DOS DÉCADAS PERDIDAS. ORIGEN DE LA DECADENCIA DEMOCRÁTICA DE ESPAÑA: ZAPATERO Y SU SECUAZ SÁNCHEZ

 

A veces los partidos no evolucionan: son tomados al asalto, lenta y meticulosamente.

El arte de la política es hacer que las cosas parezcan lo que no son

España vive en crisis política permanente, con sus instituciones deslegitimadas y un proyecto nacional disolvente. No es un accidente. Es el fruto de una estrategia

 

 Zapatero: el hombre que vino de ninguna parte

Tras la estrepitosa derrota electoral de Joaquín Almunia en el 2000, el PSOE quedó en estado de shock. La mayoría absoluta conseguida por el PP el 12 de marzo de 2000 disparó todas las alarmas. Los gobiernos de la derecha amenazaban con convertirse en normalidad democrática. Y eso era intolerable.

Se abrió entonces un proceso de sucesión interna en el PSOE y contra todo pronóstico, fue un gris diputado leonés, sin experiencia de gobierno, quien se alzó con la Secretaría General. Pocos en Ferraz conocían a José Luis Rodríguez Zapatero en los días previos a su ascenso. Zapatero proyectó su victoria con un discurso que aprovechó las debilidades de un felipismo bajo la sombra de la corrupción

Zapatero: Presidente por accidente

El 11 de marzo de 2004, tres días antes de las elecciones generales, un atentado terrorista sacudió Madrid. La torpe gestión del Gobierno de Aznar y el clima de tensión informativa alimentado desde Ferraz volcaron el resultado electoral a favor del PSOE. Zapatero, que hasta entonces no lideraba las encuestas, ganó las elecciones y fue investido presidente. El atentado, que formalmente fue atribuido a una célula yihadista, no puede desvincularse del vuelco electoral que propició. Más allá de las dudas que rodean la investigación del 11-M, lo cierto es que el PSOE se benefició de forma directa.

Pedro Sánchez: un mismo manual

En 2014, Pedro Sánchez apareció como un candidato de recambio tras la crisis abierta por Alfredo Pérez Rubalcaba. Sólo un grupo testimonial de dirigentes le apoyó. Sin embargo, logró imponerse en unas primarias en las que se detectaron irregularidades y falta de control en el voto.

Tras su caída en 2016, orquestada por el Comité Federal del PSOE, Sánchez inició una campaña paralela. «La banda del Peugeot», como se apodó a su equipo, recorrió España en un coche y los mítines con un mensaje populista se multiplicaron

Las similitudes entre Zapatero y Sánchez son tan evidentes que parecen sacadas de un mismo manual: ascenso inesperado y un uso intensivo del aparato mediático. Esta fórmula, aplicada con éxito en dos momentos distintos, parece responder a una estrategia: tomar al asalto desde dentro el Partido Socialista en el que su vaciamiento ideológico fue rellenado con el falso feminismo, el dogmatismo climático y el wokismo  del siglo XXI. Todo un cambio de paradigma en la socialdemocracia “civilizada”. La operación estaba  destinada a convertir al PSOE en caballo de Troya de una mutación política profunda y el resultado es una España institucionalmente más débil, sometida a tensiones centrífugas sin precedentes desde la Transición.

Es verdad que la crisis financiera global de 2008 —la llamada Gran Recesión— supuso un freno inesperado a la operación pero el paréntesis lo ocupó los años de Gobierno de Mariano Rajoy, que se limitó a una gestión tecnocrática, rehuyendo la confrontación política. Cuando Sánchez accedió al Gobierno por la puerta de atrás, el proceso se reinició con impulso renovado.

