Más tarde o más temprano, España pasará por las urnas. En esta época de gran agitación, nacional e internacional, hay elementos a los que se presta poca atención, pero que suelen determinar el resultado
No es la corrupción el principal obstáculo que las fuerzas progresistas deberán afrontar en los próximos meses.
Para que el votante respalde a un partido hay mínimos indispensables, entre ellos el de no robar. El PSOE puede ofrecer transparencia, mecanismos de purgación de conductas delictivas y demás, pero servirá únicamente para tapar vías de agua. Al final del camino, más tarde o más temprano, España irá a unas elecciones generales en las que todo el ruido comenzará a aclararse. Ese es el horizonte, que unos y otros olvidan.
La derecha vive en la burbuja de los ataques continuos y el de la inminencia de la caída de Sánchez. La izquierda vive en la burbuja de los tiempos pasados: y Sánchez ha decidido refugiarse en lo conocido. Sánchez está jugando la carta del antiTrump europeo, que le funciona a nivel continental, pero que tiene una eficacia interna limitada. Es típico de los momentos de la desorientación. Habrá medidas en vivienda, y se aventuran algunos cambios de corte social, pero la magnitud de la pelea no se puede solventar. Este es un momento de insurgencia, de cambios políticos y sociales profundos. La corrupción puede dañar algo al PSOE, pero su principal efecto es convertir en antisistema a cada vez un mayor número de personas.
Los marcos ideológicos están cambiando y cada vez más gente se aleja de la política, o se vuelve contra ella desde una posición insurgente, porque su vida cotidiana se aleja mucho de lo que entiende aceptable. La sensación es que la democracia no funciona, de que hace falta un impulso que los políticos no pueden dar porque son ineficaces, ineptos o corruptos. Y todo ello está atizado por un mismo fuego, el de un declinante nivel de vida que afecta, de distintas maneras, a las diferentes clases sociales. Los salarios suben escasamente mientras que el coste de la vida se dispara, el futuro no parece brillante y no hay grandes motivos para pensar que las cosas mejorarán. “La democracia ha desaparecido en grandes naciones no porque a sus habitantes les disgustara, sino porque se cansaron del desempleo y la inseguridad, de ver a sus hijos pasar hambre mientras ellos permanecían impotentes ante la confusión y la debilidad del gobierno por falta de liderazgo. Finalmente, desesperados, optaron por sacrificar la libertad con la esperanza de conseguir algo para comer”, (Franklin Delano Roosevelt, 1938)
Es probable que las izquierdas, crean que el soporte de los números macroeconómicos les ofrece una posibilidad electoral. Es probable también que las derechas vendan que todos los problemas de España están causados por Sánchez, y que bastaría con sacarle de la Moncloa para que el panorama mejore. Ambas cosas ayudan a alejar a los españoles de la política.
Una reciente encuesta del CIS sobre desigualdades y tendencias sociales señala que el 59,5% de los españoles cree que hay un conflicto fuerte o muy fuerte entre pobres y ricos y el 66,7% asegura que ese conflicto es fuerte o muy fuerte entre empresarios y directivos y los trabajadores. El conflicto entre los nacidos en España y los inmigrantes lo estiman preocupante el 66,2% de los encuestados
La “izquierda a la izquierda del PSOE”
En este cambio de época, el PSOE aguanta mal que bien, pero los partidos a su izquierda están en crisis. Hay miedo al vacío en los partidos, pero también una notable desorientación, que impide dar pasos adelante.
Los partidos a la izquierda del PSOE pierden apoyo social, fruto de su dispersión y de una falta de liderazgo clara, y además los votos de ese espacio se territorializan. Los partidos de izquierda locales, como BNG, Bildu, ERC, Comunes o Compromís, ocupan la izquierda del PSOE (a veces por encima del PSOE).
La tensión entre Madrid y el resto del territorio, que suele aparecer con mucha frecuencia en las zonas periféricas, no ha dado forma a una opción política común, sino que se ha disgregado en un montón de fuerzas regionales que complican sobremanera la unidad del espacio. La idea que se ha manejado estos años es que la reunión es posible en torno a una idea plurinacional, federal, que permita una integración de las diferentes fuerzas que respete la autonomía de cada una de ellas, es decir, que les deje las manos libres. Pero esto ha producido un vaciamiento de los partidos nacionales, como Sumar y Podemos, que tienen muy poco peso en los territorios, que no cuentan con estructuras sólidas, cuya implantación se produce sobre todo en las grandes ciudades y que son muy deudoras de su presencia en los medios.
