A finales del siglo XIX las pobres perspectivas de muchos diputados del Parlamento de Italia, dada su dificultad de hacer un serio diagnóstico de los problemas del país unido a su capacidad para ser sobornados, abocaron al Parlamento italiano a un creciente descrédito, agravando así la pérdida de autoridad del Estado liberal
Si bien la denuncia de los numerosos casos de corrupción alimentaba también a la creciente industria periodística, una serie de graves escándalos sacudió al sistema y puso en peligro la estructura del propio Estado.
Había casi unanimidad en pensar que la nación había sido traicionada por la mezquindad y la corrupción. La incapacidad del Parlamento de establecer la lealtad hacia el Estado era notoria pues gestionar los asuntos en términos de nación sin subordinarse a intereses privados o locales era una utopía.
Francesco Crispi (presidente del Gobierno de la izquierda tradicional) sugirió que el Parlamento electivo era inviable y propusieron sustituirlo por un Senado no electivo y de carácter puramente consultivo, con lo que se resolvía el irresoluble conflicto entre el Ejecutivo y el Legislativo cortando así este nudo gordiano que paralizaba al Estado.
Hoy en día, transcurrido un cuarto del siglo XXI) Pedro Sánchez en una España también envuelta (por sus propias tropelías) es un marasmo de traiciones y corrupciones parece que pretende emular la solución propuesta en la Italia de final del siglo XIX cuando expone sin pudor alguno una nueva normalidad: gobernar sin Parlamento
Pedro Sánchez desprecia los límites al poder, carga contra los jueces a los que nadie ha elegido y ¿gobierna? rodeado de un grupo de aduladores serviles y sin contar demasiado con el Parlamento.
La renuncia del Gobierno a presentar la Ley General de Presupuestos al Congreso, por la sencilla razón de que no cuenta con una mayoría suficiente para aprobarlos, aunque siendo esto comprensible en términos políticos, resulta profundamente antidemocrático, además de claramente inconstitucional. Además, llueve sobre mojado, porque en 2024 tampoco hubo presupuestos, aunque aquella vez la excusa era la convocatoria de las elecciones catalanas.
Sucede igual con la excepción de legislar por decreto–ley que también se ha convertido en la “nueva normalidad” contraria a la Constitución y a los principios básicos de una democracia parlamentaria.
Dada la falta de una mayoría parlamentaria suficiente el PSOE consiguió una mayoría para su investidura –a un precio muy alto, como es bien sabido–, pero, ciertamente, no tiene nada parecido a una mayoría de legislatura, ni mucho menos un acuerdo digno de este nombre. De ahí el sufrimiento constante, dentro del Parlamento, para aprobar leyes o incluso decretos–leyes. Lo que sí es evidente es que la coalición negativa existente, que considera preferible un Gobierno débil y extorsionable de Pedro Sánchez a cualquier otra alternativa sencillamente no es suficiente para gobernar. O al menos para gobernar con el Parlamento, que es lo que se supone que se hace en una democracia parlamentaria.
Recordemos que la legitimidad del Gobierno y la de su presidente se fundamentan precisamente en la confianza del Parlamento: a nuestro presidente no le elegimos los ciudadanos directamente, le elige el parlamento.. Esta era la antigua normalidad. La cultura política democrática asumía, correctamente, que el rechazo a unos Presupuestos Generales del Estado suponía el rechazo al proyecto político del Gobierno, que tenía que sacar las conclusiones pertinentes. Y es lo que se hacía.
Ya no. En la nueva normalidad parece ya la norma la inédita decisión –al menos, a nivel del Gobierno nacional– de no presentarlos durante dos años consecutivos para que no se constate o se visibilice esa falta de apoyos.
Es escandaloso democráticamente afirmar que «habrá que gobernar por decreto–ley» –como si fuera una opción más, y no una excepción limitada constitucionalmente– o «habrá que gobernar sin el Parlamento» –luego rectificada ante el pequeño escándalo mediático–, sin olvidar las asombrosas declaraciones del inefable ministro Óscar Puente, afirmando que los Presupuestos son una herramienta útil, pero no imprescindible. Asegura que no sólo se puede gobernar sin Presupuestos sino que siempre ha «relativizado este tema». Que es tanto como decir que siempre ha relativizado el Parlamento, la Constitución o, ya puestos, la democracia representativa. ¿De verdad estamos tan lejos de la Italia decimonónica.
Como hemos apuntado, esta anomalía democrática no sólo afecta al Gobierno nacional. Hay varias comunidades autónomas gobernadas por el PP que tampoco han presentado proyecto de Presupuestos. El mal se extiende, como es previsible, puesto que el ejemplo del Gobierno nacional en minoría es muy inspirador para otros gobiernos regionales en minoría, una vez que se ha roto el acuerdo entre PP y Vox. Mención especial merecen algunos comentarios de políticos –en este caso, del Gobierno de Salvador Illa–, que señalan que les hubiera «gustado» tener Presupuestos, como si fuera algo así como un ideal al que aspirar, y no una obligación constitucional.
Lo cierto es que la no presentación de Presupuestos priva al Parlamento de una de sus funciones primordiales: no en vano, el inicio histórico del parlamentarismo se encuentra íntimamente enlazado con el famoso principio «no taxes without representation», es decir, la exigencia de que para imponer impuestos a los ciudadanos se requería el voto favorable de sus representantes parlamentarios. Pero, además, nos encontramos en un momento histórico, en el que se están comprometiendo subidas importantes del Presupuesto en Defensa al margen del Parlamento, la sede de la soberanía popular. Las triquiñuelas técnicas a las que se va a recurrir para hacerlo no son de recibo en un Estado democrático de derecho. Gobernar sin el Parlamento no puede ser una opción, al menos democrática.
Si como parece la historia se repite, con la vista puesta en el futuro del PSOE cabe recordar que Bettino Craxi (el líder del Partido Socialista Italiano -PSI-) se fugó a Túnez tras caer un conglomerado podrido que trajo múltiples suicidios y murió exiliado en África en el año 2000. El país, desde entonces, dejó de tener partidos políticos con ideales grabados a fuego. Lo de hoy son sucedáneos. Con la fundación del PD, en 2007, desaparece incluso la palabra socialismo. Hay fenómenos recientes que confirman la defunción del socialismo italiano: en Italia el 40% de la población ya no acude a las urnas , es el enésimo epitafio, el último réquiem -eterno ya- por un partido que ya no sabe qué hacer para nacer. Si volver la vista a Marx o agrandar la bandera arcoíris.



