NO HAY QUIEN AGUANTE ESTE DESASTRE
El descrédito de España por las andanzas de Sánchez y su entorno debe frenarse desde las instituciones. Al bloqueo político, el acoso a las instituciones, la sumisión a sus aliados y la corrupción desatada, Pedro Sánchez le añade ahora un sainete infumable, de tintes dantescos y humillantes para la estima y la decencia de la política española. El chusco enfrentamiento público entre distintos clanes de las tramas por todos conocidas no debe disipar lo sustantivo del asunto: todos están relacionados con el PSOE y todos son responsabilidad política, y ya veremos si legal, de Pedro Sánchez.
Resulta ofensiva para la inteligencia la burda manipulación que el presidente, sus colaboradores y sus altavoces pretenden instalar en la sociedad, como si nada de lo ocurrido tuviera que ver con ellos y fuera una especie de conspiración, primero de la oposición, la judicatura, la UCO o la prensa crítica y, una vez desplomado el inmenso bulo, de cloacas ajenas que investigaba heroicamente una militante del partido.
Lo cierto es que ha habido una abrumadora conexión entre la falsa periodista de investigación que dice ser Leire Díez, presente en operaciones de extorsión y montajes de todo tipo para favorecer a su partido; y los discursos, reformas y señalamientos del Gobierno a los Cuerpos de Seguridad, a los jueces que instruyen casos incómodos y a los medios de comunicación que informaban.
Y lo cierto también es que, de una manera u otra, la práctica totalidad de los miembros de esas tramas mafiosas han logrado, hasta el estallido de todo, los objetivos económicos que se plantearon, en múltiples ámbitos siempre favorecidos por el Gobierno: la venta de mascarillas, el rescate de una aerolínea o la licencia de hidrocarburos son negocios constatados y favorecidos por decisiones del PSOE sin las cuales, simplemente, no hubieran prosperado.
Es tan evidente esto como los dividendos obtenidos por Leire Díez, en forma de contrataciones arbitrarias en empresas públicas como Correos, Begoña Gómez, con una cátedra regalada hoy objeto de instrucción judicial por la sospecha de que funcionó intercambiando favores institucionales o David Sánchez, con una plaza fabricada a su medida que le tiene a punto de procesamiento.
A todos estos datos se le une la conexión frecuente entre ellos, con un cúmulo de escenarios y episodios en el que aparecen juntos, de una forma u otra, como prueban los viajes al extranjero de la esposa del presidente del Gobierno con Víctor de Aldama, considerado el nexo corruptor de la trama y, a la vez, su mejor detonante para alcanzar un acuerdo con la Justicia.
No se recuerda caso en España, ni en el mundo civilizado, en el que al colapso político se le añada otro estético y ético tan clamoroso. Y mucho menos que algo así sea respondido con el silencio, la mentira o la acusación a quienes denuncian o intenta frenar estas prácticas mafiosas. El silencio de Sánchez, unido a las patéticas coartadas esgrimidas a la desesperada por sus lamentables defensores, remata el inaceptable deterioro de la estabilidad institucional y democrática de España, arrastrada por un fango cuya propiedad es exclusiva del PSOE.
Ningún país debe soportar algo así, derivado de la ambición vacua de un dirigente político sin escrúpulos cuyas andanzas, eso sí, quedan perfectamente retratadas por el tipo de personas que le rodean y ojalá paguen el precio que sus andanzas exigen ya a voces.
EL SUICIDIO DE LA IZQUIERDA EN ESPAÑA
Cuando baje el ruido causado por el abrupto desvelamiento de las funciones y personalidad de doña Leire Díez, recordaremos que el verdadero problema es otro: el final histórico de la vieja izquierda, un proceso diferente en cada país y ya indudable en el sur de Europa, como han revelado las elecciones portuguesas, un país donde la izquierda lo fue todo. En el caso de España, ha tomado la forma de hundimiento en la corrupción, la ineptitud y el ridículo, un cóctel terminal insuperable.
El final de la izquierda centrada en Francia fue consecuencia del abandono en masa de su antigua clientela a favor del populismo nacionalista de los Le Pen; en Italia tuvo más que ver con la decepción por la incompetencia corrupta, como en Grecia; en todos los casos, porque la izquierda fue incapaz de adaptarse a fenómenos como la inmigración en masa y los problemas de su integración, o la excesiva dependencia de un Estado del bienestar muy oneroso; en general, del fracaso de la “revolución cultural” simbolizada por el Mayo del 68, tan notorio en la educación y la industria cultural, con la que la izquierda estaba tan sentimentalmente unida.
