NO TODO ES CULPA DIRECTA DE PEDRO SÁNCHEZ. LA ESPAÑA FALLIDA

Lo que necesitamos no es un salvador providencial, un sistema capaz de frenar los excesos de cualquier presidente, sea del signo que sea.

 

La situación política de España no es solo responsabilidad de Sánchez; también es reflejo de todos nosotros. Somos un país que ha aprendido a convivir con la corrupción, unas instituciones débiles, una clase política mediocre y una ciudadanía resignada. El sanchismo es una forma de entender la política y la vida pública, una mezcla de pragmatismo, resistencia y desprecio por las reglas, que se asienta sobre una ciudadanía que no exige otra cosa.

 

  • Una sociedad que tolera que la ministra de Universidadesrelativice la falsificación de títulos como si fueran meras erratas administrativas, el principio de mérito y esfuerzo queda reducido a escombros.

 

  • Bo nos inmutamos cuando el fiscal general se sienta en el banquillo y se aferra al cargo, pese a estar acusado por sus propios subordinados y comprometer la credibilidad del sistema judicial.

 

  • Aceptamos como normal que los medios públicos se entreguen a redacciones colonizadas por militantes disfrazados de periodistas cuya misión es blindar al gobierno

En la cúspide de esta pirámide de degradación institucional y social se encuentra un presidente que ha convertido la política en un ejercicio de resistencia personal. Sánchez negocia con Cataluña no como parte de una estrategia de Estado, sino como mecanismo de supervivencia. Cada concesión es una inversión en su propia supervivencia, aunque sea a costa de la estabilidad del país

 

Una sociedad que no responde a estas tropelías tendrá los gobernantes que merece. La oposición, lejos de capitalizar el desgaste, se resigna a esperar que el Gobierno caiga solo. Pero mientras tanto las alternativas del PP son poco más que versiones descafeinadas de lo que critican, en lugar de darle la vuelta al calcetín. No basta con ser “antisanchista”,es preciso proponer proyectos en común ilusionantes

 

Sin embargo, lo más preocupante no está en Moncloa ni en Génova, está en la calle. El problema no es solo Pedro Sánchez. Él es el símbolo máximo, no la raíz. Un político así no aparece en sociedades con cultura política sólida, sino en entornos donde la exigencia ciudadana es baja y la tolerancia a la mediocridad altísima. España ha perdido valores como la cultura del esfuerzo y la apariencia cuenta más que la solvencia, premiando la astucia antes que el escuerzo. La picaresca española ha alcanzado su cénit con los Ábalos, Koldos y Cerdanes, pero una parte del país sigue respaldando a esos buscones y lazarillos que siguen incrustados en nuestro ADN colectivo.

 

En este panorama desolador, apenas resiste una Galia institucional con unos jueces y fuerzas de seguridad, cada vez más oprimidos, que se empeñan en recordar que la ley está por encima de las coyunturas políticas, y un puñado de medios incómodos que, sin recursos ni favores, mantienen viva la costumbre de fiscalizar al poder, pese a que una nueva ley les amenaza con asfixiar la independencia informativa.

 

¿Cómo se cura una sociedad enferma? La receta es conocida, pero difícil de aplicar, pues pasa por fortalecer la sociedad civil, liberarla de la lógica de la subvención, exigir transparencia y rendición de cuentas, devolver a la ética y al mérito el espacio que les corresponde. Y, sobre todo, recuperar el principio de alternancia, una garantía básica de salud democrática que incomoda a Sánchez y a sus «intelectuales» y artistas de cabecera, como ellos mismos han dejado claro en mítines y manifiestos.

 

Es necesario un cambio de mentalidad profunda, una revisión de la cultura política que nos ha traído hasta aquí. Y esa transformación no vendrá de arriba; tendrá que forjarse desde abajo, en una ciudadanía que deje de conformarse con sobrevivir y empiece a exigir calidad institucional. La pregunta del millón en España es si existe la masa crítica necesaria para forzar ese cambio. La resignación es más cómoda que la exigencia

 

La pregunta ya no es si España es una sociedad fallida, sino si, cuando despertemos, aún quedará algo que salvar.

 

Fuente: La España fallida, por Miguel Ángel Benedicto

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