Vivimos la Historia por encima de nuestras posibilidades
Hoy tenemos la sensación de que la Historia se escribe ante nuestros ojos mientras sabemos que no podemos hacer nada, una paradoja que nos lleva a la frustración y la culpa
Hubo una época a finales del siglo XX en la que tras el final de la guerra fría parecía que había acabado la Historia: nunca ocurría nada. Aunque seguía habiendo crisis económicas, guerras y revoluciones, en realidad no eran acontecimientos verdaderamente decisivos, solo pequeñas alteraciones casi anecdóticas en el nuevo orden mundial.
Entonces en 2020 llegó la pandemia y cuando esta parecía superarse, un par de años después, estalla la guerra en Europa, y todo se pone en marcha como una locomotora de un tren bala. Hoy tenemos sobredosis de historia. Antes no ocurría nada, hoy pasa todo, continuamente y a cada momento
El estado natural de las cosas para los jóvenes es el de la aceleración de la Historia, acompañada además de una extraña sensación de que todo cambia continuamente, pero en realidad nada lo hace de verdad en la pequeña e íntima historia personal, que al fin y al cabo es la “verdadera” historia de cada uno.
Una de las razones para que cunda esa sensación es que probablemente nunca antes habíamos podido vivir la Historia de una manera tan directa: pasamos horas y horas delante del televisor o del móvil viendo vídeos, consumiendo información, hipnotizados sin parar ante la retransmisión en directo de las tragedias. Lo sabemos todo al instante
Estamos viviendo la historia a cada segundo, pero no podemos hacer nada. El mundo es más grande y nosotros, más pequeños, castigados y acobardados a base de sucesivas crisis (económicas, naturales, bélicas), sabemos que no podemos hacer nada, pero aun así seguimos teniendo la necesidad de hacer algo, de recuperar la capacidad de actuar.
Pero es imposible vivir en guerra, es imposible vivir en pandemia, es imposible vivir en crisis, toda nuestra vida personal debe postergarse. Así que buscamos otra alternativa para aliviar nuestra culpa y frustración.
En un mundo en el que nos sentimos inútiles, la única salida es el consumo compulsivo de información y la exacerbación de la frustración y la culpa. Pensamos que si tenemos toda la información del mundo, podremos protegernos mejor a nosotros mismos y a nuestras familias. Ocurrió durante la pandemia y ha vuelto a ocurrir con la invasión de Ucrania, cuando el consumo de medios de comunicación se disparó.
Pero somos meros espectadores pasivos de la Historia y analistas de salón que han renunciado a cambiar su entorno inmediato, insignificante ante los grandes designios de la Historia. El mundo es tan complejo que ya no podemos cambiarlo, como mucho, intentar entenderlo.
Cabe otra posibilidad, que es que optemos por la épica. Ocurrió al principio de la pandemia y ha ocurrido ahora: necesitamos experimentar subidones de épica que nos permitan olvidar que somos hormigas perdidas en mitad del universo.
Pensamos que cuando llega el ritmo de la Historia debemos paralizar el otro ritmo, el cotidiano, el íntimo, el microscópico, pero precisamente, en realidad, para lo que sirve la paz es para salvaguardar eso que da sentido a nuestras vidas. El civil que muere o el soldado que cae en combate no quiere vivir la Historia, quiere volver a su hormiguero particular, ya nos lo dijo Remarque en su ‘Sin novedad en el frente’ ya hace un siglo.
“NUESTRO” MUNDO NO SE ACABA, NO,
ES QUE “NUESTRO” MUNDO SE HA ACABADO YA.
“Los jóvenes deben reinventar todo: una manera de vivir juntos, instituciones, una manera de ser y de conocer…”.
No se trata, ni mucho menos, de ser apocalíptico pues, como demuestra la historia de la humanidad, “lo único que no cambia es el cambio continuo”
Lo cierto es que está segunda década del aún joven siglo XXI está acelerando los cambios en todos los ámbitos que, desde hace casi 50 años, parecían inmutables, es decir, todo cambiaba y se reformaba pero no de forma tan inesperada, tan “revolucionaria” y a veces tan trágica y violenta.
La base de muchos de estos cambios revolucionarios está en la tecnología que deriva de nuestro mayor conocimiento de los fundamentos en los que se basa la designación de nuestra especie, como “centro de la creación”. Las nuevas tecnologías han generado unos nuevos individuos en una nueva era. El acuerdo no es ya una cuestión de ideologías, sino de tecnologías. Y no nos estamos dando cuenta.
Los retos fundamentales a los que se enfrentan y deberán resolver los jóvenes son:
- Cambio climático producido por un consumo disparatado de cada vez mayor número de humanos
- Cambios en los conceptos de la “familia” tradicional como unidad de convivencia
- Cambios en las TIC: desde las monedas virtuales, y las relaciones laborales y sociales hasta los metaversos
La tarea es apasionadamente compleja y repleta de riesgos de todo tipo,,,como no puede ser de otra forma pues se trata de
CREAR UN NUEVO “NUEVO MUNDO”, CASI UN “SALTO CUÁNTICO”




