El silogismo es claro:
alta renta de los jubilados y aumento de las pensiones = menores ingresos para los jóvenes.
En las últimas semanas son varios los informes que han destacado el aumento de la renta de los mayores españoles. Sin duda una buena noticia, pero que se ha trasladado a la opinión pública con la coletilla de que eso agranda la brecha generacional.
Conviene recordar algunas verdades que a base de no repetirlas se han olvidado. El aumento de los gastos en pensiones no supone que los mayores no aporten a la economía sino al contrario ya que la solvencia de esta cohorte de edad es un motor que aporta ingresos a la demanda agregada y por tanto oportunidades de empleo a los más jóvenes. Tampoco puede obviarse que son más de 4 millones de seniors (más de un millón los de ellos son autónomos) los que siguen trabajando y por tanto pagando cotizaciones por ello y así contribuyendo a las arcas de la seguridad social. Además, por si fuera poco, los mayores de 55 años protagonizan casi el 40% de todo el consumo del país, en especial en asuntos como el turismo, el ocio y la alimentación que mueven la economía de nuestro país.
La situación económica desahogada de los mayores es el sueño de cualquier sociedad a lo largo de la historia. Durante miles de años, el cumplimiento de la edad suponía dejar de producir y por tanto a depender de la familia cuando no de la beneficencia. Envejecer era durante siglos garantía de miseria. Hoy la renta de los mayores les garantiza no solo no depender de nadie -con una renta mediana por encima de sus pares europeos- sino al contrario ayudar a sus descendientes. De hecho, un 60% de los españoles de más de 55 años trasfiere renta a sus hijos. Por no hablar del trabajo no remunerado en cuidados de los mayores con sus nietos que hace posible que cada día en España puedan trabajar miles de padres con hijos menores.
Los mayores no son los culpables de que cada vez haya menos jóvenes por culpa de la nueva pirámide poblacional y ni mucho menos de que las empresas ofrezcan empleos más precarios que hace décadas o que cada vez se grave más el trabajo con más impuestos. Tampoco que la vivienda se haya vuelto inaccesible y ni mucho menos de que los jóvenes busquen equilibrar ocio y trabajo.
Los mayores sí son responsable de haber trabajado más años y con más valor añadido que ninguna generación a lo largo de la historia, también de haber logrado -gracias a la incorporación de la mujer al mercado laboral- que por primera vez haya más de dos ingresos en los hogares de los seniors y también de haber conseguido financiar sus viciendas con hipotecas a doble dígito y que con una probabilidad alta heredarán sus descendientes.
Por eso cada vez que se lea eso de la batalla generacional, no debería caerse en la trampa de buscar víctimas y culpables en función de la edad del DNI. Las respuestas a la desigualdad no están en las pensiones o en las canas, al contrario esos conceptos son la garantía de una sociedad digna. La explicación de la precariedad de las cohortes más jóvenes debería buscar los culpables no en los pensionistas sino en las políticas públicas (y también en las empresariales).