Esta configuración complica sustancialmente que las distintas izquierdas puedan organizarse bajo un paraguas común. Tienen incentivos para ir en solitario pues obtienen más operando en solitario que como parte de una coalición de izquierdas, que conlleva negociar con los tuyos primero y después con el gobierno.
La fragmentación de las izquierdas en España sufre de las mismas dificultades que las derechas extremas y populistas: todas ellas son nacionalistas, pero cada una de ellas tiene una nación distinta y todos los partidos serán de izquierdas, pero cada uno es de un territorio diferente con problemas aparentemente distintos.
Las cifras
Las cifras son siempre objeto de controversia. Los datos pueden falsificarse, retorcerse y medirse sesgadamente, cuando no desechar aquellos que no encajan en la conclusión prevista previamente. Además, incluso los números que reflejan la realidad, también quedan sujetos a interpretaciones interesadas en el debate público.
Las buenas cifras macroeconómicas que exhibe el Gobierno forman parte de esa discusión sobre los datos. Hay actividad, España está creciendo y, aunque se adivinan dificultades, parece que nuestro país está mejor preparado que otros, dado que no depende de las exportaciones a EEUU, para resistir el embate.
La derecha trata de atacar toda esa serie de elementos, minusvalorando algunos de los logros. La izquierda saca pecho.
Sin embargo, el triunfalismo del Gobierno al que suelen conducir las buenas noticias lleva a que se difunda una realidad que no es compartida, y menos en términos demasiado positivos y la distancia entre las cifras y la realidad cotidiana suele cobrarse un precio en las elecciones.
Hay un hecho que no puede negarse: el coste de la vida en productos esenciales, como la vivienda, los alimentos, el transporte o la energía, ha aumentado sustancialmente en los últimos años, y los ingresos no han subido en la misma proporción. La diferencia entre lo que se ingresa y lo que debe abonarse para subsistir es cada vez más estrecha. Dependiendo de las capas sociales, los efectos son diferentes: unos ahorrarán menos, otros nada, y a otros les costará llegar a final de mes. Unos no lo percibirán como un problema significativo, otros lo entenderán muy relevante. Pero las clases que viven sin tensión en España son las menos, y conviene no perderlo de vista.
No puede decirse que el Gobierno y sus socios y aliados no sean conscientes de esta situación, pero tampoco que se atrevan a mirarla de frente. El funcionamiento del mercado está produciendo una bifurcación en la sociedad, que empobrece a las clases medias y presiona a las trabajadoras. Eso es lo que genera que los alimentos y la energía se encarezcan; eso es lo que genera que la vivienda se dispare. Enfrentado a este escenario, el Gobierno prefiere encararlo de manera tecnocrática, es decir, reduciendo las situaciones al hueso para que puedan encajar correctamente en el Excel. Se relegan las causas al segundo plano y se opta por operar sobre los síntomas.
La pérdida de poder adquisitivo es un buen ejemplo. Cuando aparece el tema en el debate público, se pone el foco en una de sus principales causas, el encarecimiento de la vivienda. Sin duda, la cantidad de recursos que deben destinarse a un bien esencial aprieta las cuentas de muchas familias.
Cuando se subraya cómo la percepción de la economía cotidiana difiere, a veces de manera significativa, de la que dictaminan los expertos, el PSOE y sus aliados suelen explicarlo por el precio de la vivienda. Si fuera así, les situaría en una posición complicada: las medidas que tomen al respecto, de ser eficaces, llevarán tiempo; distan mucho de ser inmediatas.
El descenso en el nivel de vida que supone esa brecha entre los recursos que se obtienen y el coste de los bienes esenciales para la subsistencia abarca mucho más allá de un aspecto concreto. La izquierda solía ser algo más que ofrecer soluciones tecnocráticas a asuntos bien delimitados.



