En un régimen democrático parlamentario, la prueba del algodón que indica la estabilidad y fortaleza de un gobierno es tener una mayoría en el Congreso que le permita aprobar unos Presupuestos Generales acordes con ese plan de acción política con el que convenció a sus votantes.
Por dos años seguidos el Gobierno de Sánchez no ha presentado, por pánico a ser derrotado, los proyectos de Presupuestos Generales a los que obliga la Constitución. Tampoco nos debe extrañar nada dada su larga lista de tropelías. Ejemplos tenemos en la ley de amnistía , la eliminación del delito de sedición y la reducción de pena del de malversación, o la propuesta de un concierto singular de financiación para Cataluña.
Más de cien derrotas legislativas no son fáciles de digerir. Y eso que lo intentan a base decretazos. Huyen de los proyectos de ley trabajados, negociados y discutidos en el Congreso. Prefieren negociar a escondidas, aunque sea en Suiza. Pedro Sánchez desde el inicio sumó como progresistas a fuerzas que no lo son para poder gobernar. Todo en este Gobierno ha sido siempre contradictorio, inestable y complejo en un proceso degenerativo.
Y en esto llegó la corrupción. La bandera que habían izado los socialistas en aquella moción de censura contra Rajoy. La lista de afectados crece día a día y ya ahoga a la familia del propio Presidente y a sus principales apoyos en el partido. Llevamos meses en que cada día nos desayunamos con algún escándalo pero para este Gobierno la culpa acaba siendo del PP: da igual que Sánchez lleve ya siete años en el Gobierno, lo que ocurra, o tiene su origen en el PP del pasado, en el PP actual, o el PP futuro. Siempre en conjura con esos jueces independientes y esos medios de comunicación críticos y libres. Para Moncloa todos los escándalos son solo «pseudoinformación».
Su forma de gobernar se mueve entre la parálisis, el escondite y el silencio, es un «pseudogobierno» con un presidente que huye de la transparencia que lleva seis semanas, 42 días, sin contestar a ninguna pregunta de ningún periodista y once meses, casi un año, sin que ningún medio de comunicación español le haya entrevistado. Al menos lo bueno es que Sánchez lleva 42 días sin mentirnos.
No habla sobre su mujer investigada, ni sobre su hermano procesado, ni sobre su vergonzante fiscal general del estado procesado. Tampoco ha dado una explicación clara sobre Ábalos, ni Koldo, ni Aldama, ni Leire, ni Dolset, ni sobre nadie. Todos son bulos y «pseudoinformación». Y punto.
Es un Gobierno que alardea de su gestión económica mientras Bruselas en su informe anual le recuerda que la situación no da para tirar cohetes con un alto nivel de déficit y una deuda disparada. Con los más altos índices de paro y paro juvenil de la Unión Europea, con un problema crónico de vivienda en toda España que afecta a los más vulnerables y a los más jóvenes, y con problemas gravísimos de sostenibilidad del sistema de pensiones.
El Gobierno va a subir 4.000 millones el presupuesto en Defensa en un intento de llegar al 2% de gastos en Defensa, pero ya la OTAN, la UE y los EEUU lo elevan al 5%.
Se avecina un nuevo ejercicio de cinismo de sus socios, como han hecho con la corrupción, pues para ellos, la supervivencia de este «pseudogobierno» es crucial para seguir cobrando piezas. Y para Sánchez también, pero para defenderse.




Al cabo de los dos años de esta legislatura, Sánchez ha jugado sus cartas admirablemente. España es gobernada desde Waterloo y los sicarios de su partido se afanan en trazar la tupida red delictiva que sirva para consolidar la impunidad del robo.
La batalla política debe ser dada en el parlamento. Y andarse ahora con disquisiciones sobre «izquierda» y «derecha», de progresistas y conservadores, es banal pues la banda que se asienta en Moncloa es el cáncer que acabará con lo que queda de libertad en España.
Los dos años más, con los que amenaza Sánchez, serán más que suficientes para deshacer todo el sistema de garantías. Nadie puede engañarse sobre lo que vendrá luego.