no dejara de ser consciente de que asistía a una representación y que no debían dejarse llevar por los sentimientos sino mantener el espíritu crítico y comprender el auténtico significado de la representación. El problema es que los políticos se limitan muy a menudo a representar el Macbeth shakesperiano: “un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido”.

 

La coalición de las izquierdas ha ofrecido una obra en la que se ha aplicado a fondo el “saben ustedes que estoy mintiendo, pero ¿a que lo hago bien?”. Cada vez que un actor de esa troupe declamaba sobre el escenario alguna frase como “permaneceremos unidos”, otro se acercaba al público para susurrar “ojo, recordad que aquí nos odiamos todos”. Vale, esto no es realidad, es teatro. El caso es que en una campaña electoral se demanda al público que suspenda su incredulidad, que olvide el sentido crítico, que participe en la ilusión, que goce de la catarsis. Pero el público de izquierdas está ya demasiado habituado al efecto de distanciamiento.

 

Ya da bastante igual que la izquierda de la izquierda acuda a las urnas unida o separada. Conocemos el truco. Los actores nos han dicho ya muchas veces que no nos fiemos de ellos. Podemos nació al calor de la crisis financiera de 2008, cuando una buena parte de la sociedad española experimentó una reacción de desconfianza en el sistema. En este clima de indignación y desasosiego los nuevos demagogos vieron la oportunidad de medrar ofreciendo soluciones imposibles y exacerbando las protestas callejeras. Hay que recordar los famosos círculos podemitas, en lo que se prometió una organización que funcionaría de abajo arriba y también que los cargos públicos llevarían una vida austera y que por supuesto seguirían viviendo en los barrios modestos y en pisos sencillos como sus votantes y que nunca caerían en la prepotencia y los vicios de los que calificaron con desprecio como “casta”.

 

En cuanto resultaron elegidos, los líderes de Podemos liquidaron los círculos, cambiaron radicalmente de estilo de vida y de vestuario, construyeron un modelo de partido centralizado y cesarista en el que abundaron las purgas estalinistas. Además de tales fechorías, en las funciones que les fueron encomendadas exhibieron niveles escandalosos de incompetencia, sectarismo y frivolidad, que causaron una profunda decepción tanto en sus adeptos como en la ciudadanía en general. Iban a asaltar los cielos, pero en cuanto se apoltronaron con dacha en Galapagar enseguida empezaron las peleas internas con duelos de egos, insultos y difamaciones hacia los adversarios; complejo de superioridad y una torpeza inédita a la hora de lidiar con asuntos jurídicos y administrativos. Verdaderos y peligrosos hooligans

 

Como a toda gran estafa, a Podemos le ha llegado la hora de responder por sus abundantes mentiras y descaros. El paso de Podemos a la irrelevancia de un partido comunista bolivariano produce un alivio y una satisfacción generales, como corresponde a la eliminación del panorama público de un elemento corrosivo y tóxico. Es previsible que, tras las elecciones del 23 de julio, Sumar vendrá simplemente a ocupar el reducido espacio de Izquierda Unida. Visto el desastre de los últimos cinco años, ojala esto vaya acompañado de una firme rectificación del rumbo de la Nación a cargo de los ganadores.

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