España sigue sin resolver su ecuación demográfica. Cada año, las cifras se repiten. En realidad, más que repetirse, podríamos decir que se acentúa la tendencia. Para lo bueno (esperanza de vida) y lo malo (natalidad). Somos uno de los países del mundo con mejor calidad de vida y eso se nota en el alargamiento de nuestras expectativas. Y al mismo tiempo, estamos entre los que menos niños tienen. A partir de aquí, dos derivadas: la primera, social (habrá a quien le gusten más o menos estos números); la segunda, económica, ¿es esto sostenible?
En los últimos días, Eurostat ha publicado dos de sus estadísticas demográficas más conocidas. Se resumen en los dos mapas que vemos en este artículo
Longevidad
La primera es sobre longevidad en las regiones europeas. Como vemos, buena parte de España está en el grupo de cabeza del continente (el estudio incluye algunos países, como Suiza, fuera de la UE).

De hecho, la región con una mejor cifra es Madrid, con 85,7 años de esperanza de vida. Una de las cuatro regiones (junto a Trento y Bolzano en Italia; y Estocolmo en Suecia) que supera la barra de los 85 años en la UE.
[Nota al margen: por lo que sea, esa cifra de Madrid como lugar con más esperanza de vida de Europa (y del mundo, junto a alguna prefectura japonesa) no suele concitar demasiado interés en los medios españoles. ¿Quizás porque casa mal con el relato sobre el desmantelamiento de la sanidad pública por parte de Ayuso?]
Y no sólo Madrid tiene buenas cifras. En realidad, buenos datos (si asociamos esta expresión con una esperanza de vida por encima de la media europea de 81,5) tienen todas las regiones españolas. Tras Madrid, destacan Castilla y León (84,8), País Vasco (84,7) Navarra (84,6), Aragón (84,3)…
Con este resultado regional, no es extraño que España sea junto a Italia y Suecia el país de la UE con una esperanza de vida más elevada: 84,1 de media para suecos e italianos; 84,0 para nosotros. Con un elemento importante que debemos tener en cuenta: estos dos países tienen una renta per cápita más elevada que la española. No todo es renta per cápita cuando hablamos de salud y esperanza de vida (el clima, la gastronomía, el estilo de vida, etc… son muy importantes también); pero está claro que suele haber una cierta correlación entre prosperidad y longevidad. España lo hace mucho mejor de lo que le tocaría por renta. Y eso es una gran noticia.
Natalidad
El segundo mapa normalmente no nos gusta tanto. También sabemos que se repite año a año. Pero es como esos informes médicos que nos dicen que hacemos poco ejercicio y preferimos no mirar.

Aquí también España e Italia lideran la clasificación continental. Pero en el sentido negativo. Somos los países con menor índice de fertilidad (hijos por mujer). No llegamos ni siquiera al nivel de 1,2. Sólo Malta nos supera, con apenas 1,01 hijos por mujer. De hecho, España es, por unas décimas, el segundo en este ranking, por delante de Italia, Polonia, Lituania y Estonia (ninguno de estos países alcanza el 1,2).
Como vemos, ningún país europeo se acerca siquiera a los 2,1 hijos por mujer que aseguran el reemplazo poblacional. Esto quiere decir que ninguno conseguiría mantener su población a medio plazo sin el aporte migratorio (si ese aporte es bueno o malo, es otro debate). Los que lo están haciendo mejor son Bulgaria (1,72 hijos por mujer), Francia (1,61) y Eslovenia (1,52). No son grandes cifras en ningún caso, pero comparadas con el 1,1 de italianos y españoles, casi dan ganas de celebrarlas.
La ecuación
Llegados a este punto, siempre surge la misma pregunta: y entonces, cómo vamos a pagar las pensiones?
En realidad, los problemas van mucho más allá de este interrogante. Que se incremente la esperanza de vida es una gran noticia. Pero, desde un punto de vista financiero, supone un reto. Los estados del bienestar europeos se fundamentan en una ecuación muy sencilla: los que trabajan-producen aportan vía impuestos para sostener a los que no lo hacen (menores, ancianos, desempleados, trabajadores de muy bajos ingresos…) Si la proporción ocupados-no ocupados se deteriora, resolver la cuenta se complica. O tienes que reducir la generosidad con los no-ocupados. O tienes que incrementar el peso fiscal sobre los que están en su etapa productiva.
¿Qué haremos nosotros? Todo apunta a una combinación de medidas. Eso sí, todas ellas impopulares:
- Reducir el número de no-ocupados y ampliar el de ocupados retrasando la edad de jubilación
- Incrementar el porcentaje de impuestos que se dirigen a la economía no productiva (es decir, que no cubren inversiones, sino gasto). Y subir los impuestos al trabajo y la producción.
- Reducir el resto de partidas de gasto (esto lo llevamos haciendo muchos años)
Y luego está el factor migratorio. Que queda fuera del ámbito de este artículo, pero sobre el que, al menos, hay que hacer un par de apuntes. En primer lugar, porque el saldo fiscal neto de la inmigración no está nada claro que sea positivo. Dependerá de su tasa de empleo y de sus salarios. Hasta ahora, los estudios que han analizado este punto, coinciden en que los inmigrantes de baja cualificación no sólo no son contribuyentes netos, sino que son receptores (es decir, empeoran el saldo fiscal del país de acogida). Pero, además, porque es un elemento que está fuera de tu control. Los países europeos dan por hecho que seguirá habiendo saldos migratorios positivos para siempre: pero, viendo la evolución de la natalidad en la mayoría de los países (está cayendo en todas las regiones del mundo) y su mejoría económica (que suele ser un factor que retrae las ganas de salir del lugar de origen), no está nada claro que podamos darlo por garantizado


