Hablar de la insostenibilidad del sistema de pensiones oculta el análisis de la precariedad laboral entre la juventud
Pau Miret, doctor en Sociología, experto en demografía e investigador del Centro de Estudios Demográficos (CED-CERCA) reconoce las dificultades laborales a las que se enfrentan hoy los jóvenes y señala que “el problema fundamental es el desempleo juvenil”. La respuesta, afirma, está en el deterioro del mercado laboral tras la crisis económica: “Un mercado de trabajo que prioriza las ocupaciones precarias”, lo que impide que muchos jóvenes coticen de forma regular y suficiente como para sostener el sistema a largo plazo. Insiste en que “hablar de insostenibilidad del sistema de pensiones oculta el problema de fondo: la precariedad laboral juvenil”.
El debate surge del informe publicado a inicios de mes por el BBVA y el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE). El documento concluye que los jóvenes españoles podrían jubilarse a los 71 años, debido a carreras laborales más cortas y precarias. También advierte que, sin reformas estructurales, la sostenibilidad individual dependerá del ahorro privado. A Enric, la idea de jubilarse a los 70 le resulta “una barbaridad”. “Me parece muy bestia que una persona de 70 años tenga que seguir trabajando”, añade Laia, preocupada no solo por el retraso en la jubilación sino por el desgaste físico y emocional que implica.
La proyección ha provocado reacciones encontradas. Mientras algunos la consideran una advertencia seria ante la evolución demográfica, otros la califican de exageración interesada. Miret se alinea con la segunda: “Creo que estos informes predictivos tienen una finalidad básicamente ideológica. Su objetivo es planificar una progresiva destrucción del sistema público de bienestar”, responde. Además, el sociólogo recuerda que el sistema público, basado en la transferencia de cotizaciones, “nació bajo la sospecha de que no duraría y aún así ha demostrado ser eficaz”. El sindicato CCOO también lo califica de «fake news» y «alarmista».
Miguel Ángel García Díaz, doctor en Economía, profesor en la URJC e investigador en Fedea, explica que “el problema del sistema de pensiones es que en la última reforma se decidió mantener la tasa de reposición más alta de la UE –es decir, lo que te queda de pensión comparado con lo que cobrabas trabajando— en el cálculo de la pensión inicial (77% vs 44,5% de la UE, es decir, un 73% superior) y actualizar después con el IPC, cuando debido a la jubilación de la generación del baby boom, el número de pensiones va a aumentar en un 55% en 2050.
Según su criterio, España ha decidido que las pensiones sigan siendo más generosas (de las más altas de Europa en comparación con el último sueldo) pero en 2050 habrá un 55% más de pensionistas. “Los jóvenes de hoy serán quienes tengan que pagar esa factura, incurriendo en un severo deterioro de la equidad entre generaciones”. “Este es el verdadero problema que van a tener los jóvenes, cómo van a vivir hasta cobrar la pensión”, asevera.
El salto generacional no ayuda
“¿Si siento que las políticas públicas y los gobiernos tienen en cuenta los desafíos que afrontamos los jóvenes hoy? Pues no”, afirma con contundencia Enric. “Y sobre todo, los mayores nos tratan como si fuéramos estúpidos. No estúpidos como tal —aclara— sino que nos consideran débiles, que no hacemos lo mismo que hacían ellos cuando eran jóvenes, que era todo mucho más difícil entonces”, declara. Pero su crítica va más allá. Habla de una percepción generalizada que infantiliza a los jóvenes, comparándolos constantemente con una generación que sí supo “lidiar con la dureza de la vida”.
Frente a esta postura, Miret defiende el valor del sistema público: “Ha demostrado su sostenibilidad y ha reducido la pobreza en la vejez. No se trata de si podemos seguir pagándolo, sino de si lo queremos priorizar como sociedad”. Y lanza una advertencia: “Plantear un conflicto generacional entre mayores y jóvenes es una forma de dividir. La solución no pasa por enfrentar generaciones, sino por una reforma fiscal justa y una política laboral inclusiva”.
