EDITORIAL
Parece que volvemos a repetir los mismos errores que cometimos al principio del siglo XX:
“el siglo de las Guerras Mundiales”
El primer, y fundamental, error es el ÉTICO que ataca el principio de convivencia pacífica:
“la razón de la fuerza y no la fuerza de la razón”
Aunque creamos estar “a salvo” porque estemos geográficamente algo lejos del conflicto bélico (a unos 3.000 km) lo cierto es que no estamos lejos de las consecuencias económicas que tendrán en nuestras vidas cotidianas.
Esta guerra, se traduce de forma inmediata en el encarecimiento de bienes que usamos todos nosotros a diario: precios, luz, pan, ahorros y pensiones
El precio del gas y el petróleo se dispararán, y en consecuencia subirán la electricidad y los carburantes, gasolina y gasóleo.
La subida de la energía va a ser brutal y el impacto repercutirá en la inflación y se trasladará a la cesta de la compra
La inflación (“el impuesto de los pobres”) también se disparará más todavía y pagaremos más por productos tan básicos como el pan y la leche
La inflación hará que los ahorros de toda su vida pierdan valor si están en una cuenta corriente y no rentarán nada si están en depósitos
Si tenemos esos ahorros invertidos en la bolsa o planes de pensiones mermaran su valor por el desplome bursátil provocado por la “inseguridad” económicas a nivel mundial
(“el dinero es muy miedoso”)
Rusia y Ucrania son “el granero del mundo”, y hablar de cereales es hablar de la harina de trigo y maíz, pasta, cerveza, piensos de animales de consumo alimenticio,…
“Ahora lo único que podemos decir es que esto es un desastre, que la guerra nunca genera ningún bien económico y que Putin ya lo ha provocado”.




