El relativismo es una escuela antimetafísica, desarrollada en la antropología, la sociología y la propia filosofía. Abarca ramas como el relativismo moral (el bien y el mal son relativos) o el relativismo cultural (no existen culturas atrasadas y avanzadas) pues niega la existencia de verdades absolutas y considera todo saber como incompleto, es decir, que todo aquello que damos por absoluto y universal lo es únicamente porque ignoramos una parte importante de la información. Pero si nos apoyamos en la lógica el decir que si todo es relativo esta propia afirmación también lo es, por lo que habría al menos algo que no es relativo. Este argumento no hace más que caer en un pensamiento circular.
A finales de los 90 se acuñó la definición de «modernidad líquida» para definir a la sociedad que venía y en la que ya estamos La modernidad de la posmodernidad se caracteriza por tiempos y valores líquidos, flexibles, volubles e inestables. Parece que no puede haber valores sólidos que sirvan de marco de referencia a la sociedad porque los acontecimientos, novedades o perturbaciones que nos llegan sólo duran un día hasta que los presentadores de televisión anuncian la llegada del siguiente acontecimiento histórico o revolucionario.
La política española ha alcanzado la máxima modernidad de la posmodernidad. Sería difícil encontrar unos tiempos políticos más líquidos y menos sólidos que los actuales. Los decretos del Gobierno duran tres días hasta que Pedro Sánchez los cambia. Las declaraciones de los ministros se quedan viejas en cuestión de horas. Los dirigentes políticos remiten a los medios declaraciones grabadas de propaganda líquida y a eso le llaman participar en el debate político. En tiempos líquidos como los que vivimos nada es para siempre, nada es absoluto, todo cambia, todo es relativo.
La teoría de la relatividad general de Albert Einstein, a su pesar, ha sido utilizada malintencionadamente para sustentar el relativismo moral y político que aqueja a nuestra época posmoderna y de resultas, hay quienes infieren que también son relativos el bien y el mal, la justicia o la verdad. Para ellos, todo dependerá del punto de vista. Los hechos no importan, sino cómo los percibimos e interpretamos (“el relato”). Así, hay tantas verdades como versiones de los hechos. Nada es mentira; la mentira es una verdad alternativa, es eso que ahora se llama posverdad y sus propagadores defienden su legitimidad con el argumento espurio de que en democracia todas las ideas y opiniones merecen el mismo respeto. En definitiva, todo vale.
La libertad de cada individuo “era” la capacidad de vivir conforme al propio criterio siempre y cuando no se atentara contra la libertad y el derecho de los demás, pero ya no es eso. Ahora la libertad de cada uno llega hasta donde dispongan la sensibilidad o la propensión a sentirse ofendidos de los otros. Dicho en cristiano, la libertad ya no es un atributo del espíritu humano sino una discreta concesión que sobrevive bajo el ruido de las masas y mientras no despierte la furia de los necios, sean mayoría o los más gritones de la minoría.
“¿Libertad, para qué?”, rezaba el principio leninista: ¿para qué queremos libertad de deambulación, de elegir a nuestros gobernantes, de expresarnos, si, en la práctica, la desigualdad social imposibilita el ejercicio efectivo de esas libertades? La solución es drástica, se iguala a todos por el rasero del paupérrimo y se prohibe la libertad a todos. Y todos iguales.
Marco Tulio Cicerón rechazó explícitamente el relativismo por ser peligroso si la gente no cree en la santidad de las leyes y la justicia, así lo expone en su De re publica (III, 17):
“Existe una ley verdadera, la recta razón, conforme a la naturaleza, universal, inmutable, eterna, cuyos mandatos estimulan al deber y cuyas prohibiciones alejan del mal. … Ni el Senado ni el pueblo pueden libertarnos de la obediencia a esta ley. No necesita un nuevo intérprete, o un nuevo órgano: no es diferente en Roma que en Atenas, ni mañana distinta de hoy, sino que en todas las naciones y en todos los tiempos esta ley reinará siempre única, eterna, imperecible,…el hombre no puede desconocer sin huir de sí mismo, sin desconocer su naturaleza y sin sufrir por esta sola causa la más cruel expiación, …”.
Pero hoy somos posmodernos y consumimos siempre que podemos, somos solidarios con la inmigración aunque sea “irregular” y estamos encantados de nuestras sociedades diversas y multiculturales. No es retórica, basta con visitar una manifestación de pensionistas y oir lo que se dice, pues para ellos el futuro de los demás ya es su hoy, y ese hoy no se parece en nada al futuro que alguien les prometió ayer. Así que…
COMO SIEMPRE, LO PRUDENTE ES OIR A LOS MAYORES DE LA TRIBU