Quizás la expresión más rotunda de ese fracaso cultural haya sido la degeneración del feminismo y la revolución sexual en ideología de género androfóbica y negación de la naturaleza. También la del universalismo internacionalista en apoyo acrítico a cualquier fobia contra el orden ilustrado liberal, con el renacer del antisemitismo. El fracaso ha sido más notorio en el país menos implicado en el Mayo del 68 cultural, que es España, lo que no deja de ser irónico. Pocas sociedades abrazaron con tanto entusiasmo como la nuestra la transformación interna y el paso de la tradición autoritaria a la libertad civil, pero pocas han visto tan decepcionadas sus legítimas esperanzas, y gracias a la izquierda. El indicio más evidente es el vuelco de las preferencias políticas juveniles hacia lo más liberal o conservador.
La izquierda no es el primer gran movimiento sociopolítico que entra en proceso de disolución. El liberalismo clásico, nacido hacia 1848 de la última gran revolución liberal-democrática europea, pasó por el trance. En 1918, tras la victoria en la Gran Guerra que salvó por unas décadas el Imperio, parecía inimaginable el fin del viejo Partido Liberal británico, pero pronto fue un partido marginal que nunca volvió al gobierno del Estado.
El viejo liberalismo murió de éxito e incoherencia: sus principios esenciales -gobierno limitado, división de poderes, libertad personal, sufragio universal- fueron asumidos por casi todos, pero fue incapaz de representar a obreros, mujeres y minorías, por no hablar del empecinamiento imperialista. Los whigs de Londres nunca supieron explicar, porque era inexplicable, por qué los ingleses debían ser libres, pero no los irlandeses, los hindúes o las mujeres, a las que prometieron el derecho al voto para traicionarlas una y otra vez. Con el tiempo, las farsas acaban fallando.
Hay paralelos en el final de la vieja socialdemocracia: el Estado asistencial ya no es programa de partido, y el deterioro de los servicios públicos esenciales y del acceso a la vivienda y empleos decentes -que en España es un auténtico desastre- ponen en evidencia que el compromiso con los más desfavorecidos es una filfa tan insustancial como lo fuera el compromiso liberal inglés con el voto de la mujer o los derechos de Irlanda.
Si añadimos la entrega a ideologías tóxicas -de género, wokismos varios y nacionalismo supremacista- para dar con un cliente alternativo a la vieja clase obrera de izquierdas, tan desaparecida como la Segunda Internacional, el cuadro queda completo: la vieja izquierda ha quedado en aparato de políticos profesionales sin más alternativa que intentar controlar el Estado para no ser sustituidos por los populistas conservadores que compiten por la protección de los dependientes, y en el proceso degeneran a parásitos ineptos que destrozan lo que dicen proteger. España es el teatro más extremo de este proceso largo y penoso que solo cerrará la eutanasia electoral.
Para sobrevivir a esta crisis senil, el PSOE decidió sumergirse en el populismo, la corrupción y el abandono de la socialdemocracia a la ibérica para acercarse al hispano Grupo de Puebla, más el abrazo oportunista con neocomunismo y nacionalismo separatista, golpistas y terroristas incluidos. No hay nada ni nadie que pueda sobrevivir a semejante abrazo letal, que Maquiavelo habría vetado sin vacilar.
Se puede pensar que lo del sanchismo solo será otra crisis pasajera de la “izquierda inmortal” que habría dicho Julio Anguita, el último comunista honesto, y que en unos años el socialismo, tras beneficiarse de la infinita habilidad de la derecha española para enredarse en sus errores y peleas internas, volverá al gobierno, pero hay motivos de sobra para pensar lo contrario.
No es consecuencia de la fatalidad, sino de la ineptocracia sistémica, que a su vez nace del populismo con su aversión a la meritocracia, la competencia y las élites profesionales. Decía Gracián que el político ambicioso debe rodearse de gente menos dotada que no le haga sombra, consejo tomado al pie de la letra por la izquierda en una cascada a peor desde la cabeza a los bajos fondos. Por eso hemos acabado en manos del cuarteto del Peugeot. La novedad es que la caída ha sido tan fuerte que la elección ya es entre España o el sanchismo, es decir el 95% de la izquierda, sin Page que valga.
A los de mentalidad conservadora -sea de derecha o izquierda- les alarma perder la tradicional alternancia de izquierda y derecha en el gobierno. De ahí el empeño en salvar al PSOE, como mal menor, para mantener el bipartidismo que identifican con la democracia posible. Vana tarea. Conviene que reparen en que ese mismo error fue el de otros conservadores en crisis parecidas. Porque el enfrentamiento actual es entre democracia liberal y autoritarismo populista, apoyado por peligrosas autocracias imperiales. Véanse los casos recientes de Rumania y Polonia. O de Estados Unidos.