Es verdad que la corrupción que envuelve al sanchismo es brutal. Pero corrupción y subversión no son incompatibles, son complementarios. Los regímenes más ideologizados suelen estar atravesados por redes clientelares, corruptelas y cálculos de poder. La degeneración moral apuntala el proyecto político.  Lejos de un proceso caótico, lo que se percibe es un plan flexible y oportunista pero persistente, con un objetivo: desmantelar desde dentro el sistema constitucional de 1978

Hoy España vive en un estado de crisis política permanente, con una ciudadanía cada vez más desconectada de sus representantes, instituciones deslegitimadas y un proyecto nacional directamente desintegrador. Todo esto no es un accidente. Es el fruto de una estrategia sostenida y ejecutada con oportunismo y determinación por dos personajes que parecen haber sido cuidadosamente elegidos por su ambición sin escrúpulos.

Quizá haya llegado el momento de abandonar la ingenuidad, y empezar a investigar con seriedad cómo, cuándo y por qué España empezó a perder su soberanía desde el corazón mismo de su sistema político.

 

El desprestigio de una nación

El atentado no fue sólo una matanza; fue una humillación existencial. A partir de entonces, todo ha sido cuesta abajo. Sin embargo, 21 años después, se perciben claros síntomas de hartazgo. Especialmente entre los jóvenes, esos a quienes se les ha dicho que deben conformarse con subsidios, resiliencia y una habitación en alquiler en un piso patera compartido con desconocidos. Los jóvenes lo que quieren no es dependencia paternalista, sino poder sentirse protagonistas de algo que merezca la pena: su propia vida personal.

A esto se suma el discurso político hegemónico, plagado de catastrofismo ecológico y de culpa histórica, con amenazas apocalípticas sobre el clima, el género, la xenofobia o el pecado original del descubrimiento de América, que paraliza cualquier ambición de mejora .

El mito de la ‘normalidad‘

Este deseo de renacer, sin embargo, todavía carece de un liderazgo político capaz de encauzarlo. La derecha sociológica parece confiar en la fuerza de la inercia: esperar a que el Gobierno se desgaste solo, encarnar una idea difusa de «normalidad» y gestionar con mejores modales la decadencia nacional. Esa acomodada normalidad es lo que convirtió la «modélica transición» en coartada, para eludir reformas profundas, y la alternancia, en turnismo, en vez de competencia entre visiones diferentes. Y así nos ha ido.

Aunque la derecha alcance a ganar las elecciones, no se puede salvar un país desde la melancolía; sólo se puede desde la aceptación del presente, lo que implica algo más que resignación: implica diagnosticar con honestidad, sin complejos, que la vieja idea de normalidad está agotada y que su continuidad sólo puede sostenerse mediante engaños. Es hora de ir más allá, si queremos dejar de decaer.

La política es un estado de ánimo

La redención exige madurez, coraje y una pizca de insolencia. Sólo así, quizá, esa España que despertó sobresaltada el 11 de marzo de 2004 esté lista para mirar al futuro sin miedo y sin nostalgia, con la determinación serena de quien ha tocado fondo y ya no está dispuesto a cavar más.

Si algo ha caracterizado a las dos décadas perdidas que han seguido al mayor atentado de la historia de España, además de los costos materiales y políticos, es una mezcla de humillación sostenida y lacerante resignación. Y en esa tensión está la oportunidad de un cambio de rumbo: una España sin disfraces, imposturas ni tutelas.

Es difícil, por no decir imposible, encontrar en Occidente un país con una historia tan relevante como la nuestra y que, al mismo tiempo, la desconozca, desprecie o ridiculice con tanta vehemencia. Esta es una peligrosa paradoja, pues ninguna nación puede sobrevivir sin autoestima. La soberanía que se asienta en el amor propio no es una antigualla franquista: es una condición universal de la existencia política.

El estado de ánimo está cambiando, parece evidente. Pero para que ese cambio cristalice en una transformación prometedora hace falta mucho más que un candidato o unas siglas: hace falta una causa. Hace falta una narrativa común. Y, de entrada, hace falta reconocer en voz alta lo obvio: que el 11-M no puede seguir siendo un pétreo monumento a nuestra decadencia. Muy al contrario, debe convertirse en el recuerdo hiriente que nos estimule a rectificar. No por venganza. No por ira. Sino por orgullo. Por justicia.

Fuente: El 11-M, Zapatero y las décadas perdidas, por Javier Benegas

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