El debate es candente, pero al mismo tiempo los jóvenes observan con escepticismo su horizonte. Laia es crítica: “El cuerpo ya no aguanta igual que a los 25. Con 65 o 70 deberías estar descansando y disfrutando de la vida. Bueno, ¡y con 30 también deberíamos poder hacerlo más! Pero el sistema es el que es”. Además del desgaste físico que supondría, ve cómo el futuro cada vez más está encaminado a la productividad, sin priorizar el bienestar de las personas. “Tengo la sensación de que cada vez todo va más hacia trabajar, trabajar y trabajar, sin ningún otro propósito. Antes, al menos, parecía que había una recompensa, aunque fuera económica. Pero ahora trabajamos para sobrevivir”, remata.
Un plan alternativo al sistema
Mientras la incertidumbre económica gana terreno, Laia y Enric empiezan a mirar más allá, en algún plan o estrategia distinta para poder garantizar un ahorro decente. Ella explica que su único plan “es ahorrar cuanto se pueda, que tampoco es siempre”. Porque por más trabajos que tenga —freelance por aquí, edición por allá, un par de eventos el fin de semana— , la cuenta nunca da, explica. Y sus ingresos varían mes a mes. “Hablar de dinero es tener esa sensación persistente de hacer lo suficiente, de gastar más de lo que se debería”, reflexiona. Criada en un entorno donde siempre flotó la idea del “colchoncito por si acaso”, su estrategia financiera pasa por intentar ahorrar mes a mes lo que pueda.
A diferencia de Enric, que ve en la migración una vía hacia la estabilidad, Laia no se plantea irse de España. “Amo mi tierra, quiero vivir aquí. Irme sería como una derrota personal”, afirma. Aunque entiende a quienes emigran, prefiere quedarse, incluso con menos dinero, antes que renunciar a su lugar. “No quiero resignarme a la idea de que no se puede vivir bien en este país”, responde.
Para Ernic, emigrar forma parte del método, un sacrificio temporal para alcanzar una meta mayor: “Yo quiero vivir en Barcelona 100%, pero primero quiero hacer un buen colchón para poder garantizar que después, podré comprarme un piso o, al menos, tener una estabilidad económica que no dependa de vivir con 1.500 euros toda mi vida”, dice.
Su propósito no es solo tener dinero hoy, sino construir un patrimonio a largo plazo. Invertir en bienes, en proyectos, en su seguridad financiera. Explica que cuando empiece a ganar dinero “de verdad”, buena parte de su sueldo irá directo a inversiones en bolsa. Para él, es la solución, dado que el sueldo que podría tener en España, dice, no le permitiría ahorrar. Aunque admite que no tiene gran conocimiento: “Algo sé de cómo funcionan los mercados financieros, pero escucho a gente que sabe más para informarme y así entender los riesgos”.
El economista García Díez insiste en la importancia de la educación financiera “pero poco puede hacer si no se equilibra el sistema público con una tasa de reposición más cercana a la media europea”, sentencia. Cree que aprender a ahorrar e invertir puede ayudar, pero si el sistema público de pensiones no se reforma, no hay ahorro privado que lo compense. “La relación entre aportación real realizada y pensión debe ajustarse al crecimiento del PIB y la esperanza de vida”, finaliza.
“La revolución tecnológica nos llevaría a trabajar cada vez menos”
El sociólogo Pau Miret vuelve a referirse al informe y advierte que debe ser leído con cautela. “La jubilación no es solo una cuestión de edad, sino también de años de cotización. Muchas personas jóvenes, especialmente migrantes y mujeres, podrían tener que prolongar su vida laboral para alcanzar una pensión mínimamente digna”, explica. Miret insiste que el verdadero problema no es la sostenibilidad del sistema de pensiones, sino la falta de políticas públicas dirigidas a la juventud: “Actualmente, la pobreza se concentra en familias con hijos. No hay política familiar, ni de vivienda, ni de empleo juvenil estructural”. Además, “la robotización y la revolución tecnológica nos llevarían a trabajar cada vez menos a lo largo de toda la vida”, reflexiona
García, por su parte, lanza el mensaje de que el sistema no está preparado para el futuro. Para él, no basta con retrasar la jubilación o ahorrar por cuenta propia. Aboga por “una reforma del sistema que equilibre suficiencia y equidad con sostenibilidad financiera”. Para eso, propone soluciones: “Ampliar de 25 a 35 años el periodo de cálculo de la pensión, aumentar de 37 a 40 años para conseguir el 100% de la base reguladora e incluir la esperanza de vida como parámetro de cálculo de la pensión inicial”.


