OCIO Y EL TRABAJO ESTABLE O EL TRABAJO PRECARIO

En España en comparación con Europa nuestros salarios siempre han sido más bajos, nuestras jornadas más largas, nuestros contratos más temporales, por más que en una revolución nominalista de la contrarreforma laboral de Yolanda Diaz quiera llamarlos fijos. Una situación de precariedad que convive con un colectivo de trabajadores al que llamaremos estables (por diferenciarlos de los “fijos”, del pelaje que sea), que han alcanzado el status de profesionales valorados, cualificados, con buenos salarios. Eso que algunos han dado en llamar “clase ociosa”, que se supone tienen derecho a disfrutar de la vida y de un ocio saludable.

Este colectivo de estables de hecho es el que tira del consumo, el que mantiene la ficción de una clase media potente. Y, en este colectivo, son muchos trabajadores los que, paradójicamente, de forma voluntaria eligen jornadas laborales prolongadas, eligen presencialismo en lugar de optar por tener más libertad horaria.

 

Este colectivo de “estables” sigue consumiendo mientras sea posible. El dinero con el que consume no procede tan sólo del ahorro y han vuelto a la fiesta del endeudamiento. Los trabajadores estables ganan buenos sueldos, trabajan mucho, se endeudan porque pueden. Esa es su peculiar y particular trampa. Ese círculo vicioso de trabajo y consumo. Es su imagen la que está en juego, es la demostración de su capacidad económica, financiera, de endeudamiento. Para los trabajadores fijos, estables, el mundo es distinto. Periodos de cortas vacaciones, pero con avión y todo incluido, o que incorporan experiencias que combinan lo físico, lo mental, el equilibrio personal. Echar mano de entrenadores personales, o adentrase en el deporte de aventuras.

 

El ocio de los estables se ha convertido en nuestros días en una fuente inagotable de negocios. Las empresas en ascenso del ocio se esfuerzan en canalizar hacia el consumo un tiempo libre limitado, convertir el tiempo en gasto.

 

El capitalismo no es tan sólo un modelo de producción, es también un ejercicio de organización del consumo vinculado de forma muy estrecha con nuestro tiempo de ocio. Es este el gran éxito del capitalismo, su ventaja sobre comunismos y fascismos de cualquier tipo. Ese hacernos creer que somos únicos, irrepetibles, exitosos.

 

Los precarios carecen de acceso al endeudamiento y un empleo precario reclama un ocio que no requiere muchos gastos, un ocio pasivo. Engancharse a internet, a las redes sociales, consumir televisión en directo, o enlatada. Tal vez adentrase en la aventura de recorrer pasillos de centros comerciales, lo cual te permite, sin gastos añadidos, estar caliente en invierno y fresco en verano.

 

Con niveles de desempleo mayores que nuestros vecinos y con sistemas de protección social menos consolidados, hemos aceptado “reformas laborales” que, en otros países, habrían tenido niveles muy altos de contestación. Las explosiones de los “cinturones rojos”, los suburbios, la periferia de muchas ciudades europeas, que vienen a sumarse a la precariedad, el desempleo, la falta de horizonte para los jóvenes, no han tenido, hasta el momento, correspondencia en nuestro país.

 

Los salarios, el tiempo de trabajo, la formación, las vacaciones, la igualdad de género, la salud laboral, la regulación de las nuevas situaciones, como el teletrabajo, las pensiones y las coberturas sociales,… En todo el mundo reuniones, movilizaciones, huelgas convocadas, huelgas en marcha, huelgas desconvocadas por agotamiento, o por alcanzar los objetivos. Negociaciones, denuncias por despidos, procesos de formación, encuentros internacionales, congresos sindicales que cambian sus direcciones…. Luchas de los riders, de los transportes de viajeros, de los trabajadores de plataformas digitales, de guionistas, jornaleros, trabajadores de la salud, o del automóvil…

 

Todo para hacernos creer que trabajamos para consumir y rellenar así nuestro tiempo libre. Pocos reconocerán este fenómeno, porque cualquiera que desde la política, el sindicalismo, el empresariado, e incluso desde las denominadas organizaciones sociales, se atreva a cuestionar el sistema en curso, será tachado de iluminista, utopista, radical, irrealista y fracasado. Y nadie en su sano juicio puede permitirse transitar por el mundo como un fracasado. Veremos lo que da de sí la legislatura.

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