La explosiva y siniestra conjura de los necios
El próximo mes de mayo se cumplen 15 años de la histórica sesión del Congreso de los Diputados en la que José Luis Rodríguez se bajó de la nube de los «brotes verdes» y asumió por fin la enfermiza salud de la economía española. Anunció el mayor recorte social de la democracia, con medidas tan severas como la congelación de pensiones o la rebaja del sueldo a los funcionarios. Un año y medio después, en diciembre de 2011, abandonó definitivamente el Gobierno tras unas elecciones anticipadas, dejando a su sucesor una herencia de 5,27 millones de parados, un déficit de casi el 9% y muchas facturas sin pagar, pero sobre todo un país deprimido y traumatizado. ZP, el hombre del talante, «la nada más absoluta» se iba de la Moncloa convertido en un zombi, en un personaje sin ningún crédito. No lo querían ni los suyos, que lo hacían responsable del catastrófico resultado electoral del PSOE y lo consideraban una rémora para la recuperación de la imagen del partido.
Pero desde Suárez a Rajoy, todos los presidentes han abandonado el poder de manera más o menos traumática. La rehabilitación casi siempre acaba llegando, pero se necesita algún tiempo, que los «jarrones chinos», cojan polvo, adquieran pátina y ese halo de respetabilidad que da la perspectiva del tiempo. Pero Zapatero se convirtió en el más sumiso embajador del chavismo y ahora se erige en el defensor del golpista Puigdemont.
Lo cierto es que la defensa numantina del sanchismo ha encontrado un aliado no del todo esperado en Zapatero, transformado repentinamente en la estrella del decadente festival de rock que es el PSOE. Recordar la sarta de estupideces que enunció Zapatero y que se resume con: «El universo es infinito. No cabe en nuestra cabeza». «Pertenecemos a una especie que es absolutamente excepcional. Que no la hay en ningún sitio del universo».
Habrá quien vea en la resurrección pública del expresidente leonés un acto de pundonor y defensa de sus colores que le llevan a ser más sanchista que Sánchez, junto a ese tipo de vanidad que solo exhiben quienes carecen de virtud alternativa. Pero ¿a qué le tendrá miedo Zapatero para que considere que salvar a Sánchez es la única manera de salvarse a sí mismo y a su aparatosa agenda comercial de contactos internacionales, siempre en las sentinas ideológicas más siniestras?
Quizás cuando Zapatero diserta sobre el universo infinito, como si fuera una parodia del replicante de Blade Runner, cabe preguntarse por sus negocios en la tierra, entre latitudes caribeñas y ese Grupo de Puebla que tanto mima también a Yolanda Díaz.
Pero hay otra opción mucho más siniestra: que cuando Sánchez se despeñe, más pronto que tarde, dejando el partido completamente descabezado, y que en ese momento quiera Zapatero volver como única solución. Él, que tanta culpa tuvo en todo lo que hemos padecido. Sinceramente, no se sabe qué sería peor: un PSOE dirigido por Sánchez o uno encabezado por Rodríguez Zapatero. Pegarnos un tiro o tirarnos por la ventana.
Zapatero tiene ahora como oficio principal el de abrillantador de personajes repulsivos. Con Carles Puigdemont asegura que «ha cuajado quizás algo más que una relación de confianza» elogiando a un presunto delincuente que está reclamado por el Tribunal Supremo de España por atentar contra su orden constitucional.
Lo sustancial ha sido su anuncio de que está negociando con Puigdemont «el reconocimiento de la identidad nacional de Cataluña», un asunto que como tal ya dejó zanjado el Alto Tribunal en su sentencia de 2010 sobre el Estatut catalán. Zapatero dice que Junts propondrá un referéndum de autodeterminación para el reconocimiento nacional de Cataluña, mientras que el PSOE defenderá «el amplio desarrollo del Estatut de 2006, así como el pleno despliegue y el respeto a las instituciones del autogobierno y la singularidad institucional, cultural y lingüística de Cataluña». Ahora, Zapatero apunta que el camino es la delegación de competencias, poniendo el ejemplo de la emigración.
De momento, el independentismo ya podría presumir de haber conseguido un generoso botín. En menos de dos años de legislatura, el Gobierno se ha comprometido a entregarles la «plena soberanía fiscal» a través del cupo, la delegación integral de competencias en emigración, con el correspondiente control de fronteras, así como de la seguridad ciudadana en puertos y aeropuertos, en detrimento de Guardia Civil y Policía además de continuar la persecución del castellano en la escuela. Pero Zapatero dice que habrá más y anuncia noticias para la segunda mitad de este año e incluso para la próxima legislatura.
Al «procés catalán» le está siguiendo un «proceso español»: Indultos, supresión del delito de sedición, modificación a la carta del delito de malversación, retirada del CNI de Cataluña, inhibición del Gobierno de España en el cumplimiento de las sentencias lingüísticas, expulsión de Cataluña de la Policía y la Guardia Civil por fases, amnistía y por último la Autodeterminación. Pero la autodeterminación no interesa ahora a los independentistas que perderían el referéndum, por lo que aceptarían una meta volante: un cambio del modelo de Estado que convierta a España en confederación asimétrica y plurinacional para llegar a la independencia cuando se den las condiciones favorables. La mutación constitucional no se haría reformando la Constitución, sino aprobando leyes y cediendo competencias que serían avaladas por el TC del Conde Pumpido de turno. Veremos en qué playa nos deja la tormenta, pero cuando los capitanes que pilotan la nave son un golpista y un expresidente fracasado, lo prudente es coger los chalecos salvavidas




